| NACIONALES |
Son muchos los méritos de esta capital
Son muchas las hazañas que los revolucionarios de la Ciudad de La Habana han realizado en todo este proceso revolucionario; pero fueron también, y ya en pleno período especial, los ciudadanos de esta ciudad los que les dieron una respuesta contundente e inolvidable a los elementos antisociales que trataron de crear perturbaciones en la ciudad en pleno período especial. En cuestión de minutos, cuando se movilizaron los patriotas de esta ciudad (APLAUSOS), se acabó el desorden.
Es también imposible olvidar a esta capital de las grandes conmemoraciones revolucionarias desde los primeros años.
Imposible olvidar a esta ciudad de la Primera y Segunda Declaración de La Habana.
Imposible olvidar a esta ciudad que se reunió para condenar el repugnante crimen de Barbados (APLAUSOS). A esta ciudad que en interminables colas, durante tres días, rindió tributo y despidió al Che hace unas cuantas semanas.
Imposible olvidar a esta ciudad de los primeros de mayo, de las marchas del pueblo combatiente.
Imposible olvidar a esta ciudad que recibió a tantos huéspedes ilustres durante muchos años, hasta que descubrimos que resultaba ya imposible movilizarse con cada uno del creciente número de visitantes que llegaba al país.
Son muchos los méritos de esta capital, y por eso siempre hemos confiado tanto en esta capital (APLAUSOS).
Fue la capital que como un solo hombre, en cuestión de minutos, cumplió las instrucciones que desde la ciudad de Palma Soriano se enviaron para paralizar el país. La capital cuyos trabajadores pusieron las estaciones de radio y televisión en sintonía con Radio Rebelde, el Primero de Enero de 1959, para que no se escuchara más que una sola planta en esos momentos críticos y decisivos.
Aquí, en los primeros años de la Revolución, cada vez que venía una amenaza de invasión -y no eran imaginarias, como lo han demostrado después los documentos del Pentágono recién publicados en Estados Unidos- nos dividíamos el país: Raúl para Oriente, Almeida para Las Villas, el Che para Pinar del Río y yo me tomaba el privilegio de quedarme aquí en la capital (APLAUSOS PROLONGADOS).
Siempre, en todas las crisis, si el enemigo trataba de tomar esta ciudad prioritariamente, pensando que todo se acababa después, nosotros sabíamos que allí donde estaba el Che no se acabaría la guerra nunca; que allí donde estaba Almeida, en el centro -y los menciono a ellos como símbolo, pero era actitud de todos los demás-, allí no se acabaría la guerra; y que en las provincias orientales donde estaba Raúl, no se acabaría la guerra nunca, ¡nunca se acabaría la resistencia! Esas fueron las concepciones y son las concepciones.
Me veo obligado también a recordar que cuando llegaron noticias de perturbaciones por algunas zonas de la ciudad dijimos: "Que no se use un arma, que no se haga un solo disparo. Vamos allá donde están los disturbios." ¿En quién confiaba? Lazo, siempre tuve confianza en todos los barrios, en todos los municipios, desde La Lisa hasta Guanabacoa, Cayo Hueso. Si yo una vez cuando empezaba en actividades políticas, ¿tú sabes acaso que era delegado por Cayo Hueso? (APLAUSOS.) ¿Sabes que hice campaña allí? Pero aquello era individual; realmente me tuve que autonominar (RISAS), tuve que escoger un lugar, y sé lo que son esas luchas individuales. Escogí ese barrio y me trataron bien, muy bien, me eligieron delegado, fui el número uno. Mira tú lo que son las vanidades de la política en aquella guerra individual.
¿Sabes, Lazo, que yo tenía la dirección de 80 000 afiliados del Partido Ortodoxo en la actual provincia de La Habana y de la capital?, 80 000 afiliados que eran espontáneos en su inmensa mayoría, y busqué en los registros las 80 000 direcciones, tenía un grupo de amigos que me ayudaban en ese trabajo. Alguna vez les escribí a los 80 000; claro que no podía hacer 80 000 cartas, no me alcanzaban ni 100 manos, pero escribía una y las imprimía litográficamente, el problema era escribir las direcciones en cada sobre. Las veces que fui a La Habana Vieja, donde estaba el correo, a llevar paquetes enormes de cartas. El trabajo que pasé para conseguir sobre y papel, fiado, incluso.
La verdad es que los recursos con que yo contaba eran las deudas: desde el bodeguero, el carnicero y el dueño del apartamento, hasta el carro, que más de una vez he contado que me lo recogieron por falta de los pagos que debía hacer cada mes. Había sido comprado a plazos. Andaba defendiendo causas que no producían dinero; pero, bueno, son anécdotas.
