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 Confiar en la historia y confiar en
los pueblos, nos estimula y nos enseña

Hay que confiar en la historia, hay que confiar en los pueblos, y
eso nos estimula en esta lucha, y nos enseña. No crean que son simples letreros que
después se borran, o simples consignas o palabras que se lleva el viento. No, son como
ciclones capaces de derribar grandes obstáculos; son como ciclones en la conciencia del
pueblo norteamericano; son como ciclones en la conciencia universal; son como ciclones
barredores de mentiras, porque los pueblos que así actúan y los pueblos que son capaces,
en medio de un diluvio de mentiras y de calumnias, de apoyar a un país como Cuba, los
impresionan, y se refleja en la propia publicidad de las agencias internacionales, y, cosa
curiosa, en determinadas cadenas de televisión norteamericanas que han trasmitido el
mensaje.
Ellos ven que están dando coces contra el aguijón, que pasa el
tiempo y su campaña no se fortalece sino que se debilita; pasa el tiempo y los pueblos
tienen cada vez más conciencia; pasa el tiempo y los pueblos se unen cada vez más; pasa
el tiempo y los pueblos con los recursos modestos disponibles son capaces de organizarse,
actuar, hablar y hacerse oír.
Lo que expreso aquí es el sentimiento de todos los cubanos, es
incluso una prueba de nuestra conciencia del inmenso valor de la solidaridad de ustedes,
como un eficaz medio de defensa, hasta de protección -como decían ustedes- contra los
planes locos. Yo no he querido hablar de los planes locos, ni decir una palabra -y tengo
cantidad de información sobre todo eso-, porque no quería deslucir en lo más mínimo
con denuncias de ese tipo el estado de ánimo o la brillantez, digamos, de las
actividades, de las reuniones internacionales que iban a tener lugar en el país.
Conocemos las ideas despectivas de los autores de tales planes sobre el pueblo dominicano,
sobre las autoridades dominicanas, sobre las fuerzas de seguridad dominicanas.
Me veo obligado a expresar aquí, con la honradez y la franqueza que
hablo siempre, que las autoridades y las fuerzas de seguridad han realizado un excelente
trabajo en torno a las medidas que hicieran imposible los planes locos y descabellados de
aquellos que aprendieron a matar y a poner bombas durante muchos años (Aplausos). Es mi
deber expresarles el reconocimiento también en el día de hoy.
Pero todo eso se unió. La actitud de la población tiene un peso
fuerte, es una presión fuerte, aunque a elementos inescrupulosos, que mucho abundan en
las filas de esos grupos terroristas, no les llegue a importar eso.
Por ello, unidos todos los factores: opinión pública, la presión
moral tremenda del pueblo, más las medidas concretas de organización adoptadas, han
eliminado las esperanzas de aquellos que subestimaron al país, porque pienso que en sus
declaraciones -y tengo algunas- y en lo que decían, realmente estaban hiriendo el honor
del país, el honor no solo del pueblo dominicano, el honor de las autoridades, el honor
de los cuerpos encargados de garantizar la seguridad, porque únicamente sobre la base de
la subestimación podían concebir la idea de que este era el momento y el lugar perfecto
para hacerlo.
¿Por qué? ¿Por qué subestimar así a todos los dominicanos en el
sentido del honor, de la dignidad y de la responsabilidad? Ya que esto se convirtió en
una especie de batalla en que ellos estaban empeñados en demostrar que sí, que podían
llevar a cabo sus planes, y el pueblo y las autoridades empeñados en demostrar que la
República Dominicana merecía respeto y era capaz de impedir semejante ultraje a su
soberanía y a su prestigio, porque cualquier acto vandálico de ese tipo habría
ocasionado un daño grande al país, al turismo, incluso; al prestigio internacional de la
nación, algo importante que había que defender como una trinchera intomable (Aplausos).
Y todos, realmente todos han actuado al unísono en esa misión, y todos han obtenido la
victoria (Aplausos).
(Del público le dicen algo.)
Habría preferido nacer en el siglo XXI (Risas y aplausos). Este es
muy interesante; pero después les digo algunas cosas. (Del público le dicen: "¡Nos
han ayudado mucho!") Nada, son ustedes los que nos han ayudado a nosotros (Aplausos).
