ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Réplica del Diario de Ana Frank, pieza de una exposición en honor de la adolescente judía. Foto: HERNÁNDEZ, SANDRA

Ana Frank recibió un diario en su décimo tercer cumpleaños. A esa edad, una agenda es un testigo de confidencias, pero ella la abría como «un pájaro cantor al que le han cortado las alas, y que se lanza en plena oscuridad contra los barrotes de su jaula».

Nacida el 12 de junio de 1929, en Fráncfort del Meno, Alemania, murió con la misma suerte de su hermana Margot –aunque separadas por unos días–, entre febrero y marzo de 1945, en manos de la fiebre tifoidea en el campo de concentración de Bergen-Belsen.

Su calidad de judía y la orden de fuga tejieron su existencia. Ante el avance del fascismo, su familia emprendió la mudanza a Ámsterdam, incluida entre los 25 000 ciudadanos que huyeron de la persecución antisemita en tierras germanas, y soñaron una oportunidad en los Países Bajos.

Pero las ilusiones terminaron cuando el nazismo invadió su nación de acogida, el 10 de mayo de 1940. En un clima de detenciones y ante un aviso, del 5 de julio de 1942, para la incorporación de Margot al trabajo, acudieron a un refugio preparado por su padre, Otto: la casa ubicada detrás de su compañía Opekta.

Junto a amigos de la familia –uno de ellos, Peter van Pels, devenido el centro de los sentimientos de Ana– soportaron más de dos años recluidos en ese hogar, casi obligados a un voto de silencio durante el día, y a esperar el fin de los ataques aéreos nocturnos, para renovar su derecho de continuar con vida.

La joven, entonces, llenó las páginas de su obsequio de cumpleaños. Junto a las rebeldías contra los adultos y los roles asignados a la mujer, la autora trasluce el ambiente funesto, el miedo contra lo peor del ser humano, pero también la esperanza: «No pienso ya en la miseria, sino en la belleza que sobrevivirá». 

El 4 de agosto de 1944, los oficiales de la Policía descubrieron el escondite, y sus habitantes recorrieron varios campos de exterminio. Además de las hermanas, su madre Edith falleció en Auschwitz, en enero de 1945, pero el padre subsistió y, gracias a las gestiones de Miep Gies, conoció el diario de su hija, difundido luego al mundo.

Aunque 1,5 millones de judíos más perecieron en el Holocausto, Ana Frank, sin pretenderlo, convirtió sus confesiones de adolescente en la voz de las víctimas y, de esa forma, cumplió su voluntad de «seguir viviendo incluso tras mi muerte».

Pero, en su eternidad, muere a cada hora con otros nombres. En la tierra de los descendientes de las víctimas de aquella tragedia, un Gobierno fascista hoy impone otra contra los palestinos, y desde algún lugar ella lo acusa, porque para «desafiar y definir la oscuridad» basta una sola vela, inflamada en la justicia. 

Foto: Tomada del sitio Anne Frank House
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