NACIONALES

La conciencia de los revolucionarios
de la capital se veía crecer, se veía avanzar


¿Se desmoralizó la capital? No se desmoralizó la capital. ¿Se desmoralizaron los revolucionarios de la capital? (EXCLAMACIONES DE: "¡No!") Yo diría lo contrario. Los compañeros revolucionarios que han tenido que luchar en condiciones más difíciles, se han ido superando; la conciencia de los revolucionarios de la capital, a medida que pasaba el período especial, se veía crecer, se veía avanzar.
De los problemas he mencionado solo una parte, porque hay otros de tipo social. No hay turista que venga a este país que no quiera pasar por la capital. Las influencias del exterior, por esa vía, se observaban primero en la capital, y determinados fenómenos, que en ocasiones ni siquiera existen en otras capitales de provincias, se hacían más frecuentes aquí: más ingresos en divisas en la capital, más desigualdades en la capital, por su tamaño y por el hecho de que también hay mayor número de empleos tradicionalmente más remunerados que los empleos en el resto del país.
Encontrar policías capitalinos es más difícil, si no que lo diga el compañero Colomé; encontrar constructores en la capital es más difícil, si no que lo digan los compañeros del Ministerio de la Construcción; encontrar alumnos aspirantes a maestros, ya incluso con título universitario, o pedagogos, era más difícil en la capital para completar el cupo de las matrículas. Ya la gente de la capital no querían ser ni maestros, ni constructores, ni policías, tenían otras posibilidades que no tenían los de otras provincias.
Los ingresos en determinados trabajos por cuenta propia eran más elevados en la capital, los precios de los productos que se venden en los mercados agropecuarios son más elevados en la capital, los ingresos que obtienen los que prestan esos servicios o producen algunos de esos artículos son más altos, y todos esos problemas, no ya los tradicionales, todos esos nuevos problemas tenían que ser enfrentados por los militantes, los revolucionarios y los cuadros de la capital.
Así que nosotros, cuando reflexionamos sobre estos problemas, tenemos una gran valoración de los militantes del Partido, de los revolucionarios y de los cuadros de la capital de la República (APLAUSOS). Es la realidad. Lo vemos como aquellos compatriotas que hoy luchan en la trinchera más difícil, en el frente más complejo, porque esta es como una guerra y una gran guerra en todo el país contra el imperialismo y su guerra económica, sus agresiones, su incesante hostilidad. Tenemos una idea clara de la dimensión histórica de esta lucha, una lucha verdaderamente sin precedentes, y es a esa batalla, a esa lucha sin precedentes a la que llamamos constantemente a los combatientes de la capital.
Sabemos que también en caso de una agresión militar el frente más difícil sería la capital, sin discusión. Eso lo sabemos desde el principio, porque en los planes enemigos lo fundamental era siempre tomar la capital; pero, ¿cómo tomarla? Desde luego, las mejores armas, las más modernas, el mayor número de armas estaban aquí en la capital, aunque las provincias no fueron olvidadas.
Teníamos conciencia, sin embargo, de que la defensa de la capital era la tarea más difícil, donde viven 2 millones de personas que necesitan alimentos, que necesitan agua, que necesitan servicios; cercada, rodeada, sin duda era mucho más difícil de defender que las montañas de Pinar del Río, o la Sierra del Escambray, o la Sierra Maestra, o los campos, o la Ciénaga de Zapata, donde ya se hundieron una vez los mercenarios del imperialismo (APLAUSOS).
Claro, estábamos conscientes de que una invasión a Cuba originaba una guerra que no se terminaría hasta el día en que los invasores recogieran sus bártulos y regresaran a Estados Unidos, porque la lucha sería en todos los rincones del país, en todas partes, incluso en la ciudad ocupada -bueno, en lo que quedara de la ciudad ocupada-, indefinidamente. Esa fue, es y será siempre la más firme y férrea voluntad de la Revolución, y ellos lo saben.
No importan las armas sofisticadas ni las cifras fabulosas que hoy gastan en armas cuando la llamada guerra fría se acabó. Yo le decía a un visitante recientemente, cuando mencionaba el fin de la guerra fría, que la guerra fría todavía no se acabó, porque la guerra fría más bien se concentró aquí en Cuba y contra Cuba; para nosotros no cesó la guerra fría en ningún momento, de modo que la capital tuvo siempre tareas difíciles, misiones difíciles, muy difíciles.
