No todos son, ni pueden serlo, Hawks, Kurosawa, Lang, Wajda u Oliveira, quienes llegaron a la madurez de sus carreras en excelente forma creativa. El peruano Francisco Lombardi, hoy día con 77 años, atraviesa desde hace más de tres lustros un lamentable periodo de declive dentro de una filmografía personal orlada, sin embargo, de películas básicas del cine latinoamericano.
De su baja creativa da cuenta el siguiente grupo, al hilo, de filmes menores: Un cuerpo desnudo (2008), Ella (2010), Dos besos (2015), La decisión de Amelia (2022), y El corazón del lobo (2025).
El individuo acorralado por el medio, eterno sujeto temático de la obra del creador de La ciudad y los perros, No se lo digas a nadie, Tinta roja o Pantaleón y las visitadoras, encuentra cabida nuevamente en Mariposa negra (2006), filme que comentamos hoy en Apuntes de Cine, al calor del aniversario 20 de su estreno.
En contextualización de época, Mariposa negra se sitúa en las mismas latitudes de su previa Ojos que no ven (2003): el gobierno de Alberto Fumijori y los días de cacicazgo del siniestro jefe del Servicio de Inteligencia y asesor presidencial, Vladimiro Montesinos.
Adaptación abierta de su guionista habitual, Giovanna Pollarolo, sobre la novela de Alonso Cueto, Grandes miradas, la cinta del, alguna vez, notable narrador cinematográfico latinoamericano enfoca su relato en el proceso de transformación volitiva y en la epopeya vindicatoria de una maestra cuya pareja (un honesto juez convertido en un grano en el trasero del poder) es ultimada por sicarios a mando del tristemente célebre Vladimiro Montesinos.
Como siempre, Lombardi agazapa su labor perenne de crítica social desde la atalaya de géneros empleados a conveniencia: reabsorbe de parte de las esencias del cine negro o noir sobre los pilares de un thriller (semi) político contado a partir del punto de vista de una periodista responsabilizada de evocar al espectador la etapa de muda/conversión de la referida maestra en esta Diana –cazadora, vengadora–, quien no duda ante nada para lavar tanto el crimen como el honor mancillado de su novio, según la prensa amarilla a sueldo de la dictadura, «muerto en una orgía de maricas».
Y en ello se incluye, risible cosa, acceder a la propia mansión del inexpugnable Montesinos. De igual modo que sabíamos que Tom Cruise no iba a poder matar a Hitler en Operación Valkyria, aquí conocíamos de antemano la futilidad del proceder, lo cual le resta suspense a Mariposa negra.
Pero es lo de menos, lo de más anda por la cuerda de que toda esta historia resulta rechazable a primera vista para quien tan solo posea un mínimo de conocimiento histórico en torno a la omnipotencia de esa mente negra de Fujimori nombrada Vladimiro; lo cual, por consecuencia, convierte al largometraje en la más inverosímil de las creaciones acreditadas a Lombardi.
También deviene su película de menos equilibrio: el haz de denuncia social de la primera parte queda reducido durante la efectista hora a esa hoz segadora individualista «charlebronsiana» sin blanco que yo, al menos, no me creo ni por tres segundos.
Por suerte, el director deja en el silueteo de la mera sugerencia el interés lésbico de la inescrupulosa periodista que acusó al juez –devenida no solo amiga de cabecera, ángel guardián de la profe; sino además justa redentora: evolución sicológica de personaje también difícil de tragar– por la linda viuda en trote de cacería, algo que de concretarse hubiera enfangado hasta el pelo su película y él se lo olió a tiempo.
Toda una lástima tanto flanco débil en Mariposa negra, porque su autor cuenta –y de hecho lo deja asomar en esta su decimotercera cinta– con lo que les falta a muchos cineastas del área: sencillez, solvencia y astucia narrativa; limpieza en la caligrafía; sagacidad y dinamismo en el enlace secuencial; pragmáticas elipsis; actores sabiamente dirigidos; y, sobre todo, un ritmo en la acción que algo les debe a las filias de Lombardi por el cine norteamericano.











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