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28/03/2002
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Libros

Las providencias de un hombre claro

LEYLA LEYVA 

La noticia que se acomoda al paso de los meses, no deja de ser por eso agradecimiento y sorpresa entre los seguidores de la obra de Jaime Sarusky.

Un hombre providencial, la novela ganadora del premio Alejo Carpentier 2001, marca su regreso al campo de la ficción tras largos años de espera, luego de La búsqueda (1961) y Rebelión en la octava casa (1967).

Lo cierto es que el escritor nunca abandonó el terreno, sino que fue madurándolo, haciéndolo entrar en el calor propicio de la mano del periodismo y la investigación, durante largos períodos en que se entrenaba sobre la marcha de proyectos como Los fantasmas de Omaja (1986), El unicornio y otras invenciones (1996) y La aventura de los suecos en Cuba, de 1999.

Quizá contarlo así no sea exactamente como lo comprenda Sarusky, aunque sí es presumible que esa poco frecuente capacidad suya para "ficcionar" al detalle sobre un imaginario real, y la prontitud de las atmósferas, que casi sin aparentes esfuerzos textuales llega a conformar, tuvieran campo de cultivo en aquellos episodios de los suecos con sus vidas y sus costumbres sembrados en un filón de tierra cubana.

Aquella experiencia literaria, que cuenta ahora como ejemplo para ilustrar los caminos en la obra de un escritor, hizo que muchos lectores echaran de menos esa posible novela trunca vislumbrada entre páginas de crónicas y testimonios.

Sin embargo, la añoranza que dejaron los ambientes de sus historias de comunidades de emigrantes en el país, se suple ahora con entusiasmo en esta sobre el aventurero norteamericano William Providence Walker, quien en el pasado siglo XIX pretendió extender los dominios de los Estados Unidos a toda Centroamérica y convertirla de paso en estado esclavista.

Una tarea ardua la del novelista. Minuciosa y desmitificadora, que bien haría espantar al más emprendedor de los escritores, pero que en sus manos es solo labor que el esfuerzo advierte y convierte.

Walker, que nació en Nashville, Tennesse, en 1824 y muriera en tierras del centro de América en 1860, fue médico, abogado, perseguidor de fortuna cuando la fiebre del oro, y un filibustero convencido de que el dominio de Centroamérica era su destino. Para tal objetivo llevó a hecho múltiples campañas con la ayuda financiera de los esclavistas del sur y un relativo número de mercenarios que fluctuaban de acuerdo con las circunstancias y la buenaventura.

Sin embargo, Un hombre providencial no pretende anclarse cómodamente en la historia, habidas cuentas que las biografías contables que sobre el norteamericano se han escrito, existen y pueden verificarse.

El mérito de esta obra radica en tomar un pedazo de la vida de Walker, sobre todo la final, y urdir una trama novelable, ambientada con celo, en la que personajes ficticios y reales hacen funcionar los clásicos resortes de la fábula: el amor, las intrigas, las pasiones, el sexo, la muerte y la vida toda, cuyo valor se desvanece en medio de las luchas sangrientas por el poder.

Es precisamente del poder, esperpéntico sujeto, de quien el autor hace en este texto de 293 páginas una policromada radiografía a la luz de los sucesos. Para ello se vale de una estructura aparentemente simple: mover los puntos de vista sobre la historia contada, por vía de cuatro personajes, tres hombres y una mujer, prostituta ella.

El resultado es una interesante novela de las que suelen nombrar históricas, que se desmarca en el campo de la narrativa de cuanto se escribe en este sentido, y también en otros, por estas tierras.

Las pasiones y la cruda verdad histórica y literaria encuentran su pico en un fresco inusual, que a riesgo de su contenida intensidad dramática, se desborda, sin embargo, en pleno dominio de los ámbitos y de una escritura que se disfruta no sin antes admirar.

28/03/2002

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