Los reportes han registrado con horror más de 600 muertos, 30 de
ellos quemados vivos en una iglesia de Eldoret, al oeste del país. En
las villas miseria los luo y los kikuyo echaron abajo la alambrada y
se matan unos a otros, sintetizan egregios analistas. Mientras, el
colonialismo esquiva el sonido de los tambores de guerra.
Desde la madrugada del 27 de diciembre, cuando un grupo de
seguidores del Partido Unión Nacional Africana de Kenia (KUNA),
pertenecientes a la etnia de los kikuyo, divulgaron la victoria
presidencial de Mwai Kibaki, con unos 200 000 votos por encima del
opositor Raila Odinga, el ambiente se tornó tenso.
El hijo del primer ex vicepresidente de la nación Oginga Odinga, al
frente del Movimiento Democrático Naranja (ODM por sus siglas en
inglés), imputó de fraude al vencedor. La confusión ante las
irregularidades en el proceso electoral y las dudas del jefe de los
comicios, Samuel Kivuiti, en torno al declarado triunfo del líder del
KUNA, hicieron polvo la estabilidad del país.
A la usanza colonial, la "pálida" intromisión de los restauradores
de la paz no se hizo esperar. Ante los disturbios, Gran Bretaña
resaltó la necesidad de un diálogo entre el Presidente y la oposición.
La norteamericana Jendayi Frazer, subsecretaria de Estado para Asuntos
Africanos, fue enviada por el propio George Bush.
Ahora, quienes se escandalizan con la situación del país y la
reducen a "luchas tribales" ponen tierra sobre el legado de los viejos
mensajeros de la Corona, aquellos que caminaron a ciegas por las
comunidades de los kikuyo, luo, luhya, kalenjin y otras, e impusieron
nuevos colores a los mapas ancestrales. La estrategia "divide y
gobierna", puesta de moda en África por el célebre Lord Lugard, uno de
los más ingeniosos arquitectos del imperio británico, también sirve de
zócalo a las políticas actuales.
Aunque Kenia es considerada la nación más estable del este
africano, después de su independencia en 1963, los fuertes
enfrentamientos entre el KUNA, dirigido entonces por Jomo Kenyatta y
las fuerzas opositoras de Oginga Odinga, guía de la antigua Unión del
Pueblo, produjeron largos periodos de crisis durante 15 años.
Intentos de golpes militares contra el sucesor presidencial Daniel
Arap Moi trajeron consigo en la década del ochenta una mayor represión
y disturbios violentos en las villas miseria. Las convulsiones
sociales en los noventa dejaron el decenio con diversas esquinas
rotas. En el 2004, dos años después del arribo al poder de Mwai Kibaki,
los debates sobre el establecimiento de una nueva Constitución
volvieron a desatar la furia en las calles.
Por el momento, poco puede esperarse de la labor mediadora de
Estados Unidos, que continúa dando señales de su interés por Kenia
como zona de desagüe en su "lucha contra el terror".
La esperanzadora llegada al país de John Kufuor, máximo
representante de la Unión Africana, tampoco ha conseguido poner fin a
una crisis que ascendió al Parlamento.
El triunfo de Kenneth Marende como presidente de la Asamblea,
apoyado por el ODM con 105 votos ––solo cuatro por encima de Francis
Ole Kaparo, propuesta de Kibaki y sus aliados— incentivó a la
oposición, que abrasó otra vez las calles con nuevas protestas. Frente
al cerco policial, los manifestantes muestran su rechazo al actual
gobierno.
Mientras, el ocaso se extiende en la Montaña Luminosa, como llaman
a Kenia los hablantes del swahili. La incertidumbre continúa en el
rostro de los más de 250 000 desplazados. En uno de los refugios
improvisados en una escuela de Kachibora, en el Valle del Rift, una
multitud ansiosa espera la entrada de los camiones con ayuda
humanitaria. Allí, el profesor Dan Mugambi comentó a un periodista de
AP: "La única solución permanente para la gente es ir a casa y
comenzar a cultivar otra vez, pero para ello necesitan seguridad. Y
hasta ahora no hay ningún indicio".