Ojalá hubiéramos podido ayudarlos de verdad. Es un pueblo que realmente quiero, que
admiro, que agradezco, porque lo primero que leemos es la historia de Cuba y sabemos la
participación de este pueblo hermano en nuestra lucha por la independencia. Sabemos del
entrañable afecto de Martí por este país; sabemos que aquí se escribió el Manifiesto
de Montecristi, y sabemos y no podemos olvidar que de aquí salieron Gómez y Maceo para
aquella epopeya que fue la Guerra del 95. Pero no es lo que hicieron, sino el ejemplo que
nos dejaron, las ideas que nos legaron.
Yo trataba de demostrar ayer en el acto de Baní cuál era el
pensamiento más íntimo de Martí, su idea universal, su idea latinoamericana, y lo fue
diciendo poco a poco, sobre todo a medida que se acercaba el momento del comienzo de la
guerra, y describiéndolo cada vez con mayor claridad.
Aunque decía que en silencio había tenido que ser, ya no podía
aguantarse demasiado su silencio. Cualquiera puede seguir qué palabra dijo un día, y
qué dijo otro, y cómo se refería a la poderosa potencia que emergía y no la nombraba,
cuando expresaba su angustia, a la vez que su determinación de impedir que este
hemisferio fuese devorado por esa potencia, hasta que al final, el día antes de su
muerte, 24 horas antes de su muerte, lo escribe ya y pronuncia el nombre: En silencio ha
tenido que ser. Todo lo que he hecho hasta hoy, y haré, será para impedir con la
independencia de Cuba que Estados Unidos se extienda con esa fuerza más sobre nuestros
pueblos de América (Aplausos).
Ya lo dijo clarísima y definitivamente el día antes de su muerte
cuando expresó con toda su fuerza lo que llevaba dentro, y qué frase: "en silencio
ha tenido que ser", porque era tan inteligente que comprendía que si revelaba
aquella idea prematuramente habría sido imposible llevarla a cabo. Estaba organizando la
expedición, adquiriendo armas; pero ya en aquel momento lo dice claramente.
El sabía que lo prioritario en ese momento era organizar la
independencia, organizar la fuerza, coordinarlos a todos, suministrarlos de armas e
iniciar la lucha para una guerra rápida, lo menos sangrienta posible, que es la que
proclama en el Manifiesto de Montecristi, aunque ya cuando él escribe aquel manifiesto le
han ocupado los barcos con casi todas las armas. Partió con el pecho, partió con sus
ideas, partió con su confianza en el pueblo, partió con su confianza en aquellos
guerreros heroicos, especialmente con la confianza en aquel extraordinario jefe que fue
Máximo Gómez.
Yo quería ayer demostrar por qué ideas lucharon aquellos hombres,
por qué ideas hicieron tantos sacrificios, qué horizonte tan amplio tenía su causa, y
qué triste historia cuando nos impusieron aquella enmienda, ya después de licenciar al
Ejército Libertador y liquidar el partido creado por Martí, en medio de una Asamblea
Constituyente. La enmienda, una enmienda, ni siquiera una ley, algo que habitúan hacer
muchas veces: una percha, colocada en una ley, que les daba el derecho a intervenir en los
asuntos internos de Cuba, derecho que hicieron imprimir en la Constitución de nuestra
supuesta república soberana, más una base militar en una de las mejores bahías que
tiene el país, y que está ahí todavía y no han dicho cuándo se la devuelven.
Como la locura no puede ser eterna, ni el imperialismo eterno, no
hay que derramar una gota de sangre por esa base.
Siempre para nosotros estuvo claro que no se derrama la sangre por
un pedazo de territorio que más tarde o más temprano regresa al seno de la patria o de
la humanidad (Aplausos). En todo caso, si se derrama una gota de sangre, hay que
derramarla por la humanidad y hay que derramarla por ese planeta del cual tiene que vivir
y vivirá un día la familia humana, y bajo principios que no serán la explotación y el
egoísmo despiadado, que no serán la desigualdad y la injusticia; serán realmente la
fraternidad, la verdadera fraternidad, la hermandad y la justicia entre todos los seres
humanos que habitamos este planeta, y por eso sí vale la pena cualquier sacrificio.
Como creemos en ese futuro, más tarde o más temprano, aunque
podríamos repetir, como Allende, "más temprano que tarde", ese mundo vendrá
(Aplausos).
