
Entre los estrenos cinematográficos que presentará la televisión durante la programación de verano se encuentra Billy Lynn, honor y sentimiento (Ang Lee, 2016), la historia de un joven soldado que es exaltado a héroe tras una acción en la que toma parte durante la invasión a Irak y recibe, como premio, viajar con su destacamento a Estados Unidos y pasarse 15 días entre homenajes y fanfarrias.
Desde hace rato la guerra se ha convertido en un espectáculo en suelo norteamericano y el director taiwanés se introduce en el circo mediático que hace coincidir las invasiones imperiales con partidos de fútbol, cascadas de globos, fuegos artificiales, música estridente y bellas y sexis muchachas dando vivas, lo mismo a los jugadores que a los soldados.
Ang Lee (Brokeback Mountain, Deseo, peligro) entrega con Billy Lynn una de sus cintas más atrevidas, no solo por el tema que extrae del seno de la sociedad norteamericana, sino también por recurrir a la 3ra. dimensión y a otras técnicas visuales con el afán de adentrarse en la siquis del joven Billy Linh, un soldado con estrés postraumático al que a ratos ubica en escenarios de aire surrealista, música atronadora, brillante fotografía y una elección de planos inusuales en su extensa filmografía.
Billy Lynn se basa en una exitosa novela de Ben Fountain y está narrada desde el punto de vista de ese soldado de 19 años que con acierto interpreta el debutante Joe Alwyn. Los flashbacks resultan indispensables para develar lo que realmente le ocurrió al pelotón, un marcado contraste entre la dura realidad del campo bélico y la percepción «cinematográfica y espectacular» que de la guerra tienen muchos norteamericanos, a partir de la propaganda que reciben.
Ácida sátira la de Ang Lee al sentido «patriótico» estadounidense, pero igualmente una mirada bastante romántica a los soldados invasores para diferenciarlos de las fuerzas oscuras en el poder, esa maquinaria política-económica-militar encargada de aupar a sus huestes para que respalden intereses, en fin de cuentas, criminales.
Decía en una entrevista Ben Fountain, el escritor de la novela, que el argumento se le ocurrió mientras veía en su hogar una escena muy parecida a la que recrea la película, mezcla de soldados y gran espectáculo reunidos en un estadio el Día de acción de gracia, y aunque él no se lo podía creer por lo ridículo que encontraba el asunto –además de ser una manera burda de enmascarar los agujeros políticos del sistema– se asombró al comprobar cómo algunos visitantes en su casa sí lo aceptaban como parte de ese mundo fantasioso y propagandístico que dominaba a la opinión pública, y que se hizo aplastante durante los primeros días de la invasión a Irak.
Ang Lee, por su parte, ha dicho que Billy Lynn es un intento de hacer coincidir el sonido de la guerra con el ruido de la calle y que el mismo caos emocional y sin esperanza que mueve a la aniquilación del prójimo en Irak es el que, literalmente, consume a la supuestamente confortable sociedad norteamericana.
Una película a ratos un poco sentimental, cierto, pero con un especial manejo de la sutileza para poner a pensar, como cuando hacia los finales un sargento muerto en combate reflexiona–dentro del aura mágica en la que a ratos se mueve el filme– para decir: «somos una nación de niños y vamos a otros países para crecer».











COMENTAR
grettera dijo:
1
3 de julio de 2017
10:18:22
omaida dijo:
2
4 de julio de 2017
05:56:41
Fernando dijo:
3
5 de julio de 2017
23:12:22
Responder comentario