Trato de saldar una deuda con la ética periodística. Tras la
primera jornada del actual campeonato mundial de voleibol la
responsabilidad con la edición digital del periódico Granma hizo que
tuviera que sustituir a mi colega Alfonso Nacianceno, cronista que
ha dedicado toda una vida al deporte de la malla alta. Aunque no es
la primera vez, sentí un verdadero y raro orgullo.
Tenía la misión de reseñar la derrota del equipo cubano ante el
potente Brasil. Sin embargo, no era cualquier revés. La selección
caribeña cayó, pero dejó la grata impresión de la combatividad y del
talento que se ve en este equipo, eso era justamente lo raro del
verdadero orgullo, pues pocas veces no salimos cabizbajos de un
fracaso.
Luego vendría el segundo encuentro, frente a Alemania, del cual
Alfonso ya se encargó de reseñar. Pero, y aunque no he conversado
con él, creo que no sería ético dejar las opiniones de
aquella
primera crónica solo para un momento en el que se hicieron bien las
cosas. Recuerdo que ponderé las potencialidades de la escuadra
antillana y dije que este conjunto tenía un promisorio futuro.
Expresé, además, que pasará lo que pasará en el torneo, el
seleccionado debía de saber que, aun perdiendo, llenaron de orgullo
a la madrugada cubana del viernes 17.
Lo primero es que al igual que mi compañero, mantengo la misma
opinión de aquella noche aquí en La Habana, tarde en Fukuoka, y lo
segundo, realmente como le habrá pasado a cualquier buen cubano
jamás pensé una actuación tan pálida ante el cuadro alemán.
Y si quería retomar el voleibol, es precisamente porque en la
crónica mencionada apuntaba: "…hay que poner esas cualidades en las
próximas salidas, y podemos esperar verdaderos alegrones de este
equipo". Lo que pasó con los teutones fue todo lo contrario, parecía
que habían cambiado a todo el colectivo de jugadores, sencillamente
esos atributos no estuvieron en la cancha.
Como en cualquier esfera de la vida, en el deporte los tropezones
existen, los imprevistos también. A veces esperamos algo y cuando
llegamos a la escena es distinto. Sin embargo, de lo que se trata es
de hallar las respuestas a la nueva situación a partir de los
argumentos que se poseen.
En el caso alemán, creo que nadie esperaba, un comportamiento
como el que tuvo ese elenco europeo. Esa impresión me parece que
también la tuvieron nuestros jugadores. Pero la respuesta fue la
desesperación, y más que eso la desconcentración, lo cual impidió
poner práctica los argumentos de la plantilla que dirige el profesor
Roberto García. En otras palabras, no pudieron acudir a sus
cualidades, las mostradas frente a Brasil, y el resultado fue una
verdadera paliza.
No creo que se trate de un hecho aislado en nuestro movimiento
deportivo. Nos está pasando en otras disciplinas, y cuando esto
aparece hay ausencia de maestría deportiva, que tiene que ver mucho
con la madurez de un deportista o de un equipo. Entiéndase por
maestría la capacidad de ajustar las cualidades al hecho que se
presenta cualquiera que este sea. Es decir, responder con la
exigencia que lleva cada oponente, sin hacer peligrar un resultado.
El mejor ejemplo en esta misma lid, lo tenemos en el mencionado
partido Cuba-Brasil de la apertura. Los sudamericanos no podían, ni
en sueño, pensar en una oposición como la que le presentaron los
nuestros. Sin embargo, respondieron con sobriedad, apelando a su
verdadero nivel de juego y vencieron el ímpetu cubano.
Este que se juega es un torneo bien difícil, no solo por el alto
nivel competitivo, sino también por su fórmula de calendario, es de
los más exigentes diseños, y creo, además, que es justo. No todo
está perdido, lo que sí es cierto es que lo que viene no es más
fácil que lo ya caminado, pero les digo lo mismo, si se ponen sobre
la cancha las potencialidades de este equipo podrán llegar los
alegrones, y si no llegan, de todas formas se habrá jugado a un buen
nivel.
Lo verdaderamente rechazable sea cual sea el rival, es no jugar
al nivel que se tiene.