Esa fue la intervención, esa fue la trampa que le hicieron a
nuestro país. Después lo compraron todo, se apoderaron de todo; empezaron a crear una
conciencia antinacional, a deformar nuestra historia. Todo se debía a la
"generosidad" de Estados Unidos. Después de 30 años de lucha heroica de
nuestro pueblo, con el sacrificio de la vida de cientos de miles de sus hijos, aparecen
ellos; ya derrotada España, porque España no podía sostenerse -y puede demostrarse
histórica y matemáticamente que no podía sostenerse en Cuba-, es que intervienen y
ocupan nuestra isla, y junto con nuestra isla ocupan Filipinas, y junto con Filipinas,
nuestra entrañable hermana, la isla de Puerto Rico (Aplausos).
Mucho nos alegra recordarlo aquí, porque acaban de dar una lección
impresionante, y en los anales del neoliberalismo tendrán que escribir con letras de oro
la página que acaba de escribir el pueblo de Puerto Rico, a los 100 años.
Hablamos de conmemoraciones, pero ese movimiento unánime, esa
huelga puertorriqueña en español... (Aplausos y exclamaciones de: "¡Independencia
para Puerto Rico!"). Después de 100 años de inglés, vean cómo se yergue el pueblo
puertorriqueño con su cultura que no ha podido ser destruida, con su idioma, con sus
sentimientos patrióticos, porque hay algo detrás de esa actitud: un sentido de orgullo
nacional. ¿Y luchando contra qué? Contra lo que está más de moda en el mundo: la
privatización de una empresa telefónica.
Cuando por ahí lo andan vendiendo todo -hasta nosotros hemos tenido
que vender una parte para que no se convirtiera en un objeto de museo nuestro sistema
telefónico, y poder incrementar las comunicaciones y poder modernizarlas, para lo cual no
tenemos capital; hemos tenido, aunque muy bien analizado, muy bien calculado, que vender,
en parte, la empresa, por necesidades de tecnología y de capital, que están por ahora
muy lejos del alcance de nuestras manos-, ellos han organizado una huelga nacional. Cuando
tuve la primera noticia de la idea de la huelga general en una reunión de economistas,
que me lo cuenta un economista puertorriqueño, me quedo asombrado, porque una huelga
unánime no ha ocurrido en ningún país de América Latina.
Todos los días subastan una empresa, y ellos que están allí, bajo
el dominio de la potencia neoliberal por excelencia, se han opuesto a la privatización de
una empresa. Es un ejemplo, y yo diría que es el mejor homenaje, o el mejor recuerdo, o
la mejor advertencia y mensaje que podría haber lanzado el pueblo puertorriqueño a los
100 años de ocupación de la isla por las tropas norteamericanas.
En nuestro país buscaron formas más sutiles, se apoderaron de toda
la economía, de las principales tierras, las industrias; establecieron una Constitución,
una enmienda. ¡Cuánto tienen que haber sufrido Máximo Gómez y otros más!
Ya Martí, Maceo, Agramonte, decenas y decenas de héroes habían
muerto; no sufrieron aquella amargura, ni tenían que sufrirla, porque confiaban en su
pueblo y en su capacidad de vencer todos los obstáculos, todos los reveses.
Los que cayeron antes sí sabían los tropiezos que podían ocurrir,
y más de uno, como el propio Máximo Gómez, sufrió el terrible suceso del Pacto del
Zanjón cuando las divisiones -como decía Martí- dieron lugar a la desmoralización en
virtud de la cual se rindieron las armas sin la plena independencia del país.
Cada vez que ocurre una de estas cosas, sentimos la satisfacción
por el recuerdo de los que contribuyeron con su vida para alcanzar estos objetivos.
Es por eso que somos tan reacios, tan alérgicos a las
individualizaciones de los méritos, porque siempre está presente en todos nosotros, y en
mí en un grado muy alto por los años que he tenido el privilegio de participar en esta
lucha, el recuerdo de muchos y muchos compañeros que desde los primeros días de la lucha
revolucionaria cayeron, y el recuerdo también querido y sagrado de aquellos que desde el
siglo pasado lucharon y cayeron para que hoy exista un país independiente que se llama
Cuba (Aplausos).
