
Leer a Jean-Paul Charles Aymard Sartre (París, 1905-1980), su literatura, es una experiencia que va mucho más allá del placer estético. Quizá sea una obviedad decirlo, porque toda buena obra lo es precisamente porque bajo su relato subyace todo un universo de significados.
Sin embargo, en Sartre resulta muy palpable cómo se filtran a la historia las concepciones filosóficas, las opiniones políticas, la posición frente a determinadas corrientes de pensamiento o científicas; y lo logra sin rozar siquiera lo panfletario.
Por el contrario, como lectores nos vemos compulsados a avanzar incesantemente en los hechos, sin dejar de preguntarnos: ¿el infierno son realmente los otros?, ¿se hace el ser humano a sí mismo?, ¿somos verdaderamente libres?, ¿es la libertad una condena para nuestra especie?, ¿qué responsabilidad tenemos con el mundo?
A 45 años de la muerte del escritor, filósofo y militante, textos como la novela corta La infancia de un jefe –incluida en el libro de 1939, El muro– sorprenden aún por la profundidad, el ingenio y la ironía, que le permiten introducirse con destreza, en la sicología humana:
«Se tumbó en la cama y bostezó. Le parecía ser una nube caprichosa y fugaz, siempre la misma y siempre distinta, siempre a punto de disolverse en el aire por los bordes. “Me pregunto por qué existo”. (…) ¿Y qué? Su existencia era un escándalo que apenas podrían justificar las responsabilidades que más tarde habría que asumir. “Después de todo, yo no pedí nacer”, se dijo. Y sintió un conato de piedad por sí mismo. (...) En el fondo, su vida le había pesado siempre como un fardo. Había llevado siempre en los brazos ese regalo voluminoso e inútil de la vida, sin saber qué hacer con él ni dónde dejarlo. “Me he pasado el tiempo lamentando haber nacido”».
No en balde, en 1964 le adjudicaron el Premio Nobel de Literatura en razón de una obra que había ejercido una influencia de gran alcance, rica en ideas y llena de espíritu de libertad y búsqueda de verdad. Sin embargo, Sartre lo rechazó. Para ello dio varias razones, entre ellas que no quería someterse a una «rehabilitación», que anulase lo que se consideraba su controversial pasado político:
«El Premio Nobel se mantiene objetivamente como una distinción reservada para los escritores de Occidente o los rebeldes de Oriente. No ha sido otorgado, por ejemplo, a Neruda, quien es uno de los más grandes poetas latinoamericanos. Nunca ha habido una cuestión seria de dárselo a Louis Aragón, quien ciertamente se lo merece. Es lamentable que el premio haya sido entregado a Pasternak y no a Shólojov, y que la única obra honrada de la Unión Soviética debiera ser publicada en el extranjero y censurada en su propio país».
El filósofo existencialista y marxista, el luchador anticolonialista, aquel que se interesó por los grupos minoritarios y defendió el derecho del poder soviético a preservarse del acoso capitalista, el compañero de la gran Simone de Beauvoir –a quien estuvo unido toda su vida en una relación nada tradicional–, aquel que visitó Cuba y quedó impresionado por la juventud de los líderes revolucionarios, el hombre de pensamiento complejo y aportes incuestionables, sigue diciendo desde su palabra. El Nobel había acertado; Sartre, con su declinación a recibirlo, también.











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