ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Cartel del evento

Hay dúos que nacen para durar una temporada. Hay otros que sobreviven por inercia y arrastran el nombre como un equipaje viejo. Y luego están Los Fonoaritméticos. 

Treinta y un años después de que Juan Germán Jones Pedroso y Roberto Castillo Pérez se subieran juntos a un escenario por primera vez, el dúo de comediantes más famoso de la provincia vuelve al Teatro Principal, los días 15 y 16 de mayo, a las nueve de la noche. Y no vienen a celebrar antigüedad: vienen a demostrar que aún les queda cuerda, ingenio y, sobre todo, deseos de arriesgar.

Porque el show, advierten ellos mismos, no es un paseo nostálgico. Nada de aquello de «los viejos tiempos fueron mejores». La función combina los personajes icónicos que les han dado identidad escénica durante más de tres décadas —esa galería de tipos avileños que ya son patrimonio popular. Treinta y un años en el oficio, y todavía se atreven a probar algo nuevo. Ahí hay una lección que trasciende el humor.

Fundados en 1995, Jones Pedroso y Castillo Pérez construyeron un repertorio que no se deja encasillar. Hacen fonomimias, parodias, personajes propios. Pero si hay uno que se robó el corazón —y la carcajada— de varias generaciones, ese es Gualfrido Gualfarina Siempre en Nota. Un tipo que trascendió la escena avileña y llegó a presentarse en varios escenarios de la República Bolivariana de Venezuela durante 2010 y 2011, en el marco de los intercambios culturales entre ambos países. Gualfrido cruzó el Caribe. Y allá, como aquí, la gente gozaba de risa.

¿De qué ríen Los Fonoaritméticos? Ríen de la cubanidad más recalcitrante. De esa que anda entre el choteo y la jerigonza, entre la picardía callejera y la crítica social oportuna. Lo hacen, eso sí, desde el punto de vista más revolucionario. Porque han demostrado, durante más de tres décadas, que para tener en la mira los males de la sociedad —de la economía cubana, de la internacional, de todo lo que duele y molesta— no hace falta pararse en la orilla de los desagradecidos ni de los enemigos de la Revolución. Se puede criticar desde adentro. Se puede señalar con humor. Se puede, sobre todo, hacer reír sin traicionar.

Sus sketch tienen ese sabor a lo cotidiano, lo pequeño, lo que pasa en cualquier casa avileña— pero también a lo que muchos piensan y no dicen. Hablan de la vejez, del amor, de la juventud que no entiende, del valor de la amistad, de todo eso que nos atraviesa. Y lo hacen con una sinceridad y una espontaneidad que en el arte del humor es lo más difícil de fingir. Uno no puede reírse obligado. Ellos lo saben. Por eso no fuerzan. 

Hay algo más que los distingue, algo que quien escribe ha podido atestiguar en estos 31 años de verlos actuar en cruzadas culturales, en cines, en teatros, en cualquier espacio que les prestaran: les encanta juguetear con el público. Y lo hacen desde el respeto más cubano, con esa nota de jocosidad que trasciende toda trifulca. No hay humor insultante en ellos. Hay humor de complicidad. El que nace cuando el cómplice y el espectador se miran y saben que están del mismo lado.

El reconocimiento institucional, por supuesto, ha llegado. No podía ser de otra manera. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS) han acompañado su trayectoria desde los primeros años. Agrupaciones como D'Moron Teatro y Teatro Primero han tendido puentes con el binomio en diferentes momentos. Pero el respaldo no se ha quedado solo en el papel: el Instituto Cubano de la Música (ICM) otorgó a Los Fonoaritméticos su Aval Profesional con categoría de Excelencia. Una distinción que pondera la versatilidad, el dominio técnico y el oficio dentro del universo de los espectáculos musicales. Pertenecen además al catálogo de Musicávila, la Empresa Provincial Comercializadora de la Música y los Espectáculos de Ciego de Ávila.

Pero quien crea que tres décadas en escena son fáciles de sostener, no sabe de este oficio en Cuba. Los circuitos de presentación dependen de recursos escasos. La logística cultural no siempre acompaña. Los escenarios abundan menos que los deseos de subirse a ellos. Y sin embargo, ahí están. Activos. 

Llenan teatros y también cualquier otro espacio redentor: el Café Barquito de la AHS, el patio de la UNEAC, Artex, y muchos otros a lo largo y ancho de la geografía avileña. Eso, más que cualquier premio, habla de tenacidad. Habla de oficio. Habla de dos hombres que decidieron, hace 31 años, que iban a hacer reír a su pueblo, y que todavía no han encontrado una razón para parar.

Las funciones del 15 y 16 de mayo en el Teatro Principal arrancan a las 9 de la noche. La entrada está disponible a través de los canales habituales de Musicávila y el propio coliseo. Para quienes crecieron viendo a Gualfrido Gualfarina, para quienes recuerdan a Jones dirigiendo grupos teatrales en algún festival de barrio, para quienes se rieron hasta las lágrimas en una cruzada cultural donde participó el dúo, esas dos noches son una cita con la memoria que aún hace reír. 

Los Fonoaritméticos no han inventado el humor. Lo que han inventado, durante tres décadas, es una manera de habitarlo que le pertenece solo a ellos —y, por extensión, a cualquiera que alguna vez se haya reído en un espacio donde ellos han estado, con la risa como cómplice, desde hace más de 30 años.

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