ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«Es importante la formación, el estudio y tratar siempre de desentrañar el valor específico de la obra a la que te enfrentas», dice Margarita Ruiz. Foto: Ismael Batista Ramírez

Cuadros. Atravesé la puerta y estuve rodeada de cuadros. Pinturas cubanas, artesanías mexicanas y retratos familiares en todas las paredes. Eso sí, en casa de Margarita Ruiz, Premio Nacional de Patrimonio Cultural 2025, fluye la armonía decorativa. «Llevará más de 60 años con su esposo, pero casada con el arte lleva toda la vida», pensé.

Para ella, «el primer valor que debe desarrollar –el trabajador vinculado al mundo del arte– es la defensa del concepto que transmite una obra, que no tiene que ser necesariamente bella. Es importante la formación, el estudio y tratar siempre de desentrañar el valor específico de la obra a la que te enfrentas; la que tienes que lograr que la gente entienda, valore, respete y quiera».

Su consejo no llega desde la inexperiencia, pues no solo estuvo al frente del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural y del Consejo Nacional de Artes Plásticas (CNAP), sino que fue consejera cultural de Cuba en México, e integró el Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y el Consejo Asesor para el Desarrollo de la Escultura Monumentaria y Ambiental (Codema).

Además, por sus académicas manos han pasado generaciones de especialistas, y con ellas se ha convertido en autora y coordinadora de numerosas publicaciones sobre arte cubano.

Margarita compartió o estableció una amistad con referentes de las artes visuales como Tomás Sánchez, José Villa Soberón, Osneldo García, Alfredo Sosabravo, Servando Cabrera, Nelson Domínguez, Raúl Martínez, Hilda Vidal, Marta Arjona, por solo citar algunos nombres.

A sus 90 años es una señora elegantemente sencilla, que no pasaría desapercibida ni queriendo. No aparenta su edad, y no me refiero a su bendición genética, sino a su espíritu activo, elocuente, «vivo». Podrías escucharla sin tener en cuenta el tiempo, porque si algo le sobra son historias.

«Soy de Cárdenas y estudié en un colegio presbiteriano, La Progresiva. Siempre me interesó la cuestión artística. Mi padre era masón, y los masones respetaban y protegían mucho los monumentos, así que eso fue importante en la casa».

Tan importante que la joven Margarita Ruiz terminó estudiando Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana. Fungió como vicepresidenta de la Federación Estudiantil Universitaria en 1956, junto a Ricardo Alarcón. La gran pedagoga Vicentina Antuña, «la Magistra», fue su profesora de Latín y la Premio Nacional de Enseñanza Artística, Rosario Novoa, le impartió Historia del Arte.

Al triunfo de la Revolución, la Magistra dirigió Cultura en el Ministerio de Educación y luego presidió el Consejo Nacional de Cultura. Bajo su mando, un grupo de estudiantes colaboraron como guías en el Museo Nacional de Bellas Artes, y fue entonces cuando Margarita Ruiz conoció a la reconocida artista de la plástica Marta Arjona, su mentora, a quien agradece haberla hecho conocer «la Cuba profunda».

«Lo primero que hizo el grupo fue un recorrido por todo el país, para ver las galerías, museos y colecciones privadas. Descubrimos los valores que tenía la cultura cubana; muchos no estaban puestos a la vista, disfrutados por la gente, o ni siquiera se sabía lo que había en las provincias.

«Nos hizo darnos cuenta de la cantidad de hechos históricos importantísimos que no tenían una tarja o un monumento, sobre todo fuera de La Habana. Esa fue una de las cosas primeras que hizo la Revolución con nuestro trabajo cultural: plantearlo a nivel nacional. No puedo hablar por otros ministerios, pero el de Cultura siempre trató de mantener eso, y trató de respaldar y visibilizar a los artistas locales».

–¿Qué significó para usted recibir el Premio Nacional de Patrimonio Cultural en el mismo lugar de sus primeros pasos profesionales?

–Es mi institución fundadora, con la cual siento un vínculo extraordinario. He inaugurado y organizado exposiciones allí, y hoy sigo muy vinculada. La considero la institución donde surgí, como intelectual y como trabajadora de la cultura.

«La he visto crecer, y cuando por mi trabajo tuve la oportunidad de visitar otros países, me di cuenta de que tenemos uno de los grandes museos de América Latina, por la calidad de nuestras colecciones y el cuidado exquisito para mantenerlas.

