
La epidemia de la peste atravesó los muros del convento. De cada diez hermanas jerónimas que enfermaban, nueve morían. Sor Juana Inés de la Cruz estuvo entre las nueve. El 17 de abril de 1695, en Ciudad México, la que se había autotitulado la peor del mundo, dejó de respirar, pero no para sumirse, al fin, en el inofensivo silencio que habían deseado sus adversarios.
Con su propia sangre firmó los últimos documentos, de índole religiosa, que escribiera; en aquel tiempo postrero abandonó la literatura, el estudio, los experimentos… y se juzgó con dureza. Acosada, sola, una de las más brillantes voces del Siglo de Oro se replegó. ¿Habrá perdido la razón o en su interior aún resonaba la pregunta: ¿En qué te ofendo, cuando solo intento / poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas?
Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana nació en 1648 o 1651, en una familia acomodada, pero sus padres jamás se casaron; un hecho que trató de ocultar en lo adelante, pero que no sería, ni por asomo, el que más asustaría de su persona a ciertos contemporáneos suyos.
Desde que comenzara a aprender a leer y a escribir en las lecciones que estaban dirigidas verdaderamente a su hermana mayor, a Juana la abrasó la pasión por el conocimiento, y de forma arrolladora:
«…era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres –y más en tan florida juventud– es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta donde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza».
Llegó a pedirle a su madre que la disfrazara de hombre para poder estudiar en la universidad, pero nadie se hubiera atrevido a secundarla en ese propósito. Sin embargo, su enorme talento le ganó la simpatía de los virreyes y un lugar en la corte. En 1668, un grupo de profesores la sometió a examen para comprobar si en realidad una mujer joven, y por demás hermosa, en realidad podía saber tanto. Y sí que podía.
No obstante, como se preguntó Mirta Aguirre en su célebre ensayo Del encausto a la sangre: «Poco para esposa de caballero noble y demasiado para amante, criatura extraída de su vulgar medio de acomodados labradores e imposibilitada para retornar a él, ¿qué ruta sino la monástica se abría ante ella (…) tuviese o no tuviese vocación?».
Asaeteada por su confesor, que veía en todo lo que Juana era un peligro atroz, ingresó al convento. Pero desde allí siguió siendo célebre y celebrada, por sus versos sacros y profanos, los villancicos para festividades religiosas, los autos sacramentales…
¿Qué muros podrían atrapar el intelecto de aquella que escribiera a los Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión / de lo mismo que culpáis?
La suerte duró hasta que sus protectores murieron y fueron más fuertes quienes opinaban que una monja, una mujer, no necesitaba estudiar y menos, compartir su pensamiento. Pero ya su obra estaba hecha, ya la estrechez escolástica había sido herida por su lógica, por su ironía, por su fe basada en el dominio pleno de las Escrituras… y Sor Juana ha seguido rebasando el claustro, sin cesar.











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