ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Como pintora, ceramista y muralista supo capturar la esencia de la cubanía. Foto: Archivo de Granma

Es común que se le cite, en la mayoría de los sitios de internet, solo como Amelia Peláez; pero se incurre en un pequeño descuido al omitir su nombre completo. Y es que Amelia Peláez del Casal tuvo vínculos con el poeta modernista Julián del Casal, un escritor profundamente cubano, y quien fue su tío.

Pero también su madre, Carmela del Casal y de la Lastra, fue una mujer culta, amante de la música, la pintura y la literatura. Posiblemente, tal ascendencia constituyese el primer influjo nacionalista en la vida de esta insigne figura de la plástica cubana, nacida un día como hoy de 1896, en el municipio de Yaguajay, de la actual provincia de Sancti Spíritus.

Sobre su obra existen diversas lecturas. Algunas sostienen que Amelia no pintaba elementos autóctonos de la Isla para asentarse en la reconstrucción de una idea de nacionalidad, pues quizá solo buscaba desarrollar su lenguaje plástico multifacético –fruto del contacto con las vanguardias parisinas– sobre la base de sus ideales personales.

Cualquiera que fuese su razón –inscrita en movimientos pictóricos o acaso más intimista–, lo importante es que nos legó una visión novedosa de lo cubano, como escribió Loló de la Torriente en Bohemia: «Amelia abanicó las sombras para sacar, nítida y vibrante, la imagen poética de una isla que oscila entre la pasión y la melancolía».

Se ha referido que era muy introvertida, con un carácter duro, de pocos amigos y, como lo señaló el crítico de arte Jorge Rigol, que vivió inmersa, literalmente, en el mundo de formas que poblaron su pintura.

Pero en ese regodeo de su espacio interior e íntimo, la artista descubrió numerosas posibilidades expresivas que materializó en las frutas cubanas, las naturalezas muertas, los vitrales y medios puntos –que aportaron significativamente a su manera de estructurar la composición–, con finura exquisita de los colores que filtró un toque misterioso a sus cuadros.

Villa Carmela, nombrada así en honor a su madre, fue su residencia en la calle Luis Estévez, en Santo Suárez (La Habana). Allí tuvo su taller, lleno de objetos decorativos, flores y rejas que custodiaron su espacio hogareño. Quienes la visitaban, decían que gustaba mucho de pasar las tardes en su patio: un mundillo botánico, con begonias, claveles, helechos y marpacíficos.

Tal ambiente fue el constatado por un equipo de Granma, de cuya visita se atesora un lote de imágenes suyas y de sus familiares. En esa ocasión, se le vislumbró en pleno ejercicio pictórico, al que siempre se dedicó con una disciplina amorosa.

Es meritorio mencionar que en su trayectoria –huella indeleble de una marcada criollez– unió, en una misma voluntad artística, al lienzo, el muralismo y la cerámica. A esta última vocación se dedicó en la década del 50, con la creación de porrones, platos y fuentes.

Permaneció pintando activamente hasta su fallecimiento, el 8 de abril de 1968. Tras de sí, dejaba la estela de su ideario estético, que fue un aporte extraordinario al patrimonio cultural de la nación y –por qué no– de América toda.

Encontrar sus huellas, a 130 años de su natalicio y 58 de su deceso, no será difícil. Basta visitar el tercer piso del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, donde resplandecen sus clásicos bodegones y sus naturalezas muertas. O más fácil aún, alzar la vista justo al frente del hotel Habana Libre. Allí se encuentra Frutas Cubanas, el enorme mural que quizá fue su obra maestra, testimonio monumental de su genio.

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