
El cine —el de las salas oscuras— tiene sus magias propias vinculadas con la memoria afectiva, algo de lo que bien se aprovecha el mundo del negocio, aunque en ocasiones erra.
Un caso fue cuando hace varios años se pensó que el coloreado de las imágenes sería el negocio del siglo, porque permitiría impregnarle nueva vida a filmes importantes realizados en blanco y negro. Alboroto, mucha propaganda, capitales a toda vela, pero al final el viento dejó de soplar en popa cuando las estadísticas demostraron que, más allá del lógico fisgoneo de los primeros momentos, no interesaba realmente ver en colores Casablanca o El chicuelo.
A tal «invento» de la industria les fueron encima cineastas y críticos por cuanto la obra artística original se desvirtuaba con la colorida lechada, y no faltaron realizadores en declarar que preferían darle candela a sus negativos, antes que verse envuelto en el aquelarre mercantil.
Y por supuesto, estaban los espectadores, defendiendo a capa y espada la huella fílmica en el recuerdo.
Cuando hace años escribí en estas mismas páginas acerca de los cincuenta años de La dulce vida (1960), me vi tentado a publicar una foto de cómo lucía entonces Anita Ekberg, como es lógico, a años luz de la rutilante rubia a la que Fellini obligara una fría madrugada a bañarse en la Fontana di Trevi. Y aunque está muy bien que un artista envejezca delante de las cámaras (y no huya, como en su tiempo lo hiciera Greta Garbo, aunque hay que respetarle la decisión), lo cierto es que no quería empañarle la memoria a los que un día salieron locos del cine con aquella mujer, en «aquella película».
Parecería una frivolidad, pero quisiera defender la tesis del «momento en el recuerdo», ese que mediante el cine nos evoca días, circunstancias, primeros amores nacidos, una matiné (pocas) con mi madre al lado, tomándome la mano, en fin, la dulce y a la vez traicionera nostalgia que también representa la sala oscura.
A los espectadores de mi generación, un análisis serio los obligaría a reconocer que muchas de aquellas mujeres
que nos seducían eran productos del Sistema de estrella y estaban allí para engatusarnos y tumbarnos la peseta. Dictamen preciso y nada romántico, pero comprensible a esta altura del juego, cuando cada vez que pasan por la televisión la Elena de Troya de los años cincuenta, con Rossana Podestá vestida de blanco, modosita ella, me quedo hipnotizado viéndola; ¡ah, vieja novia!, que no tan bonita era (pienso ahora), pero que de noche, cabeza en la almohada, me hizo volar hacia las estrellas.
¿Y qué decir de Kim Novak y su halo de misterio, aquella manera de mirar que nos hacía creer a todos que podíamos ser su salvador y a la vez el feliz recompensado, una vez que el viejo James Stewart dejara de perseguirla en Vértigo?
Durante años, Hollywood nos engañó con sus historias trucadas y sus cowboys mata indios, que una vez creímos buenos. Pero primero de niños creciditos, y luego de adolescentes, nos quedamos con sus mujeres. Y que conste: nada de dulce venganza por haber tenido que pagar por ellas.











COMENTAR
Rebeca dijo:
1
12 de mayo de 2017
02:14:22
Orlando Chirino dijo:
2
12 de mayo de 2017
09:37:32
Lee dijo:
3
12 de mayo de 2017
11:39:23
aloida dijo:
4
15 de mayo de 2017
10:12:27
Reinier Lazo dijo:
5
17 de mayo de 2017
17:08:40
piensacorazón dijo:
6
22 de mayo de 2017
11:54:34
madays pz rodriguez dijo:
7
23 de mayo de 2017
14:13:37
rolando dijo:
8
23 de mayo de 2017
20:23:29
AILYN MIRABAL dijo:
9
25 de mayo de 2017
15:46:17
Responder comentario