Decía hace bastante tiempo -hoy mismo (Risas)- que lo importante no
era preguntarse qué iba a pasar en Cuba, sino qué iba a pasar en el mundo. No es que yo
les vaya a dar una respuesta categórica y precisa, aunque sí puedo hacer algunas
afirmaciones categóricas: el llamado nuevo orden -a cada rato viene un nuevo orden-, este
orden neoliberal que están imponiendo al mundo, es insostenible; la globalización
neoliberal -para ser exacto- es insostenible (Aplausos).
Este es un punto de partida fundamental para nosotros y un elemento
que nos estimula a todos en esta lucha, porque no se lucha en vano, no se lucha por un
país.
Hoy, obligadamente, la lucha de cualquier país, de cualquier
pueblo, especialmente los pueblos del Tercer Mundo, se convierte en una lucha por el
mundo, en una lucha universal. Cualquier granito de arena que se ponga -unos pueden poner
más, otros menos-, depende de factores y depende de circunstancias.
Yo decía, y lo he dicho en otros muchos lugares -lo decía allá en
Ginebra-, algo que no se puede realmente contrastar: la globalización es inevitable; es
un producto de la historia, del desarrollo de las fuerzas productivas, como dijo Marx en
su tiempo -tiempos, desde luego, en que no se conocían ni podían conocerse muchos de los
problemas de hoy. Tuvo una gran premonición, la visión de una ley, de un desarrollo de
la sociedad humana a la que dedicó gran parte de su vida, y al estudio del capitalismo
que conocía mejor que Fredeman, los del banco mundial, los del fondo monetario y toda esa
gente.
El hombre que más supo de capitalismo en el mundo fue Carlos Marx
(Aplausos). Fíjense lo que voy a decir, Isa Conde y demás -y ustedes me lo van a
perdonar-: Marx sabía más de capitalismo que de socialismo, porque Marx concebía el
socialismo como una sociedad ulterior. El no intentó describir cómo iba a ser un sistema
socialista, ni mucho menos decir cómo debía ser una constitución socialista; él estaba
consciente de que esa no era su tarea. Su tarea fue estudiar bien un sistema social, una
ley histórica, y tenía la seguridad más completa de que inevitablemente esa sociedad
tendría que ser sustituida por otra sociedad y no por capricho de nadie, ni por deseos de
nadie, sino como una necesidad real y objetiva del desarrollo humano.
El criticó a los utopistas. Me siento entre los criticados, y con
razón, ¿no?, porque antes de leer el primerdocumento marxista, estudiando la economía
política que nos enseñaban en la universidad, bastante amplia -era un profesor bastante
riguroso, que no era marxista, pero que iba explicando las distintas teorías y
concepciones económicas, y nos hablaba de las crisis de superproducción, del desempleo y
de todos aquellos problemas que despertaron mi interés por aquel tema y me hicieron
meditar mucho sobre él-, llego por mi cuenta a la convicción de que aquel sistema era
caótico, absolutamente caótico, y es por eso que me convierto en una especie de
comunista utópico, en un individuo que se pone a imaginar una sociedad diferente y más
justa. Desde luego, yo podía conocer de justicia y de injusticia, porque no adquirí uso
de razón como proletario. En mi casa adquiero uso de razón como hijo de propietario
terrateniente.
Bueno, afortunadamente no vivía en ningún barrio aristocrático,
vivía allá en el campo, en pleno campo de verdad. Todos mis amigos, toda la gente que
conocía eran los hijos de los trabajadores, con ellos jugaba, iba por todas partes, no
tenía ni el más remoto chance de adquirir una especie de espíritu de clase burgués o
rico. Desde luego, no entendía nada de política, pero esas cosas las veía, cómo era la
vida del trabajador y del campesino pobre allí, en un lugar donde el dueño de aquellas
tierras era realmente un hombre generoso; un inmigrante español al que incluso habían
reclutado y habían llevado como soldado a luchar contra la independencia de Cuba, lo
arrancaron de allá como arrancaban a los campesinos de los campos de España. No tiene
nada de extraño si mi padre hubiese estado allí en la trocha de Júcaro a Morón -que
creo que fue uno de los lugares donde él estuvo-, en algunas de las ocasiones en que
Máximo Gómez u otro jefe cubano pasó por allí. Tenía 16 ó 17 años cuando
estuvo de soldado en la trocha de Júcaro a Morón.
