«Hacía cuatro años y siete meses que no había vuelto a ver la casa de columnas blancas, con su frontón de ceñudas molduras que le daban una severidad de palacio de justicia, y ahora, ante muebles y trastos colocados en un lugar invariable, tenía la casi penosa sensación de que el tiempo se hubiera revertido», así comienza Los pasos perdidos.
Y así termina: «Alguien dice, detrás de mí, que el río ha descendido notablemente en estos últimos días. Reaparecen muchas lajas sumergidas y los raudales se erizan de espolones rocosos, cuyas algas dulces mueren a la luz. Los árboles de las orillas parecen más altos, ahora que sus raíces están próximas a sentir el calor del sol. En cierto tronco escamado, tronco de un ocre manchado de verde claro, empieza a verse, cuando la corriente se aclara, el Signo dibujado en la corteza, a punta de cuchillo, unos tres palmos bajo el nivel de las aguas».
Mucho podría decirse de la belleza de esta novela de Alejo Carpentier, cuya culminación está fechada en Caracas, el 6 de enero de 1953: se halla su prosa, tan moldeada a una forma propia; la adjetivación original, pero discreta; el ritmo, que es, como en pocos autores, verdaderamente musical.
¿Y por qué hablar de una obra en específico cuando se cumplen 45 años del fallecimiento del Premio Cervantes, autor de tantas otras páginas dignas de admirarse? En buena medida por honrar su postura de creer más en obras logradas que en escritores infalibles, lo que supone escoger, entre todo lo tremendo de su producción, aquello que más fuerte ha resonado en la vida propia; pero también porque Los pasos… sintetiza, además de los hallazgos formales que caracterizan la creación de Carpentier, mucho de lo conceptual.
Después de participar en 1947 en una exploración cartográfica por la Orinoquia venezolana, y repetirla un año después, el escritor quedó prendado por la evasión posible a través del tiempo, por el viaje desde la salvaje civilización hasta la raíz: «Quería ofrecer una síntesis de ambientes y calidades americanas. En el libro están las ciudades, los paisajes, y a través de ellos, el hombre americano visto en un proceso de desarrollo hacia sí mismo».
¡Qué iba a ser falta el surrealismo en una tierra en la que lo maravilloso era lo real, y viceversa! Ya con El reino de este mundo había abierto ese sendero de vernos tan cual somos, de buscar en nosotros lo entrañable y lo hondo, no lo que se mira como «plumaje de guacamayo adiestrado o souvenir indígena».
Los pasos habían sido encontrados, y el autor seguiría ahondando caminos. Sin pretenderlo infalible, hay que reconocer y celebrar la magnitud de la obra literaria y periodística de aquel que pasó su infancia y adolescencia en el campo, yendo a La Habana solo para buscar libros; que montaba a caballo, nadaba en el río y jugaba beisbol, a la par que leía y escribía al margen de sus lecturas.
Nacido en Suiza y fallecido en París, no hay duda de su condición de cubano genuino, como tampoco de su ser coherente: «Hombre de mi tiempo, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendente es el de la Revolución Cubana. Escritor comprometido soy y como tal actúo…».
Hay que leerlo, que es también viajar a la semilla, a la nuestra.











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