ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Momento de la película Calle 232, de estreno en Cuba. Foto: Fotograma de la Película

Calle 232 (Rudy Mora, 2025) es una película pensada y construida desde el entendido de que la voluntad de servicio al otro constituye –durante y al final de este camino hermosísimo, pero lleno de demandas de ayuda, que es la vida– la principal piedra de toque capaz de medir la calidad humana de las personas.

Pieza íntima, delicada –acaso sin proponérselo, resguardada por un sentido cristiano de enfocar el verdadero sentido de la existencia–, posee una agudeza encomiable para mostrar y razonar ciertos comportamientos humanos, al recorrer ese espacio donde el sacrificio no se ofrenda en tanto acto planificado que busca atraer los focos, sino desde la convicción interna de que es lo que toca.

Y eso lo intuye, lo siente, lo necesita, lo considera (aunque no sea capaz de explicárselo con palabras a su pareja) el verdadero personaje central de esta película, que no es otro que Abel, el joven artesano que alquila en la casa de Atila, el director de cine caído en cama, tras las complejidades asociadas al Parkinson que lo lastima.

La película respira el aire de Abel, mira con sus ojos y se coloca en el centro de su dilema: dejar solo o bajo los designios de su artera hermana al anciano, buscar otro alquiler con su novia y permanecer estable junto a ella; o quedarse al cuido del hombre que lo acogió, le permitió estar allí meses sin cobrarle renta y le dio de comer.

Rudy Mora ha hecho un filme sobre el valor de hacer el bien, una declaración de intenciones del artista en un epicentro social donde no todos lo practican, o –visto en el contexto del relato– hacen lo contrario o nada, que no es lo mismo pero es igual (pensemos en Ivette, hermana de Atila, interpretada por Isabel Santos; en el hijo, Antón, asumido por Reytel Oro, quien no regresa de Dinamarca a socorrer a su padre; o en la actriz que se jacta de la amistad con el director y lo abandona en la desgracia, defendida por Laura Mora).

Luis Ángel Batista incorpora a Abel. Su complicidad dramática con Jorge Alí (Atila) representa el abono sobre el cual echa raíz la credibilidad de la película. Las escenas cuando Abel baña, viste o alimenta al anciano, me hicieron recordar unas análogas, e igual de buenas, en las que Pierfrancesco Favino hace lo mismo con el personaje de su madre en Nostalgia (Mario Martone, 2022).

También vienen a la mente dos sensibles películas de Fernando Pérez, como La pared de las palabras (2014) y El mundo de Nelsito (2022), pobladas por seres humanos en posición de demandas asistenciales o espirituales extras por parte de sus congéneres.

Suerte de virgen vestal consagrada al cuidado del anciano enfermo, Abel tiene lógicos momentos de quiebre (el más visible, y ligeramente incontenido, el del minuto 65), de ira, vacilación; mas se asiste de las fuerzas –a veces muy difíciles de sacar– para atender a un ser humano en condición de cama. Un ser humano a quien no le atan lazos de sangre, pero que llega a ver como familia.

Dos intérpretes jóvenes, ambos artífices de notables composiciones, a la manera de Luis Ángel Batista y Chabely Díaz (encarna el personaje de su novia), se echan sobre sus espaldas un filme habitado por fecundo cruce intergeneracional, que los integra felizmente en el relato junto al veterano Alí y la legendaria Santos.

Ya al cierre, aparece en pantalla, unos minutos, Andrea Doimeadiós, la hija de Ivette en la historia. Hipnotiza la pantalla esos instantes, con la luz que ella suele irradiar. Sin embargo, la escena marca el pórtico a la zona menos feliz de la película, por lo difícil de creer esta área del argumento.

Debe confiarse en el mejoramiento humano, si bien se hace complicado metabolizar el acto final de desprendimiento del personaje de Isabel Santos, quien encomienda a su hija ir a la búsqueda de Abel, para recompensarlo.

En esta fábula humanista, Rudy Mora no está por la labor de hacer sangre ni con los personajes ni con el cierre de la película –que debe tener uno, y mejor si este funciona dentro de los parámetros de aceptación de los gustos masivos convencionales–, aunque quizá hubiese sido recomendable reelaborar semejante epílogo.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.