Una vez estaban preguntando -lo cual es una mala costumbre-
procedencia de clase a todo el mundo, a todos los militantes del Partido, y me llega a mí
también lo de procedencia de clase. Digo: Nieto de campesino pobre (Risas y aplausos).
Los abuelos no tenían allá ni con qué alimentar a los hijos.
Cuando a mi padre lo repatrian a España, después de la guerra de
que hablamos, él emigra a Cuba y empieza a trabajar en uno de esos grandes latifundios de
la United Fruit Company, cuando aquella gente cortaba la caoba y la madera preciosa
como leña para los centrales azucareros que estaban construyendo allí, y acabaron con
bosques y todo. Esa es otra deuda que tienen al menos conmigo, que convirtieron a mi padre
en un cortador de bosques de maderas preciosas para utilizarlas como combustible y
desbrozar el terreno (Risas).
Así fue la historia, pero mis padres vivieron siempre en el campo,
semianalfabetos. Mi padre y mi madre aprendieron a leer y escribir solos, de adultos. Fue
una de las razones por las que mi madre, que sufría mucho por eso, se esforzó porque
nosotros, los hijos, estudiáramos. Se esforzaba más que los propios hijos (Risas); pero
algunos, por una causa o por otra, nos interesamos más.
No vivían en ningún barrio burgués. No vivían en Vista Alegre,
en Santiago de Cuba, que era el barrio de los ricos, de manera que yo no pude adquirir
aquella mentalidad; pero sí, desde que empecé a recordar las cosas, las que recordaba
después, a medida que iba teniendo contacto con las ideas políticas, y sobre todo cuando
empiezo a tener contacto con las ideas socialistas, es que voy sacando conclusiones.
Cuando ya me encuentro con los primeros documentos, fue casi como gasolina cuando se le
arrima un fósforo. Así es como yo entro en una ideología política.
Decía que Marx hablaba de los socialistas utópicos, pero estudió
sobre todo aquellos elementos que mencionaba. Otros tenían que realizar la tarea, porque
a él no le gustaba hacer el papel de profeta de la construcción del socialismo. Ahí se
abre otro ángulo, digamos; otro campo.
Algo muy importante también: no concebía el socialismo en un solo
país. Ninguno de los autores y teóricos del marxismo, hasta el final de la Primera
Guerra Mundial, concibieron la idea del socialismo en un solo país, porque lo veían como
algo realmente imposible, y pensaban en el desarrollo de Inglaterra, de Alemania, de
Estados Unidos. Incluso, cuando se produce la famosa Revolución de Octubre, no concebían
el socialismo en aquel país atrasado de Europa, el más atrasado de Europa: un país con
un 80% de campesinos, una reducida intelectualidad teórica, con grandes conocimientos,
brillantes pensadores que conocían todas las ideas políticas de la época.
Se produce el socialismo después de una guerra que destruyó las
pocas industrias que tenían, aunque algunas importantes, y con una naciente clase obrera
muy combativa y un 80% de campesinos tratan de construir el socialismo. Lo otro era
rendirse y prefirieron la opción de intentar construir el socialismo en aquel país.
Cuando desaparecieron las esperanzas de revoluciones en Alemania y en otros países
industrializados -esa es la verdad histórica-, iniciaron aquella tarea.
Recuerdo haber leído cómo en determinado momento Lenin concebía
la construcción del capitalismo bajo la dirección de los trabajadores, de un gobierno de
trabajadores. Decía: Hay que construir el capitalismo, hay que desarrollar las fuerzas
productivas. Pero fue tal el acoso, las agresiones, el aislamiento y la situación
crítica que no le quedó más remedio que aceptar aquel desafío; Marx se habría puesto
las manos en la cabeza, realmente.
Y no les quito la razón. Digo sinceramente que si me hubiera visto
en una situación como esa, hubiera hecho eso; porque al fin y al cabo eran todavía más
irracionales las posibilidades de que nuestra Revolución se mantuviera después que se
derrumba el campo socialista, surge el mundo unipolar y el enemigo encarnizado de nuestro
país está ahí más poderoso y fuerte que nunca, cuando nosotros ni siquiera podíamos
contar con ningún apoyo exterior. Y, sin embargo, dijimos: Vamos a proseguir. De eso han
pasado ya ocho años; quizás un poquito más, porque los problemas se empezaron a
presentar antes de 1990.
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