
Era 1928. La joven Rita Longa Aróstegui, que había nacido en 1912, recorría los pasillos de San Alejandro camino a su examen de dibujo comercial. La madre creía que, no obstante la buena posición económica de la familia, su hija debía tener cómo ganarse la vida.
Pero pasó la casualidad o el destino. A través de una puerta, Rita vio el aula de modelado, y algo le dijo que allí estaba su lugar. Entró. La primera tarea fue copiar una oreja de yeso, y, aunque terminó por tomarle mala voluntad a aquella pieza enorme, supo que era esa y no otra la forma de expresarse. Entre la escultura y ella el amor fue a primera vista.
Su paso por el mundo académico resultó efímero, y, a pesar de las clases tomadas, siempre se consideró autodidacta; de hecho, basó su carrera en huir de los moldes para encontrar su propia expresión, y entró así, de lleno, en la vanguardia escultórica: «Mis primeros trabajos consistían en juegos de líneas y de formas, búsquedas de soluciones atrevidas, expresiones nuevas, tanteos que fueron adquiriendo mayor seguridad».
Según se puede leer en el Catálogo de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, dentro de la extensa producción de la que es considerada entre las figuras cimeras de la escultura cubana –Premio Nacional de Artes Plásticas 1995– destaca su abordaje de la figura femenina, con ondulaciones discretas, síntesis y cautos desdoblamientos. Asimismo, la crítica se detiene en el ritmo, el movimiento, la gracia y la elegancia.
Forma, Espacio y Luz, en la fachada principal de Bellas Artes; el Grupo Familiar (los venaditos) a las afueras del Zoológico de 26; la bailarina del cabaret Tropicana; la Virgen del Camino; la aldea taína de Guamá; la escultura de Hatuey, cuya cabeza distingue la cerveza homónima; la Fuente de las Antillas, en Las Tunas; El gallo de Morón; El Bosque de los Héroes, en Santiago de Cuba… son algunas de las obras emplazadas en la Isla que hablan del talento de la autora para interpretar la esencia cubana, y también de su especial concepción de la relación entre la pieza y el espacio:
«La escultura no se levanta aislada del mundo, está en un determinado lugar, ocupa un sitio en el cual ha de tener sus simpatías y diferencias. (…) Porque la escultura impone y conforma su ambiente, pero también recibe su influencia».
Fundadora y directora del Taller Guamá, y luego presidenta del Consejo Asesor para el Desarrollo de la Escultura Monumental y Ambiental, Rita irradió magisterio sobre sus colegas, a quienes guio y aconsejó.
Trabajadora incansable hasta el final de su vida –el 29 de mayo del 2000–, desde la silla de ruedas supervisó la última de sus piezas. Reparando en su legado, 25 años después, es imposible no coincidir con este hermoso pasaje escrito por la crítica de arte María de los Ángeles Pereira:
«Las manos de la escultora parecían resumir la majestuosidad de su estatura y la reciedumbre ejemplar de su carácter. Su obra abarcó dos tercios de la centuria pasada; para el pueblo, que desde siempre fuera su principal destinatario, Rita más que la escultora, es la escultura cubana».











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