|
Antonio del Conde, El
Cuate de la expedición
Encuentro en la
armería: ¿Tiene usted acciones de mecanismos belgas?.
Participación en los preparativos. De cómo se convirtió el Granma
en el barco que traería a Cuba a Fidel y sus compañeros
SUSANA LEE
|
El 30 de
noviembre de 1991, Granma publicó una extensa
entrevista con Antonio del Conde Pontones, uno de los
principales colaboradores mexicanos que tuvieron Fidel y los
revolucionarios cubanos en los preparativos que realizaban
en México dirigidos a reiniciar la lucha por la libertad
definitiva de Cuba. Fue el resultado de varios años de
sucesivos encuentros de la autora con El Cuate. En ocasión
de celebrar hoy, 7 de julio, el aniversario 51 de la partida
de Fidel a México —a menos de dos meses de su salida de
presidio donde cumplía la sanción impuesta por los hechos
del Moncada—, y cercano el aniversario 50 del desembarco
del Granma por Playa Las Coloradas, reproducimos ese
material periodístico que recoge aspectos fundamentales de
los nexos de El Cuate con el Jefe de la Revolución en los
meses previos a la expedición. Publicamos, además, una
nueva entrevista con Del Conde, realizada recientemente en
México, para recordar esas páginas de nuestra historia en
aquella hermana tierra. |
Alejandro
llegó a mi armería en 1955. Puede haber sido en julio, agosto,
septiembre, no recuerdo el mes exacto. Iba buscando las piezas de
unas armas. ¿Tiene acciones de mecanismos belgas?, preguntó
y me sorprendió porque se trataba de algo muy específico, para
coleccionistas. A mi pedido repitió dos veces la pregunta,
exactamente igual, una de ellas en mi oficina, a donde le solicité
pasar cuando me di cuenta que estaba seguro de lo que quería.
Sentí que era una persona distinta y sin decirle si tenía o no las
piezas, le respondí: "Mire usted, señor, yo no sé quién es ni
me interesa, pero si quiere le ayudo...", y así fue como
empezó mi relación con Fidel.
Así comenzó, luego de
las lógicas presentaciones, mi primera conversación con Antonio
del Conde Pontones, una de las figuras clave en México para la
organización de la expedición del Granma. Aquel primer contacto
con El Cuate, seudónimo bajo el cual trabajaría en los
preparativos, directamente a las órdenes de Fidel, ocurrió hace
algunos años en México; a él seguirían otros, allá y aquí, en
el afán de perfilar una narración de aquel período en que se
gestaba en aquella tierra hermana tan vinculada a nuestra historia,
el inicio de la última etapa de nuestras luchas de liberación, y
la inserción en él de este personaje mexicano que desempeñó un
papel determinante durante aquellos largos meses entre 1955 y 1956,
y dio una muestra de lealtad, de fidelidad a toda prueba, al grupo
de revolucionarios cubanos encabezados por Fidel.
*****
En la relación conmigo —narra
El Cuate—, su principal objetivo era la compra de armas, que era
mi principal negocio, aunque tenía otros —importaciones, campo de
tiro, una imprenta—, por ahí empezamos. Con el tiempo nos
identificamos más y supe que serían destinadas para liberar a su
país, sin saber cuál era, porque debo aclarar que le conocía como
Alejandro y nada más.
En marzo de 1991, durante una de sus visitas a Cuba, El Cuate estuvo en el Memorial Granma y volvió a tomar el timón del histórico yate.
Una de mis condiciones
en este trabajo era mantenerlo en el más absoluto secreto, lo cual
era conveniente para ambos; de ahí que, aparte de él, solo
mantenía relaciones con Chuchú —Jesús Reyes, un expedicionario
fallecido hace algunos años—, a quien Fidel había encomendado
esa tarea, y una vez, que tuvo que salir, me envió a Juan Manuel
Márquez, una bella persona, quien después resultó el segundo jefe
del Granma y murió en Alegría de Pío.