Quiero decir que trabajé. Aquellos eran unos electores espontáneos, no estaban controlados por las maquinarias; eran muy espontáneos, no tenían la conciencia que tienen hoy nuestros ciudadanos, nuestros militantes, pero era gente que estaba contra la corrupción, el robo, los abusos, la miseria, las desigualdades. Les escribía.
Descubrí que en el Partido Ortodoxo, en Prado 109, había una maquinita que le llamaban el adesógrafo, muy artesanal, donde estaban las direcciones de todos los que contribuían con algo. Cuando descubro aquello, dije: Estos que contribuyen deben ser los más entusiastas. Y tenían allí las direcciones.
Yo tenía en aquella oficina algunos amigos. Eran entre 8 000 y 10 000 los contribuyentes. Eso era más fácil, porque el adesógrafo tenía las direcciones e imprimía las direcciones, yo no tenía que conseguir más que el sobre y el mensaje, y sistemáticamente estaba en comunicación con los que contribuían, y no era para pedirles dinero, ni mucho menos, sino para que escucharan algún programa radial especial en fechas históricas o participaran en alguna otra actividad importante.
¿Mencioné sello? Me preguntarán de dónde sacaba los sellos. No tenía dinero para sellos; pero hice otro descubrimiento: la fracción parlamentaria de ese Partido tenía un cuño, que era una especie de prerrogativa -no sé cómo le llamaría Alarcón- que tenían los parlamentarios, franquicia postal. Descubrí la franquicia postal, y esas 80 000 cartas, y las que me faltaban todavía antes del 10 de marzo...
Yo estaba ya en una lucha, y no crean ustedes que era simplemente política, era absolutamente revolucionaria, y estaba utilizando los caminos que estaban a mi alcance. Tenía muy claras las ideas, y ya las ideas que tenía no se diferenciaban mucho de las que tengo hoy, salvo que hoy tengo un poquito más de experiencia. Con la franquicia pos-tal de la fracción parlamentaria lo único que había era que acuñar. No es que yo fabricara un cuño, ¿no?, utilizaba el de ellos, me lo prestaban. Los entusiastas en la contienda no eran tantos, o sí, había muchos entusiastas, pero no habían hecho los descubrimientos que a mí no me quedaba más remedio que hacer. Y te aseguro que no tenía ni un centavo, realmente.
Hasta 15 minutos de radio tenía en una estación que se oía en toda la provincia. Ya al final había un periódico que me publicaba algunos artículos, algunas denuncias, y las publicaba en primera plana con cintillos; pero no por simple amistad, sino por los datos que busqué en los registros de propiedad y otras fuentes de información, dondequiera.
Y, para completar la idea, fue a raíz de aquella situación en que Chibás se suicida porque no puede demostrar que un ministro del gobierno tenía unas fincas en Guatemala. Me puse a buscar y encontré decenas y decenas de fincas, aquí en Cuba, adquiridas por los jerarcas del gobierno con el dinero de la república, no había que ir a Guatemala: cuándo las compraron, cómo las compraron, qué extensiones tenían. Y las de Prío: La Chata, La Altura y El Rocío, las tenía visitadas, a pesar de que andaban guarniciones por allí, retratadas por tierra y hasta por aire. Sí, me conseguí una camarita de esas de película, y por el Wajay había un campito de aviación en que por cinco pesos contratabas un avión por unos minutos, avioncitos de esos como de fumigación, y por aire a las fincas esas, incluso, les tomé películas; a los soldados trabajando en las fincas, indagué bien los negocios que hicieron, cómo las compraron. Entonces, los elementos de juicio y pruebas eran tales que resultaban irrebatibles.
Cuando iba a hacer el quinto artículo de esos, ocurre el golpe de Estado del 10 de marzo, y trataba sobre los negocios multimillonarios que estaban haciendo con lo que hoy es la Plaza de la Revolución y todas las edificaciones que la rodean.
Después, los que estaban en el gobierno, al producirse el golpe del 10 de marzo, trataban de culparme, y me culpaban, del golpe de Estado. Así que yo estaba en conflicto con los que dieron el golpe de Estado y con los que estaban en el gobierno cuando dieron el golpe de Estado. Pero, realmente, las denuncias eran fuertes, eran demoledoras y eran irrebatibles.
Tuve que participar en esa lucha, tengo la experiencia, y la lucha era de cada uno contra cada uno. Los candidatos a diputados tenían que luchar uno contra el otro para repartirse los votos; no ya entre los partidos, sino dentro de cada partido.
Pero ustedes no me lo creerán, yo inventé una especie de voto unido. ¿Cómo? Ah, yo iba a los mítines de los demás candidatos de aquel partido, a hablar de sus cualidades, de sus virtudes. Me invitaban a los mítines; yo iba, hablaba. Tenía, naturalmente, que luchar por los votos individuales; pero en la práctica, en las relaciones con los demás, iba a sus mítines, como invitado, a hablar allí sobre ellos. Es que me chocaba aquel tipo de lucha individual.