ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Sancti Spiritus acogió la fiesta literaria entre el 9 y el 12 de marzo. Foto: Periódico Escambray

En cierta ocasión el escritor y sociólogo inglés John Ruskin comparó el buen libro con el pan dulce. La metáfora es seductora: literatura y sabores suelen llevarse bien; pero, lamentablemente, la comparación es inexacta. A los dos días de horneado, el pan ya es viejo; mientras que un buen libro siempre será contemporáneo. Haga la prueba: intente comerse un pan de 407 años y verá… Y esa es la edad que ya tiene el Quijote.

Por eso no diré que regreso de la Feria del libro de Sancti Spíritus; en realidad, sigo en ella. Las ferias del libro son eventos muy curiosos: duran mientras estés leyendo los volúmenes que allí adquiriste. Si uno va a un baile, lo normal es bailar; si asistes a un festival de cine, ves documentales y películas; pero en las ferias del libro no hay tiempo leer; es algo que haces después, ya en casa.

Fue una sorpresa comprobar que había buenos libros en los quioscos. Ciertamente, yo esperaba mayor precariedad en la oferta: recién salimos de una pandemia que semiparalizó el país y aún estamos tratando de recuperar la economía; pero si bien no vi tantos títulos como en años anteriores, se ofertaba lo suficiente como para decir: Tenemos feria.

En cuanto a los precios… Bueno, las redes sociales suelen dar más espacio al estrépito que a la moderación. Días atrás, durante la Feria de la Cabaña, en Facebook se hablaba de libros con precios galácticos; pero no fue esta la realidad de Sancti Spíritus, donde vi muchos volúmenes que se vendían entre diez y quince pesos. En mi caso, traje reservas para varias semanas: novelas, poemarios, ensayos… Será una feria muy larga la que disfrutaré.

Pero no es esta la única paradoja de una feria interminable: puedo decir que no solo estuve en Sancti Spíritus; también asistí al resto de las ferias del país sin haber estado físicamente en ellas. Este año se presentó una novela mía, y si como dijo Borges: “el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”, pues qué cosa soy yo, sino mi memoria y mi imaginación. Bajó este principio, pudiéramos decir que por Sancti Spíritus también estuvieron Juan Rulfo, Fernández Retamar, Lezama Lima, y otros grandes autores. De hecho, varios ahora están en mi casa.

No digo que las ferias del libro no se disfruten mientras discurre su programa oficial. Allí uno encuentra colegas que hace tiempo no ve, promueve los manuscritos con editoriales y agentes literarios, comparte obras mirando la cara del público, y así se sabe si funcionan o no. Lo que quiero decir es que, en todo caso, los libros tienen alma propia, y dentro de estos no solo está la del autor, sino también la del lector.

 El lector no es una suerte de mirón pasivo, sino alguien que complementa la actividad creativa. Aporta la escenografía, da rostro a los personajes, se desdobla en cada uno de ellos y termina sufriendo o alegrándose por sus destinos. La relación entre libro y lector es de media naranja; detrás de toda gran obra, ha de haber un gran lector. Quizá por ello alguien que ignoro dijo que el regalo de un libro, además de obsequio, es un delicado elogio.  

Ahora bien, que en la Feria hubiera buenos libros no fue la única sorpresa; también lo fue ver cómo se reaniman las instituciones culturales, y que autores y público retornan a ellas. El programa profesional estuvo a la altura de los mejores tiempos. Fueron numerosas y de alta calidad las actividades efectuadas: conferencias, paneles, lecturas, homenajes, presentaciones de libros…

Es asombroso, muchas personas gastan una fortuna y arriesgan salud drogándose en vez de leer. Un gramo de cocaína es más caro que un gramo de oro; y ¿para qué sirve? ¿Para alucinarse o sentirse eufóricos? ¿No es más sano y barato leer a Kafka o a Cervantes? En fin, ahora estoy en casa, y miro la carga de libros sobre la repisa: buenos, bonitos y baratos; soy feliz de atesorar imaginación ajena para unas cuantas semanas.

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