En el panorama cultural cubano, donde la creatividad y la resiliencia caminan muchas veces de la mano con las carencias materiales, surge con fuerza inusitada el evento Danzar en Casa, que durante esta semana celebra en Ciego de Ávila su cuarta edición.
Bajo la dirección y la visión de su creadora, Lupe Díaz Veracierto, esta cita se ha consolidado no solo como un verdadero movimiento sociocultural que respira por los poros de la provincia, en plazas, parques, calles, barrios y el Teatro Principal de la ciudad capital avileña.
Lo primero que cautiva de Danzar en Casa es su vocación incluyente y horizontal. Tal como se destaca en la presentación, no hay medidas restrictivas por género, color de piel, raza, preferencias sexuales o nivel de profesionalidad. Esta filosofía lo convierte en un evento verdaderamente abierto y popular, donde el único requisito válido son las ganas de danzar y el deseo de aportar.
En tiempos donde ciertos espacios culturales pueden percibirse como elitistas, Danzar en Casa abre sus brazos al campesino, al niño, al artista consolidado y al aficionado, demostrando que la danza es un lenguaje universal que pertenece a todos.
A pesar de las conocidas dificultades económicas del país, que en esta edición han impedido la presencia de compañías internacionales (tras contar en ediciones anteriores con invitados de México y Paraguay), el evento no solo ha sobrevivido, sino que ha demostrado una madurez notable.
«Atemperarse a estos tiempos» parece ser la consigna, y los artistas avileños, junto al invitado especial —el Ballet Contemporáneo de Camagüey— han respondido con creces. La gala de apertura en el Teatro Principal, descrita como majestuosa, es la prueba fehaciente de que el talento local, cuando se suma y se teje con voluntad, puede sobrepasar cualquier escollo.
Pero Danzar en Casa no es solo espectáculo. Su parte educativa es igualmente sólida. Con conferencias, talleres y espacios de creación, el evento se erige como una alternativa pedagógica para niños, jóvenes y adultos. Es especialmente loable la inclusión de los «pequeños de Cuba», así como la participación de compañías locales como Polichinela, alumnos de la escuela de arte, Ñola Saig, Pasos y Estilos, Tejiendo Sueños; los grupos portadores Nagó, del municipio de Primero de Enero; La Cinta, de Baraguá, el conjunto músico danzario Fanm Zetwual, perteneciente al proyecto sociocultural comunitario Yambambó, entre otros.
Además, la decisión de incorporar el transformismo como arte, con el apoyo de un equipo especializado, evidencia una apuesta valiente por la diversidad y por derribar prejuicios, reconociendo todas las expresiones del cuerpo como legítimas manifestaciones artísticas.
El corazón del evento late con fuerza en su objetivo fundacional: preservar, rescatar y cuidar el patrimonio danzario y musical de la nación. En un momento donde las tradiciones populares corren el riesgo de diluirse, Danzar en Casa ha salido a los municipios (Majagua, Morón) y ha llevado la danza no como un género académico, sino como memoria viva del pueblo.
La dedicatoria de la primera edición a Majagua y la futura dedicación de la quinta edición a Baraguá (con especial atención a los bailes jamaiquinos de la región) son gestos de una cartografía afectiva que reivindica las raíces locales. Una mención aparte merece el libro «Memorias de Danzar en Casa», que documenta el trabajo de cada participante y asegura que este esfuerzo colectivo no caiga en el olvido.
La visión de futuro también es esperanzadora. La idea de un «carnaval danzario» que mantenga el nombre y la esencia del evento anticipa un crecimiento orgánico, festivo y profundamente comunitario. En un contexto de carencias y vicisitudes, Danzar en Casa demuestra que la cultura no se detiene: se reinventa, se levanta y se mueve.
Esta cuarta edición constituyó mucho más que un evento de danza. Devino en un acto de resistencia alegre, un laboratorio de inclusión, una escuela de identidad y un espejo donde Ciego de Ávila se mira y se reconoce vibrante.
A Lupe Díaz Veracierto, alma y motor incansable de esta criatura; a los organizadores que con manos invisibles pero firmes sostienen cada detalle; a la UNEAC, la Asociación Hermanos Saíz y el Consejo de las Artes Escénicas, que desde el inicio tendieron el puente de la institucionalidad sin asfixiar la esencia popular; y a todos los bailarines y creadores: gracias por ese milagro cotidiano que no depende de lujos ni de aplausos extranjeros, sino de la certeza de que cuando un pueblo baila, resiste; cuando un pueblo crea, se nombra; cuando un pueblo se une en torno a su patrimonio danzario, le gana una batalla al olvido.
El evento demostró que, en Ciego de Ávila, con más corazón que recursos, la cultura no solo sobrevive: crece, se abraza y trasciende. Que Danzar en Casa siga siendo ese escenario sin puertas cerradas, ese carnaval sin fecha de caducidad, esa memoria que se mueve al ritmo de sus propias raíces. ¡Hasta la quinta edición, en la que el municipio de Baraguá bailará con todos!
Danzando en Casa es muestra de que, en tiempo de crisis, de bloqueo, de dificultades cotidianas, la danza se alza como una forma de resistencia, porque un pueblo que baila es un pueblo que no se ha rendido. Un pueblo que mueve el cuerpo al ritmo de la música es un pueblo que sigue creyendo en la alegría y en la belleza.













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