Mi forma de trabajar,
meticulosa y discreta, hizo que me fuera ganando su confianza. Yo
era un experto en armas y aparte de las que fuimos consiguiendo, de
las más económicas que incluso se usaban en las prácticas de los
futuros expedicionarios, le propuse conseguir algunas belgas,
fusiles, y la forma de adquirir las mirillas telescópicas que ellos
se proponían asignar a los mejores tiradores. En mi casa de
Coyoacán, donde teníamos escondidas parte de estas armas, Fidel
aprendió a disparar con fusil de mira telescópica.
Claro que después
fueron otras las actividades que se me fueron dando relacionadas con
conseguir parque, uniformes, botas, equipos de campaña. Por
aquellos años, establecido como estaba, era muy conocido y tenía
muchas relaciones con industrias, talleres, otras armerías, y
cualquier gestión de ese tipo, pasaba inadvertida.
No podría precisarle
con exactitud cuándo supe que era cubano, que era Fidel, pero
indudablemente que el trato casi diario —nunca más en la armería
sino en diferentes lugares de la ciudad—, lo que de seguro le
habría contado Chuchú, y mi respuesta a sus solicitudes, deben
haber propiciado que me lo confiara. Además, a medida que avanzaban
los preparativos y se perfilaban las ideas, que él siempre tuvo
claras, la celeridad era imprescindible.
Entonces, mi misión era
solo aquella, la del avituallamiento; nada tenía que ver con la
forma en que se transportarían. Mi incorporación a esta tarea fue
bastante después, cuando por diversas razones —que, por supuesto,
en aquellos momentos desconocía—, habían fallado otras gestiones
de embarcaciones y hasta de una nave aérea, incluso con pérdida
del dinero que se había adelantado para ello.
INTENSA ACTIVIDAD
Fidel, Félix Elmuza y Juan Manuel Márquez en casa de María Antonia González, en el edificio sito en Emparam 49, Ciudad México.
Paralelo a las gestiones
y actividades que se desarrollaban alrededor de la búsqueda del
transporte y de las armas y otros recursos materiales para la
expedición, se mantenían desplegando otras muchas en función de
ese objetivo en condiciones de total clandestinaje tanto en México
como en Cuba. Se iban concentrando en México los revolucionarios
cubanos, buena parte de ellos asaltantes de los cuarteles Moncada y
Céspedes; se fundaban clubes patrióticos en varias ciudades
norteamericanas; se recaudaban fondos para sufragar los gastos del
movimiento; se imprimían y distribuían documentos y mensajes que
llamaban a la lucha revolucionaria; se preparaban los aspirantes a
integrar el núcleo inicial del ejército revolucionario que
comenzaría la lucha armada contra la tiranía. Obviamente, la
dictadura batistiana no cejaba en sus intentos de minar las filas
del Movimiento 26 de Julio en Cuba y de frenar la creciente
fuerza que reverdecía en México entre los exilados, con planes que
incluían la eliminación física de Fidel y que culminaron en junio
de 1956 con su detención y la de otro grupo de valiosos
compañeros, quienes por espacio de aproximadamente un mes guardaron
prisión. Con la amenaza en ciernes de una deportación y el peligro
de que se abortara el plan de la expedición, dado el conocimiento
que ya tenían las autoridades mexicanas de sus actividades, fueron
dislocados varios grupos hacia otros estados mexicanos y se les
imprimió un fuerte impulso a los preparativos, convirtiéndose en
esencial conseguir la embarcación que debía conducir a los
expedicionarios a Cuba.
SE INSERTA EL GRANMA
EN LOS PLANES
Para esa etapa de julio,
agosto, quizás septiembre de 1956, habían fracasado todas las
gestiones de adquisición del barco, pero como los entrenamientos
continuaban, le había dicho a Fidel de la necesidad de probar
algunas armas en condiciones similares a las de Cuba, y salimos
rumbo a Tuxpan, en el estado de Veracruz, con ese fin, un sábado
por la noche. Íbamos Fidel, Chuchú, Cándido González y alguien
más que no recuerdo. Se probaron satisfactoriamente las armas y ya
de regreso, cerca del río Tuxpan, le pedí a Fidel que me
permitiera ir a ver un yate que yo había comprado y estaba
arreglando, recuerda El Cuate.