«Por ejemplo, cuando la Segunda Guerra Mundial, personas que aquí tenían negocios con el azúcar hicieron grandes fortunas. Cuando acabó la guerra, grandes familias europeas habían perdido todo e inclusive algunos nazis habían robado obras. Para rehacer sus riquezas y estatus muchos empezaron a vender, y entonces, coleccionistas cubanos muy bien asesorados compraron piezas de arte antiguo o grandes colecciones de pintura. Al final, varias de ellas pasaron a los museos y son las que se exhiben hoy en día».

–¿Cómo valora la evolución de la historiografía del arte cubano?

–Realmente se ha hecho un esfuerzo extraordinario por las instituciones que agrupan a los intelectuales para dar una valoración crítica de la historiografía cubana. Además, para reconocer, con toda sinceridad, los valores o la ausencia de ellos en la historia del arte cubano. Estoy convencida de eso.

«Tengo mucha vinculación con la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, por lo que he estado en tribunales y ayudo a jóvenes que están haciendo tesis. Me maravillo con la calidad de las investigaciones y estudios serios que se hacen allí y en las diferentes fundaciones, como la Alejo Carpentier, Antonio Núñez Jiménez o la Ludwig, acerca del arte cubano pasado, actual, y viendo las perspectivas de ese arte. Y el cuerpo de especialistas que tiene el Museo de Bellas Artes es de altísimo nivel. Me siento satisfecha de todo eso».

–En una entrevista señaló que el arte cubano, especialmente en la escultura, se ha desarrollado extraordinariamente ¿Extendería esa valoración al resto de las artes visuales?

–Sí, también lo haría. Hace poco me visitó un escultor que es profesor de la Universidad de las Artes (isa), y él mismo me dijo: «yo me asombro de, a pesar de las dificultades y de la lejanía del ISA, la cantidad de muchachos que han ido a matricularse». Además, tú lo ves en las galerías, el 90 % de las personas que están son los jóvenes estudiantes de las escuelas de arte.

«De alguna manera, en las circunstancias actuales, hay que reconocer que el sector de la intelectualidad es uno de los que se mantienen más vitales».

–Durante sus diez años como Consejera Cultural de Cuba en México, ¿qué descubrió allí sobre la mirada externa hacia el arte cubano?

–Era presidenta del CNAP cuando el entonces ministro de Cultura, Abel Prieto, me propuso ir a trabajar allá, en el año 1999. Ya tenía mis añitos y me preguntaba: ¿podré hacerle frente a ese trabajo? Pero, ¿sabes?, para mí fue una experiencia personal, profesional e intelectual importantísima. Empecé a acercarme a los artistas cubanos que vivían allá y tuve una respuesta total de todos.

«Con México pasa una cosa de lo más curiosa, que es mutua. Nosotros los cubanos vemos a

México como el hermano mayor, como el gran país y cultura que es. A la inversa, ellos sienten un afecto tremendo por Cuba. Les sorprende, les emociona, el arte que se desarrolla aquí, siendo una isla tan pequeña y sin haber tenido los antecedentes de ellos, que no puede negar sus raíces prehispánicas.

«Les sorprende que seamos capaces de tener una cultura con ese desarrollo. México tiene una gran cantidad de profesores cubanos en las universidades y otros profesionales que aportan a la cultura. Son relaciones muy estrechas, que comparten afecto, admiración por el arte y la idiosincrasia cubanos».

–¿Qué significa para Margarita Ruiz proteger el patrimonio?

–Primero, tienes que amar la historia de tu país, la sociedad a la que perteneces, conocer profundamente la conducta de esa sociedad respecto a los edificios construidos, los monumentos. Tratar de desentrañar cuáles son los fenómenos y mecanismos mentales que mueven a la sociedad respecto al amor o desamor hacia esas construcciones que se desea conservar.

«Eso significa no solamente tener cultura, sino también mecanismos más profundos; por ejemplo, ¿por qué se escogió precisamente esa figura o hecho históricos? O ¿por qué se escogió ese artista, ese material? Aprendí eso cuando trabajé con la escultora Rita Longa durante 15 años. Es complejo, pero fascinante».

–¿Qué legado le gustaría dejar a las nuevas generaciones?

–Para cualquier intelectual el primer pensamiento sobre dejar un legado es el amor a Cuba. El amor al lugar donde naciste, te formaste, donde estás tú, tu familia, tu gente, la idiosincrasia de tu país. A partir de eso, por supuesto, tratar de tener una formación intelectual importante, con todo lo que se pueda presentar, no necesariamente me refiero a un título universitario.

«Tratar de cultivar la sensibilidad personal, un compromiso sólido, leal, sincero, con lo que quieres hacer en la vida. No engañarte a ti mismo. Eso es lo que yo considero».

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