ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: CineEspacio24

De no ser por la mofa con que se entrevé lo narrado, el plano de distanciamiento irónico, el rico sarcasmo contaminador del relato y un tono permanentemente «bonchesco» que saca hierro de un loquísimo matrimonio entre el esperpento, la sátira, la caricatura y la fusta del salón de comedia, sería casi irrespetuoso que el punto gravitacional del argumento de la serie Veep fuera la hilaridad en los predios del poder en Washington.

Porque no hay algo gracioso, en la realidad, en dicho contexto. Ni dentro de las oficinas de la vicepresidenta (personaje central del relato) ni en las de la presidencia ni en ningún foco de poder de la todavía primera potencia económica, militar y propagandística del mundo, cuyo legado de invasiones, bloqueos y chantajes ha sido siniestro para la humanidad.

Detrás de las siete temporadas de Veep (HBO, 2012–2019) está alguien con suma experiencia en la sátira política como el británico Armando Iannucci (The Thick of It, In the Loop), y frente a la cámara, en tanto actriz protagónica absoluta, un talento descomunal en el género como la actriz norteamericana Julia Louis–Dreyfus.

Con ese combo, de Iannucci y ella, no creo exista proyecto en los mundos conocidos que pueda descabezarse; sobre todo con Julia.

Olvidémonos de la serie Seinfeld, de la trayectoria general de la actriz, de todo cuanto hiciese antes de Veep. Valorémosla solamente por su legado en esta serie y convengamos que es fenomenalmente buena, espléndida en su asunción de la vicepresidenta Selina Meyer. Por su quehacer aquí, el trabajo de su vida, obtuvo ocho premios Emmy a la Mejor Actriz en Comedia.

El rostro de la Louis–Dreyfus se instituye en Veep en un arsenal explosivo de recursos humorísticos. El arqueo de sus cejas, la intención de la mirada, la chispa de sus ojos, las inflexiones de la voz, sus muecas: todo cuanto ella hace aquí resulta satisfactorio.

Hasta en los no pocos capítulos de mero relleno, donde el genio de Iannucci y su espabilado comité de guionistas parece haber ido a tomarse un fin de semana largo a Londres, ella refulge y bendice a las escenas con los dones naturales de un portento de la comedia.

Tony Hale, como el lambiscón edecán de la vicepresidenta, contribuye ostensiblemente a fundir la sólida argamasa de hilaridad que construye esta serie. Recuerda mucho él, salvando las distancias genéricas de ambas obras, al personaje de Greg Roy levantado por Nicholas Braun en Succession.

Mejor Serie de Comedia en varias ediciones de los Emmy, Veep no solo funciona desde el plano humorístico; también en el político. Es una sátira política que luego tendría varias réplicas, veladas o no, a escala internacional, aunque ninguna con su gracia.

Sus cargas a profundidad de vitriolo y rechazo contra la élite yanki deja, como trigo ideológico, algo que en el actual escenario eleccionario allí viene como anillo al dedo: el muy peligroso grado de ignorancia y la falta absoluta de ética a las cuales han llegado segmentos de la clase vinculada allí a la cúspide del poder.

Selina Meyer podrá escalar hasta el punto culminante de la cadena de mando, pero su formación cultural y sus conocimientos políticos son escasos, casi nulos. Todo que ver con la actual administración.

Lo anterior resulta un elemento que Iannucci subraya entre las características fundamentales de su personaje central, sin saber todavía, cuando lo escribió, la negra tempestad que se cerniría sobre Washington –en tenebrosa segunda vuelta– el 20 de enero de 2025.

Una tempestad capaz de borrar, mediante sus vientos de irracionalidad, prepotencia e indiferencia por el resto del mundo, los últimos vestigios de moral que quedaban en la Casa Blanca, tras 250 años de fundada esa nación.

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