Los revolucionarios de la capital tienen un papel de gran trascendencia en la Revolución. ¿Y qué hicieron cuando la guerra sucia?, porque hubo momentos en que había bandas en toda la isla, en todas las provincias, y en eso, como en otras muchas cosas, no se equivocó la Revolución, no bajó la guardia ni un día, y desde que empezó el primer grupito, organizado por la CIA, empezamos a combatirlo sin tregua.
En otras partes, los revolucionarios no estuvieron conscientes de lo que era la guerra sucia; pero cuando nosotros vimos que a la Revolución le querían aplicar la misma receta que la Revolución aplicó para derrotar al ejército batistiano, adquiriendo en esa lucha una gran experiencia, aplicamos esa experiencia contra la guerra sucia y la decisión de no darle un minuto de tregua al enemigo. En otros lugares, desgraciadamente, no ocurrió así. El imperialismo había comenzado a utilizar un arma que era de los revolucionarios, la lucha irregular, después la aplicaron a otros procesos políticos. La aplicaron, por ejemplo, en Nicaragua, la aplicaron en Angola, la aplicaron en Mozambique, y ese tipo de guerra fue realmente un instrumento de la Revolución y de la lucha anticolonial frente al poderío de los ejércitos con armas sofisticadas que defendían los intereses del imperio.
¿Qué misiones cumplieron los trabajadores de la capital, el pueblo de la capital, los estudiantes de la capital? Cuando en el Escambray las bandas habían adquirido determinada fuerza y eran más de 1 000 hombres armados, la Ciudad de La Habana envió 40 000 milicianos, ¡cuarenta mil milicianos! (APLAUSOS.) Ahí está esa hermosa página de la historia.
Cuando la invasión mercenaria de Girón, un torrente de batallones y de combatientes de la capital partieron, a toda velocidad y en número suficiente, para liquidar, junto a otras fuerzas, desde luego, en menos de 72 horas, a los mercenarios, sin darles tiempo a establecer una cabeza de playa, a traer un gobierno que solicitara la intervención de la OEA que era, por supuesto, la de Estados Unidos; no les dieron chance ni de respirar, y fueron fundamentalmente los batallones de la capital. Y los que quedaron aquí eran tantos, que defendían también el oeste de la provincia, Mariel y Cabañas, todos esos lugares, y la costa norte hacia el oeste y hacia el este.
Hay que ver la cantidad de combatientes que se incorporaron a las milicias. Valdría la pena recordar las decenas de miles de habaneros que para probarse físicamente realizaron la caminata de los 62 kilómetros, que fue realmente la prueba física que se establecía para los aspirantes a milicianos de la capital.
Cuando la Crisis de Octubre, aquí en la capital estaban los puestos de mando, y aquí en la capital, cientos de miles de combatientes, con una impresionante serenidad, marcharon a sus puestos de combate para defender la Patria y la Revolución.
Pero no solo en el terreno militar, sino también cuando se acabaron los macheteros en otras partes. Cuando Camagüey, que antes de la Revolución hacía la zafra con trabajadores inmigrantes de otras provincias, que se acabaron, porque un gran número de aquellos cortadores de caña que se dedicaban a la dura tarea de la zafra, buscaron empleos permanentes que surgieron después del triunfo en otras muchas actividades, decenas de miles, decenas de miles de cortadores de caña de la capital, trabajadores de nuestras fábricas y de otros centros de producción y servicios, marchaban para realizar zafras completas a Camagüey y a otros lugares donde había que cortar caña.
Recuerdo a los estudiantes preuniversitarios de La Habana cortando caña en Matanzas y en otras provincias fuera de la ciudad, los estudiantes preuniversitarios.
¡Ah!, se podría sumar el número de jóvenes que intervinieron en la Campaña de Alfabetización, procedentes de la capital; el número de estudiantes que se incorporaron a las unidades de defensa antiaérea y a las primeras bases coheteriles que tuvo el país, que abandonaron carreras universitarias y abandonaron institutos preuniversitarios para incorporarse, porque tenían el nivel suficiente o el nivel requerido para asimilar el empleo de esas armas; o cuando hacían falta estudiantes para profesores de secundaria, cuando aquellas escuelas se multiplicaron.
También recuerdo que las primeras escuelas secundarias y preuniversitarias en el campo se construyeron en la provincia de La Habana, y fueron nutridas por adolescentes y jóvenes de la capital.

 


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