
Hay una anécdota, o más bien una imagen, que define la esencia de Frank Emilio Flynn, quien nació en esta capital, en 1921. La compartió Lourdes Diez en 2021, directora del Encuentro de Pianistas Populares, al recordar al músico: su capacidad de «no ver el mundo y de interpretarlo a su manera?».
Flynn era pianista, era ciego desde los 13 años y memorizaba partituras, y esas tres características no bastan para abarcar todo su legado, que comenzó en la década de 1940.
En lugar de abandonar su empeño, como bien recuerda un texto publicado en La Jiribilla, decidió construir una realidad paralela hecha de ritmo y armonía. Su don, insistió Diez, era «traducir al piano el mundo que se imaginaba».
Y ese mundo imaginado, irónicamente, sonaba profundamente a Cuba.
Frank Emilio es un pilar del jazz latino, sí, pero también de un hombre de una sencillez legendaria, recordada por todos los que lo trataron. No era un artista de poses; era un trabajador incansable del sonido que, con 80 años a cuestas, seguía cosechando éxitos.
Para el percusionista Emilio Vega, durante el XVI Coloquio Internacional Leonardo Acosta in memoriam, en 2021, el valor de Flynn no radicó únicamente en su virtuosismo para el jazz o la música sinfónica, sino en «la inmensa cubanía en todo cuanto hacía».
Era un maestro de la armonía que dominaba la escuela norteamericana, pero que filtraba todo ese conocimiento a través del tambor, el danzón y la calle habanera.
Quizás su mayor aventura colectiva, y el dato que revela su instinto para estar siempre en el centro del huracán creativo, fue la formación del Quinteto Instrumental de Música Moderna. Aquello era pura candela.
Estamos hablando de reunir en una misma sala a Guillermo Barreto, a Tata Güines, a Gustavo Tamayo y a Papito Hernández (luego sustituido por el mítico Cachaíto). Esa agrupación, que dio origen al legendario grupo Los Amigos, no era un quinteto al uso: era un laboratorio de la descarga.
A decir de Emilio Vega, citado por La Jiribilla, la descarga y el jazz cubano son, en esencia, la misma cosa, y en los años 50 Frank Emilio estaba en medio de todo.
Desde los 50 se hablaba de las descargas, recordaba Vega, destacando cómo Los Amigos marcaron pauta al meterle una tumbadora al formato del jazz. Ahí, en esa fusión de Art Tatum con los toques africanos, Frank Emilio encontró su zona de confort, aunque en su música no había nada de confortable; había riesgo, improvisación constante y una elegancia criolla inconfundible.
No contento con ser un precursor, Flynn también fundó el Club Cubano de Jazz en 1950, sembrando la semilla institucional de un género que hoy es orgullo nacional.
Su faceta como pedagogo y su labor en pro de la educación de los ciegos lo redondean como figura social, pero es en el rescate de compositores cubanos del siglo XIX y XX donde emerge su conciencia de guardián. No le bastaba con crear; necesitaba asegurarse de que la raíz no se perdiera.
Rolando Luna, pianista y admirador, tocó un punto clave en el encuentro antes mencionado: la apropiación. Frank Emilio tomaba el estilo de los pianistas foráneos y lo convertía en algo único, con «un color especial», mezclando la herencia europea, la africana y la caribeña.
Ese color no era otro que el de su memoria emocional. Su legado, como dijo Lourdes Diez, es el feeling puro. Y es que Frank Emilio no tocaba lo que veía, porque no veía nada; tocaba lo que sentía, lo que sabía que era Cuba.
A contraluz, la figura de Frank Emilio Flynn crece y demuestra, aunque haya fallecido hace 25 años, que para cantarle a un país no siempre hay que mirarlo; a veces, basta con sentirlo.











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