El presidente George W. Bush ha dicho que tras el fin de su mandato
cobrará por algún que otro discurso y podría hasta iniciar una tardía
carrera de cantante, promesas estas mucho más fáciles de cumplir que
hacer variar el rumbo de la Revolución cubana.
Y es que cuando restan apenas unos meses para que entregue las
llaves de la Casa Blanca, el mandatario estadounidense asiste al
fracaso de la política contra Cuba que llevó a extremos criminales y
cuya mayor cosecha ha sido el rechazo rotundo de la comunidad
internacional.
Es por ello que W. Bush pierde hasta los estribos y critica al
resto del mundo, e incluso de forma velada a algunos de sus aliados,
por no dejarse arrastrar por la incurable fobia anticubana, en la que
le sirven apenas un puñado de gobiernos satélites europeos, del ex
campo socialista.
Imaginen su soberbia cuando en Ginebra murió aquella Comisión que
EE. UU. manipuló para atacar a la Isla, hoy fundadora del Consejo de
Derechos Humanos (CDH) que la sustituyó a despecho de los designios de
Estados Unidos.
Su ira se multiplicó cuando los cubanos se volcaron a las urnas
para refrendar el apoyo a los diputados del pueblo, que eligieron a su
vez al Consejo de Estado y a su Presidente, el compañero Raúl.
Y cuando en Nueva York nuestro país formalizó su adhesión al Pacto
Internacional sobre Derechos Económicos, Sociales y Culturales y al
Pacto Internacional sobre Derechos Civiles y Políticos, no bajo
presiones, sino precisamente cuando la política del chantaje fue
derrotada en el CDH.
Bush, y las fuerzas retrógradas que representa, habían visto una
luz en el oscuro túnel de sus planes, con la enfermedad del Comandante
en Jefe, tras haber apostado tantas veces a la desaparición física del
líder de la Revolución.
En Washington se hablaba de transición, pero Cuba seguía su ritmo
cotidiano bajo la presidencia interina de Raúl, cual prueba
contundente de la unidad de un pueblo en torno al proceso
revolucionario y a su liderazgo histórico.
Eso era demasiado. No bastaba con reforzar el último cerrojo del
bloqueo a fin de negarle hasta el aire a los de la Isla. Para el
presidente de la mayor potencia planetaria la estabilidad en Cuba,
reconocida y admirada por muchos, era el principal pecado.
Lejos de ser escenario de disturbios o pugnas por el poder, como
quisieran, La Habana acoge con normalidad a distinguidos visitantes:
desde un relator especial de la ONU, el Secretario de Estado del
Vaticano ("El bloqueo es éticamente inaceptable, es una opresión para
el pueblo cubano", dijo entonces a la prensa), el Comisario de la
Unión Europea para el Desarrollo, la Canciller de México y los
presidentes de Guinea Ecuatorial, Venezuela y Mozambique, amén de
Premios Nobel, economistas y académicos interesados en la
globalización y los problemas del desarrollo.
Por ello las exigencias de Bush a la comunidad internacional a "no
privilegiar la estabilidad en detrimento de la democracia" en Cuba,
idea esta que reitera en Washington y en Kigali, la capital de Ruanda,
donde estuvo de visita.
Ya en octubre pasado, en un discurso en el Departamento de Estado,
había adelantado que "la palabra de orden en Cuba no es estabilidad.
La palabra de orden es libertad", toda una irresponsable confesión del
odio y frustración personal, incapaz de cumplir sus promesas a sus
socios mafiosos de Miami.
No hay que olvidar que entonces instó a la sublevación de los
militares cubanos, haciendo gala de esa ignorancia que le impide
enterarse de que en este país las FAR y el MININT son el pueblo
uniformado y garantía probada de la invulnerabilidad militar de la
Revolución.
No fue aquel ni el primero ni el último de una serie de llamados e
incitaciones para estimular la desobediencia, la inestabilidad, en
fin, orquestar el show que justifique sus aprestos.
Pero el presidente de Estados Unidos no tiene para donde virarse y
apela otra vez a la exigua contrarrevolución mercenaria, que para eso
son los dólares canalizados desde la mafia o la SINA, cuya plantilla
asalariada no debe dudar de la contundencia de la respuesta popular a
cualquier provocación.