Snuff, ¿mito o realidad?

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Asesinatos y desaparición de mujeres jóvenes en Ciudad Juárez han hecho que diferentes medios de prensa vuelvan a ligar en sus conjeturas tres viejas causas aunada en un todo: la droga como organización, el tráfico de órganos y el snuff.

Las dos primeras causas son viejas conocidas. La tercera, sin dejar de tener vínculos con la sociedad, nos remite al cine.

Antes de hablar del llamado cine snuff habría que referirse al gore, un estilo hiperrealista con mucha pintura roja y entrañas de utilería. Puede considerársele el último peldaño en la escala de aceptación masiva de los géneros proscritos y su irrupción a escala internacional tiene que ver con el agotamiento del cine de alto consumo sexual, o francamente pornográfico. Un certificado de defunción que llega a principios de los setenta y crea la desesperación financiera de sus productores.

¿Qué hacer para que la mórbida taquilla siga funcionando?

Una mirada al pasado parece traerles la clave. En 1899 un empresario teatral francés llamado Max Maurey causa sensación con sus representaciones llenas de sangre y tripas a voleo. Entre sus puestas en escenas se encuentra la decapitación de la reina María Antonieta, un acto de fuerte impacto realista que necesitará de varios cubos de puré de tomate y que provocará la fuga despavorida de algún que otro aficionado a las emociones fuertes.

A diferencia del cine pornográfico, que en sus escenas sí dejaba constancia en cuanto a la seriedad de lo que se veía, el gore es todo artificio representativo. Pero desde sus inicios en la industria norteamericana, a mediados de los sesenta, tiene buena aceptación por un tipo de espectador que, a juzgar por lo que paga, disfruta lo que ve.

Basta con revisar los títulos de las primeras producciones, realizadas con muy bajo presupuesto, para tener una idea de los contenidos: Fiesta de sangre, 
2 000 maníacos, La matanza de Texas, Me bebo tu sangre
y Perros rabiosos. En 1973 una productora seria emprende por primera vez un proyecto que puede considerarse en la línea gore: El exorcista, que arrasó con las taquillas, cinta de innegable contenido artístico, aunque hay que aclarar que distó mucho entre lo que se filmó y luego vio el espectador.

En 1976 la película Slaughter llenó de horror a medio mundo, lo que no fue óbice para que millones corrieran en pos de aquella historia que, según la casa productora, presentaba por primera vez la filmación de un hecho de canibalismo real. Todavía recuerdo los ojos fuera de órbita de un amigo que la había visto en Europa y al hacerme el relato juraba estremecido que todo era verídico. La película se presentaba como filmada en América del Sur, en una tribu de indígenas que tras ser provocados por muchachas de "mala vida" y sus acompañantes varones, emprendían un feroz banquete de antropofagia bajo el ojo de la cámara. Se aseguraba entonces que el último en pasar al ciclo digestivo había sido el heroico camarógrafo, capaz de filmar su propia muerte.

Años después se supo la verdad: Slaughter había sido realizada como ficción en 1971, pero los productores norteamericanos de la Monarck Releasing comprendieron que era tan mala que decidieron presentarla años después como una cinta muda, documental y basada en hechos reales.

Había nacido, sin embargo, el cine snuff, un mito sin pruebas convincentes que habla de filmaciones clandestinas realizadas por aficionados con víctimas secuestradas y que delante de las cámaras son sometidas a torturas y luego asesinadas.

Un morbo que, aunque parezca increíble, ha encontrado no poco mercado clandestino.

Desaparecidos y cadáveres mutilados hallados en varios países de América Latina y en naciones europeas que son escenarios de la emigración tercermundista, han alimentado las historias siniestras del cine snuff. Sin embargo, gente seria con acceso a esas cintas aseguran que todo cuanto han visto es un cuento de camino filmado con supuestas pretensiones de veracidad. "Un truco más de horror para vender a mentes enfermizas", alegan.

Hay otros tipos de asesinatos filmados, crímenes espirituales, de los que sí nadie duda en cuanto a su legitimidad: la pornografía infantil.

Pero esa es otra historia en la tarima del morbo.

 

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