
No es casual que, a través del tiempo, su esencia conecte raigalmente con la de otros creadores. Marta Valdés, en su hermosa canción José Jacinto, le dice: «…no sé si usted / me reconoce entre los vivos, / porque suelo llegarme a su parque / cuando está la luna / detrás de esos pinos».
Carilda Oliver en Canto a Matanzas, lo inscribe en el espíritu de la ciudad: «…tal vez / cuando suena así la brisa / está llorando por Isa / el alma de Milanés».
A 160 años de su muerte, el 14 de noviembre de 1863, José Jacinto Milanés sigue encarnando –al decir de Cintio Vitier– la matanceridad absoluta; y con su figura va toda una carga simbólica asociada al conflicto entre la sobrevivencia y la vocación literaria, los amores imposibles, la locura y la melancolía.
Una anécdota contada por Urbano Martínez Carmenate en el prólogo de su libro Milanés, Las cuerdas de oro (Ediciones Matanzas, 2013), ilustra lo que significa el poeta en su urbe: un día de los años 90, cuando el policía fue a reprender a los niños que lanzaban piedras contra unos extranjeros, recibió la respuesta más insólita: ellos no entendían lo que decían los turistas, pero sin duda se burlaban de la estatua de José Jacinto.
No obstante, él es mucho más que esa venerada y pequeña efigie en el Parque de la Catedral de Matanzas, y mucho más que el mito. Su sitio dentro de las letras cubanas es incuestionable.
Nació en 1814, en una familia con varios hermanos y poco dinero. Solo quería escribir, pero tuvo que trabajar en oficios que casi nunca satisficieron su anhelo creador. Sin embargo, amparado por Domingo del Monte, no sin ciertas manipulaciones del mentor, logró una obra que no pasó desapercibida para sus coetáneos.
Su pieza de teatro El conde Alarcos (1838), a pesar de algunos fallos, y según se afirma en el volumen Obras y personajes de la literatura cubana, del Instituto de Literatura y Lingüística, es considerada «el primer título romántico de envergadura de la dramaturgia cubana».
Se dice en el texto, además, que se convirtió en una denuncia implícita a la autoridad peninsular y constituyó una especie de bandera para la intelectualidad criolla nucleada en torno al pensamiento progresista. Asimismo, gracias a ella, el drama romántico logró instaurarse exitosamente en los predios teatrales cubanos.
No era un bardo erudito, pero dominaba la sustancia poética y entendió, antes que otros muchos, la sinceridad de las formas y asuntos populares.
Son eternos versos como los de De codos en el puente: «San Juan, ¡cuántas veces parado en tu puente / al rayo de luna que empieza a nacer, / y al soplo amoroso de brisas fugaces / frescura he pedido, que halague mi sien!».
O los de La fuga de la tórtola: «Pero ¡ay! tu fuga ya me acredita / Que ansías ser libre, pasión bendita / Que aunque la lloro la apruebo yo / ¡Ay de mi tórtola, mi tortolita, / Que al monte ha ido y allá quedó!».
Las crisis nerviosas lo llevaron a un mutismo paulatino que se hizo completo al final de su vida. A los 28 años se nubló su razón, atormentada por la pasión melancólica hacia la prima adolescente que vivía al otro lado de la calle, Isa de Ximeno.
Para entender lo que vino después de su muerte, es suficiente con leer a Lezama: «Al paso del tiempo (…) se convierte en una especie de fantasma matancero, deja cartas en las noches fosfóricas, desaparece inapresable, debajo de un farol de medianoche. Es tan real como irreal. Es inasible porque vuelve siempre, se escapa porque su ausencia ilumina el camino recorrido».











COMENTAR
Daniel Noa dijo:
1
14 de noviembre de 2023
09:54:32
Responder comentario