En 1976, El Cuate realizó un recorrido con la autora, por todos los sitios relacionados con los preparativos de la expedición. En la foto, en Revillagigedo 47, Ciudad de México, donde radicaba su armería. Hoy es un establecimiento comercial.
Era un yate propiedad de
Robert Erickson, norteamericano que residía en Ciudad México, que
con anterioridad había descubierto encallado y abandonado en una
margen del río, tenía hasta la quilla rota. Averigüé quién era
el dueño, lo compré a buen precio y ya lo estaba reparando para
viajes que yo hacía. Quise aprovechar esa ocasión que fui con
Fidel para ver cómo iban los trabajos.
Estaba como a 500 metros
de donde detuve el carro, y estando en la revisión de la quilla, me
percato que Fidel estaba también mirándolo a mis espaldas.
Preguntó qué era ese barco. Después que le expliqué y
anticipándome, le dije que era muy chico, con apenas un camarote y
dos literas, y pañol para un marinero.
"Si
usted arregla ese barco, me dijo, en ese nos vamos a
Cuba".
Francamente debo decirle
que el tiempo era muy corto, sabiendo que Fidel estaba apremiado por
salir, pues había afirmado que "en 1956 seremos libres o
mártires". Era su compromiso, y la situación en México se
complicaba cada día, pero también era mucho lo que había que
hacerle al Granma para una travesía de tal tipo. Yo tenía
mis planes para aquel yate pero ¿cómo decirle a Fidel que no era
posible lo que pedía en tan corto tiempo? Era imposible.
En la calle Mariano Escobedo 487 vivían los Erickson, propietarios del yate
Granma. Aquí se cerró la operación de compra de la embarcación y de la casa de Santiago de la Peña.
Y así fue, ni más ni
menos, como se inicia la historia del Granma en la vida de
Cuba, reparándolo a toda carrera, sin el personal ni los equipos
suficientes, apenas con una estiba de palos y un malacate.
No quiero contarle
cuánto hubo que hacer, desde cambiarle montones de tablas al casco,
calafatearlo, incrustarle cobre, repararle los motores, adicionarle
tanques de combustible, de agua, hasta pintarlo... Ya para esa etapa
se conocía la existencia de El Cuate, y se habían ofrecido
10 000 pesos al que dijera mi identidad. Pero se sortearon los
obstáculos, eso sí, a todo tren, porque lo que yo sí tenía claro
era que no podía fallarle a Fidel, porque había depositado en mí
sus esperanzas. Muchas veces entonces dijo que si El Cuate no
le fallaba salía. Y yo estaba decidido a cumplir mi parte en ese
empeño, en la seguridad de que si de eso dependía, él llevaría
hacia delante la otra parte del compromiso que es la más conocida: "Si
salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo".
No le sorprenda si le
digo que ese fue el momento más importante de mi vida. Recuerdo
como si fuera ayer la emoción indescriptible que sentí cuando di
las órdenes para que el Granma fuera botado al agua, la
satisfacción con que probé los motores, lo llevé río arriba y
regresé a Ciudad México y lo informé a Fidel.
Después fue mucho el
trabajo para comprobar el acondicionamiento del Granma. Fidel
designó a Chuchú para que permaneciera a mis órdenes en esa
tarea. Había cosas imprescindibles que continuar haciendo para
comprobar su consumo, navegabilidad, velocidad y en fin, todo lo que
era necesario para asegurar que el barco llegaría a Cuba, incluido
lo que debía llevar a bordo.
Una de las vistas de la casa de Santiago de la Peña, frente a la ciudad de Tuxpan, donde se concentraron los expedicionarios la noche del 24 de noviembre de 1956 en espera de abordar el Granma.
Por otro lado yo debía
cerrar el negocio con los Erickson, conforme a lo que previamente
habíamos acordado, y poderlo legalizar y abanderar, requisitos
indispensables para que pudieran viajar. Y aunque le insistí en que
no era necesaria su presencia, no hubo manera de convencerlo. Lo
presenté a los Erickson como mi hermano menor y ellos le hicieron
numerosas preguntas.
