
Muchas facetas desarrolló en su vida José Antonio Portuondo Valdor (10 de noviembre de 1911–18 de marzo de 1996). Fue crítico de arte, ensayista, investigador, poeta, editor, periodista, diplomático, académico, y profesor de altos quilates.
Fundador del Instituto de Literatura y Lingüística, la prestigiosa institución asumiría posteriormente su nombre, pronunciado siempre con respeto y admiración. Si se considera la muerte, tal como alguien ha dicho, como una existencia entre dos inexistencias, podemos decir que el eminente intelectual falleció hace ya 30 años; sin embargo, conversar con cuatro personalidades que lo tuvieron cerca, y escuchar el modo en que lo recuerdan, podría cambiar la percepción en torno a las partidas definitivas, que otros entendemos como ese momento en que se borra del mundo toda huella de haber estado en él, como si jamás se hubiera nacido.
«Más de una vez he escuchado que José Antonio Portuondo era la expresión del intelectual orgánico. Con toda razón se ha expresado esta gran verdad. Se formó en principios cristianos que derivó –digamos que también aplicó– a su ética de luchador y de pensador martiano, marxista y leninista, en definitiva, revolucionario», asegura la destacada investigadora Yolanda Ricardo Garcell.
«Entre Santiago de Cuba y La Habana se fue forjando su personalidad de intelectual comprometido, que se nutrió en escalada imparable a partir de los años 30. Comienzan sus nexos con figuras y publicaciones que influyen decisivamente en lo que será su militancia política. Sus estudios en México, en los años 40, gracias a una beca en El Colegio de México, le deparan vivencias de un país que vivió una Revolución transformadora de todas las estructuras socioeconómicas y políticas; así como el hecho de contar, para su formación profesional, con la asesoría del gran Alfonso Reyes», refiere la doctora, quien, además, ofrece elementos sobre la obra investigativa de Portuondo.
«Nació el teórico literario que hará escuela con sus aportaciones. Pasarán a ser clásicos sus textos sobre las generaciones, el concepto de poesía, la literatura y su articulación social, así como sobre el pensamiento y la conducción revolucionaria de José Martí. Y, desde luego, sus concepciones humanistas y emancipatorias», recuenta.
«Su erudición casi siempre iba matizada con sus “espléndidos” –para usar un término muy de él– diálogos», nos cuenta; y asegura que después de una conferencia en que fue a escucharlo y en la que la sedujeron tanto sus palabras como su porte apuesto, gozó del privilegio de que le dedicara un «ratico» de su tiempo.
«Atrevidamente, le comenté apreciaciones personales sobre la crítica literaria. De ese intercambio salí más que enriquecida. Volví a escucharlo innumerables veces, y siempre descubría una nueva arista», explica Yolanda Ricardo, a quien le asignarían, entre 1991-1996, la dirección del Instituto de Literatura y Lingüística.
Cuando ese tránsito tuvo lugar, «no sabía cómo dialogar con él. Siempre supe que, en modo alguno, yo podía ser su sustituta. Él todo me lo facilitó. Su grandeza personal iba más allá de cualquier posición de poder. Me aceptó compartir el mismo despacho. Le dejé su buró. Tomé uno más pequeño. Él no quería. Me regaló momentos de verdadero regocijo humano e intelectual las veces que fue a compartir conmigo las labores de dirección. En él primaron la discreción y la mesura, teñidas de talento y sabiduría. Legó en esa institución valores imborrables, expandidos a la cultura cubana y latinoamericana. Su recuerdo permanecerá siempre».
El doctor Rafael Rodríguez Beltrán, vicepresidente de la Fundación Alejo Carpentier y miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua (ACuL), tendría unos 20 años cuando fue alumno de Portuondo.
Aquellas clases de Estética se convertían en una charla, nos dice. «Era realmente un espectáculo, algo sorprendente. A mí me fascinaba el nivel de cultura que tenía», recuerda, al tiempo que se le ve buscar en la memoria otras lejanas vivencias.
«Nosotros decíamos en broma que Portuondo lo había leído todo, lo sabía absolutamente todo. Tenía una manera de vincular todos los temas que abordaba, desde el punto de vista de la Estética, que realmente nos sorprendía», asegura.
«Yo guardo un recuerdo muy agradable, no solamente de él, sino de todos los profesores de la entonces Escuela de Letras, pero de Portuondo guardo un recuerdo muy, muy agradable. Era una persona muy sabia y, además, un hombre muy campechano. Una persona que “no se creía cosas”, como decimos nosotros ahora; sino que le podíamos hacer una pregunta y él nunca se sorprendía ni dejaba ver la ignorancia de uno, sino que lo ayudaba a uno a comprender, y a estudiar, y a saber las cosas que había que conocer», nos revela.
Sobre Portuondo, nos habló también el doctor Rogelio Rodríguez Coronel, profesor, ensayista y miembro de número de la ACuL, que también fue alumno suyo en la Escuela de Letras.
«Fue profesor mío de Estética y aquellas clases eran fantásticas», rememora, sonríe y continúa diciendo que quizá no siguiera al pie de la letra el programa de estudio, pero que aquellos encuentros se convertían en una charla maravillosa.
«Era, en realidad, un gran conversador, un conversador de cualquier tema y, por supuesto, con un conocimiento amplísimo sobre literatura cubana, sobre teoría literaria, sobre estética; martiano absoluto, un hombre de una capacidad, de una cultura extraordinaria», explica, y nos cuenta que también fue el tutor de su tesis doctoral.
La tesis de Rodríguez Coronel era sobre la novela en la Revolución Cubana. «Un tema muy polémico en ese momento. La tesis estuvo lista en el 82. La inicié solo, sin tutor, porque yo hice mis exámenes de Doctorado en la Universidad de Lomonósov, en Moscú, y después, como el tema era cubano, se decidió que la defensa fuera aquí en Cuba», nos explica.
«Pero era un tema muy polémico en ese momento, por distintas tendencias que había. Veníamos del llamado Quinquenio Gris. En realidad, yo estaba absolutamente solo frente a todas esas polémicas y él me asumió, me asumió para respaldarme, para darme confianza, para darme una apoyatura en el debate de la época, y gracias a él yo pude presentar mi tesis», refiere con sentido agradecimiento.
Aquellos encuentros de trabajo, nos dice, fueron reuniones totalmente fraternales, con unas conversaciones siempre enriquecedoras. «Era un hombre que daba calor humano. O sea, el diálogo no solamente era un diálogo académico. Había siempre un acercamiento humano en el diálogo con él», asevera Rodríguez Coronel.
Para la poeta y ensayista Nancy Morejón, premio nacional de Literatura, Portuondo es de los santiagueros ilustres, y lo es «en el sentido de que, aunque haya venido a vivir a La Habana, era alguien que tenía ese patrón que es muy particular y muy especial de todo Oriente».
«No hay quien pueda borrar el nombre de José Antonio Portuondo, en relación con la historia de la literatura cubana, es decir, la literatura como ciencia, la literatura como un fruto de estudio y siempre de consulta. Su vida –certifica Nancy– está llena de momentos verdaderamente históricos, que tenemos que ir recuperando para que la gente conozca de verdad la dimensión de nuestros intelectuales».











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