Adolfo Llauradó impregnaba sus composiciones de una urgencia comunicativa, una visceralidad emocional y una expansión expresiva tan marcadas, que su arte interpretativo descollaba y, en consecuencia, tanto el encuadre como el ojo del espectador sucumbían a su fortísima personalidad histriónica.
Era la definición misma de carácter sobre el set, energía vivificante y contaminante que encendía el plató y transmitía esa carga necesaria de entusiasmo, los deseos de hacerlo todo de la mejor manera posible y la imprescindible voluntad de equipo de cualquier obra audiovisual.
La voz de Llauradó, los ojos de Llauradó, la risa de Llauradó. Sus ademanes, rictus, movimientos en el espacio escénico… No existía un rasgo de su figura o su arte que no acusase singularidades, a las cuales le sacaron el debido favor varios cineastas, directores de fotografía y dramaturgos.
Hombre de cine, de televisión y teatro (debutó en las tablas con solo 16 años, en 1957, y estuvo sobre estas a lo largo de toda su vida), verlo en cualquiera de estos medios suponía un espectáculo para sentidos e intelecto. Es que él poseía esa aura, ese imán, ese magnetismo de las estrellas del periodo clásico de la pantalla, paradójicamente sin tener en lo absoluto pinta de estrella.
Conseguía cuanto se proponía, en cualquier papel; si bien los personajes negativos, de sujetos receptores de deformaciones o rémoras propiciadas por el patriarcado, o de seres completamente malévolos, lo encaramaron a un pináculo difícilmente escalado por otro actor cubano –con tal maestría– en este tipo de roles.
Ahí están, para sustentar la aseveración anterior, sus defensas de personaje semejantes en películas dirigidas por Humberto Solás, Manuel Pérez, Sergio Giral o Pastor Vega.
Al respecto, el propio Llauradó le compartió al crítico uruguayo Jorge Ruffinelli lo siguiente: «Yo he hecho personajes muy desagradables, que el público realmente rechaza. Pero para mí eso ha sido una experiencia muy grande, porque creo que hacer “el malvado de la película”, para un actor significa no solamente ser el malvado, sino la oportunidad de buscarle algunas cosas buenas, humanizarlo. Eso es lo que hace que no se convierta en un cliché, en una cosa enteriza. Buscar las bondades del personaje y humanizarlo: eso es importante.
«En El hombre de Maisinicú yo hacía un personaje terrible, y sin embargo el público acabó por tenerle afecto. Por otro lado, a mí me han encasillado, aunque hasta cierto punto, en una etapa determinada, me gustó hacer ese tipo de personajes. Por ejemplo, el personaje machista. En la calle a mí me dicen “el macho de la película”, y es por todos esos personajes que he hecho».
A los 85 años de su nacimiento –este 29 de septiembre–, más que por el mero cumplimiento editorial de salvar una efeméride, remembrarlo constituye, sobre todo, signo permanente de respeto y orgullo por contar con un actor de tanta fuerza y calibre en nuestra historia histriónica.
El también pedagogo y realizador de documentales, nacido en Santiago de Cuba en 1941 y fallecido en la capital cubana el 3 de noviembre de 2001 con solo 60 años, recibió tanto numerosos premios como altas distinciones culturales en nuestro país.
Su trayectoria cinematográfica, abarcadora de 1962 a 2001, le permitió, además de con los directores antes mencionados, rodar a la encomienda de Jorge Fraga, Manuel Octavio Gómez, Jesús Díaz, Daniel Díaz Torres, José Massip, Manuel Herrera, Federico García, Fernando Birri, Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío, Julio García–Espinosa, Fernando Timossi y Valeria Sarmiento.











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