En esta cita fue cuando
el señor Erickson planteó lo de la casa de Santiago de la Peña,
también de su propiedad, cerca de la cual estaba anclado el Granma.
Yo pensé que no era necesaria, pero Fidel, con más visión como
siempre, le vio la conveniencia, y bueno, como los fondos no eran
muchos —se había gastado mucho dinero en la reparación—,
salimos con barco y casa, pero más endeudados. En realidad no se
usó hasta el día antes de la salida.
El Granma estaba
registrado en Tuxpan por los Erickson, pero después de la compra yo
lo registré a mi nombre en la Secretaría de Marina de México,
como barco de placer. Y se cubrían todas las apariencias, velando
porque el nombre no se le viera, porque todo el trabajo en torno a
él fuera hecho con discreción; cualquier precaución nunca estuvo
de más. Una vez hasta fuimos a rescatar a unos náufragos a la Isla
de Lobos que se nos pidió por la Capitanía del Puerto, y lo
hicimos Chuchú y yo para, de paso, comprobar lo marinero que era el
yate, y que uno de los embragues no andaba del todo bien.
LAS SEMANAS ANTES DE
LA PARTIDA
Cruz Verde 53, en Coyoacán, México DF. Era la casa de El Cuate, donde Fidel aprendió a disparar con el fusil de mira telescópica y se escondieron buena parte de las armas y otras vituallas.
La fecha de partir se
aproximaba. Se arreció el entrenamiento de los hombres. Fidel se
estableció en el hotel Mi Ranchito, en un pueblito llamado
Huachinango fuera de la ciudad de México, por el rumbo a Tuxpan.
Allí llevó Antonio del Conde los últimos informes del Granma,
donde se enteró de que no estaría incluido entre los
expedicionarios y la fecha de la partida, que hubo que forzarla
cuando desertó uno de los hombres que se preparaban en el
campamento de Abasolo.
EL GRANMA "RUMBO A
LOBOS EN VIAJE DE PESCA"
Las cosas fueron
precipitándose, recuerda El Cuate, pese a todas las
precauciones. La deserción en Abasolo, la detención de un grupo de
compañeros, la requisa de un número de armas, el aumento del
precio por mi nombre, hizo que la partida se hiciera inminente.
Ya yo, en uno de mis
contactos con Fidel en
Huchinango, había recibido una de las noticias tristes de esta
historia: su decisión de que no fuera con ellos a bordo del Granma.
Me argumentó que le era más útil en tierra, incluso por si por
cualquier falla tenían que abandonar el barco, yo lo recuperara, o
por otras tareas que necesitaba que yo hiciera en México vinculado
a la gente del 26 de Julio. Tuve que hacerle caso.
Emparam 49, edificio en el que se hallaba la casa de María Antonia, sitio de reunión de los revolucionarios en Ciudad México entre 1955 y 1956 y, como recuerda en su carta de despedida, lugar donde el Che conoció a Fidel.
Eran los finales de
noviembre de 1956 y me mandó a ultimar los detalles de la salida,
el permiso, el traslado de los avituallamientos, etc., a la par que
se daban las orientaciones para movilizar hacia Tuxpan a los
seleccionados para la expedición.
Llegó el día que se
había decidido, el 24 de noviembre, y eso, recuerde, jugaba con el
aviso que se les iba a mandar a los compañeros de Cuba, en
particular a Frank País en Santiago para el alzamiento que
respaldaría el desembarco. Y hubo mal tiempo, no querían darme el
permiso en la Capitanía de Puerto de Tuxpan.
Me valí de mañas para
convencer al Capitán, invitándolo a comer para garantizar que no
hiciera ni la inspección de rutina. Finalmente, eso sí, bajo mi
responsabilidad, extendió el permiso de salida rumbo a la Isla de
Lobos, de diez personas, en viaje de recreo, para una pesquería,
que era lo que le había dicho tenía ya organizada.
Ya habíamos acordado
los hoteles más apropiados para que se hospedaran los compañeros a
medida que iban llegando desde los distintos puntos en que se
encontraban, hasta que entrada la noche del 24, fueron cruzando el
río —entonces no existía el puente que hay hoy— hasta la casa
de Santiago de la Peña, donde esperarían la partida. Lo hicieron
en pequeñas embarcaciones que daban este servicio, y en un lanchón
o barcaza que también trasladaba equipos.
