ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ana Cairo en la Biblioteca Nacional José Martí. Foto: Anabel Díaz Mena

Ana Cairo es difícil de olvidar. Podríamos, al nombrarla, habernos referido a ella, ante todo, como la prestigiosa profesora de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana; la oradora capaz de mantener a un auditorio largo tiempo impactado ante la avalancha de referencias; la destacada ensayista, miembro de la Academia de Historia de Cuba, doctora en Ciencias Filológicas; la premio nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas, autora de cerca de 20 títulos imprescindibles; pero su afabilidad, su trato respetuoso, su modo de asumir el hecho de ser una intelectual de su talla, nos libran de todo formalismo, sin que ello recuse sus tantísimos méritos. Decir Ana Cairo es saber todo eso, y a la vez sentirla muy cercana, tanto que al fallecer hace ya cinco años, el 3 de abril de 2019, dejó un pesar indescriptible, no solo en su familia.  

Con una ternura peculiar salía de sus labios la palabra biblioteca. ¿Cómo no ser así, si, «como profesora, supo anexar a su aula las amplias salas de la Biblioteca Nacional de Cuba, en especial la Sala del departamento de Colección Cubana»?, nos cuenta la doctora Araceli García Carranza.

«Entendió que nuestra institución es otra universidad donde los bibliotecarios también somos pedagogos. En este recinto abrió las puertas del conocimiento a sus alumnos, mientras ella se convertía en una referencista nuestra».

Llegar Ana a la Biblioteca era intercambiar sólidos saberes con los especialistas. «De esa retroalimentación ya había surgido una nueva Biblioteca Nacional, a partir de los años 60. En especial, Ana consultó y estudió la papelería que, de y sobre su obra, donara el escritor Alejo Carpentier. Y con ella pude ejercer la información “agresiva”, ya un tanto en desuso, que significaba ofrecer más información de la que ella demandaba».

–¿Pudo entonces asistir al desarrollo profesional de Ana Cairo?

–Durante años, la vi nacer y crecer como intelectual y como humanista. Alumna predilecta del sabio Juan Pérez de la Riva, asimiló lo mejor de su magisterio, en la década del 70. Años después, su ayuda en la redacción de la Revista de la Biblioteca Nacional fue muy notable, especialmente en algunos números monográficos como los dedicados a Roberto Fernández Retamar, Cintio Vitier y Fina García Marruz.

–Del trabajo y el amor por la cultura nació una amistad…

–Nuestra amistad, ley hermosa del alma, al decir de José Martí, surgió del intercambio de conocimientos y del servicio bibliotecario. Soy testigo de cómo se convertía en una especialista más de nuestro centro. Como a todos los bibliotecarios verdaderos, la caracterizaron siempre su humildad y su modestia. Juntas recibimos la Distinción por la Cultura Cubana, en diciembre de 1994, y juntas publicamos la antología La Cultura cubana en artículos, crónicas y otros textos de Alejo Carpentier, en la colección Alcance a la Revista de la Biblioteca Nacional (1989).

–En un libro suyo titulado Un camino hacia Carpentier, Ana escribió un prólogo que tituló Una rosa para Araceli.

–Así fue. Y si Ana me ofreció una rosa en su generoso escrito, ahora yo la recuerdo y le ofrezco, en este abril, otra rosa por nuestra amistad, y por la oportunidad que me dio la vida de poder servirla.

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