Ruta seguida por el Granma desde la madrugada del 25 de noviembre hasta la del 2 de diciembre.
Cuando llegaban se
ubicaban en la casa, que sirvió de punto de concentración unas
horas, mientras que Chuchú, otros pocos y yo trasladábamos al Granma
las armas, los uniformes, todo cuanto allí habíamos almacenado en
una gran nave que utilizamos como bodega al lado de la vivienda,
donde después guardamos los carros que llevaron a los
expedicionarios hasta Tuxpan.
La subida al Granma
en la media noche fue por un tablón, pues nunca hicimos muelle y
mantuvimos el monte que rodeaba la vereda hasta el río. Así
pasaron 81 de los expedicionarios: faltaba solo Fidel.
Ya me había planteado
con anterioridad que siguiera el barco por tierra, por si pasaba
algo, hasta la altura de Isla Mujeres. Allí había unas pocas
personas para despedirlos, creo que Melba Hernández, Emma y Lidia,
hermanas de Fidel, no recuerdo si alguien más.
Estábamos en medio de
la oscuridad, y sentí a Fidel con una fuerte emoción y muy tenso.
Casi no hablé, no podía. Me reiteró las últimas instrucciones y
me dijo que cuando escuchara la noticia de que Frank País se había
tirado a la calle, era la señal de que ellos habían llegado. No
se preocupe si anuncian mi muerte, me dijo, porque lo
han hecho en otras ocasiones.
Alrededor de la 1 y 30
de la madrugada zarpó el Granma rumbo a Cuba.
*****
Antonio del Conde
cumplió al pie de la letra las instrucciones que le dio Fidel.
Cuando el Granma rebasó Isla Mujeres, se mantuvo escondido
hasta las noticias esperadas del alzamiento en Santiago de Cuba. A
la captura del barco por la dictadura, la policía mexicana comenzó
a buscarlo, pues era claro atar cabos y saber que era El Cuate.
Supo de la noticia de que Fidel "había caído" en Alegría de Pío
y pese a las advertencias que le hiciera el Jefe de la Revolución,
me confesó que se le doblaron las piernas y se sintió muy mal. Se
mantuvo oculto hasta que pudo salir de su país y más tarde, tuvo
de nuevo noticias de Fidel y siguió en la lucha, colaborando y
cumpliendo cuantas tareas se le dieron hasta que cayó preso en
Texas.
Guardó prisión en
Estados Unidos hasta mayo de 1959. Cuando el primer viaje de Fidel a
los Estados Unidos después del triunfo, estuvo por Houston y le
mandó una carta a la cárcel que El Cuate conserva como un
preciado tesoro. En el propio mayo de aquel año viajó a nuestro
país donde permaneció trabajando, bajo las órdenes del Che hasta
1964, en que problemas familiares le hicieron retornar a México.
Con los años no ha
perdido los vínculos con la Revolución cubana, la que siente como
suya y la defiende con todas sus fuerzas, donde quiera que se
encuentre.
A Fidel lo admira,
respeta y quiere como el primer día, "porque desde aquel tiempo
ya era el Fidel Castro de hoy, con su fe y seguridad absoluta en la
causa que defendía, con la total seguridad en el triunfo, por su
forma de hablar, de hacer, de convencer".
En marzo de este año
volví a encontrarme con El Cuate, esta vez en Cuba. Le
escuché hablar con entusiasmo de cuanto pudo ver en su recorrido
por la Isla, del encuentro con viejos compañeros en la Empresa
Militar Industrial Ernesto Che Guevara, de Manicaragua, que fundara
años atrás por instrucciones del propio Che y la alegría que le
causó conocer que uno de los jóvenes que entonces le acompañó en
aquella tarea es hoy su director y se ha convertido en una gran y
moderna industria.
Antonio del Conde sigue
siendo el mismo en que Fidel confiara para tantas importantes
misiones: El Cuate de la expedición y de la Revolución cubana.
51
Años después
Nueva entrevista con El Cuate |