ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Escándalo en la Casa Blanca, de Barry Levinson. Foto: Cortesía del autor

Veinte años después de haber sido realizada, Escándalo en la Casa Blanca (Barry Levinson. 1997), exhibida este sábado por la televisión, demuestra la actualidad de «un método histórico» relacionado con el cinismo y la manipulación inherentes a la política norteamericana.

También distribuida con el título de Cortina de humo, la cinta se basa en una novela de Larry Beinhart titulada El héroe americano y ha dado lugar a no pocos estudios y tesis, ya que tiene la capacidad de resumir, desde los recursos de una abarcadora sátira política, la significación de los llamados «globos sonda», noticias fabricadas por mentes adiestradas en distraer la atención del pueblo sobre asuntos realmente importantes.

Si bien la película de Levinson se adelantó en su trama a un escándalo político sexual que   explotaría un año más tarde, en 1998 (el caso Clinton-Mónica Lewinsky), el pretexto de su argumento —un presidente que tiene una ruidosa relación con una joven un mes antes de las elecciones de las que debe salir reelecto— se presta para ofrecer una extensa lección de tintes didácticos de cómo utilizar los medios de comunicación para crear la cortina de humo imprescindible, y al mismo tiempo salir victoriosos y renovados, una vez el tizne de los conflictos se diluya.

Y qué mejor pretexto que inventarse una guerra ficticia (o verídica, como se ha hecho en la vida real) y aupar el fantasma del terrorismo para que el desliz de alcobas del mandatario pase a un segundo plano, siga descendiendo en el conteo de las estadísticas y termine por desaparecer de las mentes de mujeres y hombres que, dentro de unas semanas, deberán acudir a la urnas, no con la imagen pública del presidente mancillada en su condición de alegre seductor de jovencitas.

Vinculada al cine estadounidense desde sus inicios, la «americanización del héroe» se desprende de la pantalla y se asocia igualmente al ideario público de una parte nada desdeñable de la nación. Los realizadores lo saben y es así que, a la par de construir un relato serio desde la sátira, recuerdan en las voces de sus protagonistas casos políticos (la lista sería interminable) relacionados con técnicas muy similares a las que la película pone en evidencia, como la campaña que se tejió desde los Estados Unidos en relación con el hundimiento del Maine, el papel de incitante manipulación jugado por William Randolph Hearst (1863-1951) para favorecer la guerra de Estados Unidos contra España, o la invasión a Granada emprendida por Reagan para limpiarse de un reciente descalabro internacional.

En el caso de Hearst, que erigió un imperio de medios de comunicación y que le sirvió de inspiración a Orson Welles para crear su clásico El ciudadano Kane, la película de Levinson saca a relucir la frase telegrafiada por el magnate a sus enviados en Cuba, reveladora de un procedimiento que luego se convertiría en manual de inspiraciones para diferentes administraciones norteamericanas: «manden ustedes las noticias y las ilustraciones, que yo pongo la guerra».

Si bien el fastuoso William Randolph Hearst fue criticado a causa de su nacionalismo enfermizo, no faltan quienes lo siguen considerando un héroe (al mejor estilo cinematográfico) y también un patriota.

De esas confusiones en cuanto a definir las verdaderas esencias de hechos y personajes vincu­lados a la sociedad y a la historia norteamericana, habla igualmente Escándalo en la Casa Blanca. Dos mentes pensantes (encarnadas brillantemente por Robert de Niro y Dustin Hoffman) bastan, junto a un pequeño equipo, para mover una maquinaria eficaz en cambiar el parecer de millones de personas. Medios de comunicación, producción visual, música pegajosa ligada a la televisión, machaqueo constante del «mensaje» y, por supuesto, una audiencia condicionada por años de tejemanejes comerciales y propagandísticos.

Solo basta con inculcar una idea y trabajar sobre ella, como se hace con el supuesto soldado que queda rezagado en la inventada guerra contra Albania y a quien se recibe —ya convertido en cadáver por las peripecias de la película— como un héroe. (Un caso que hace recordar una historia tan escandalosa como verídica, dada a conocer en estas mismas páginas, en el año 2007, relacionada con la bella soldado Jessica Lynch, exhibida por el presidente W. Bush como rescatada en Iraq tras una heroica operación comando, cuento fantasioso filmado por un cineasta ayudante de Ridley Scott, que luego ella misma se encargaría de desmentir ante el Comité de Supervisión y Reforma de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, alegando que había sido objetivo de una gran mentira por parte del Pentágono, encaprichado en hacer de ella un símbolo).

Sarcasmo y cinismo a raudales presentes entonces en Escándalo en la casa Blanca.

Y lo más interesante: grandes verdades asomando en una película que, no obstante los 20 años transcurridos, de vieja no tiene nada.

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Jairo dijo:

1

24 de octubre de 2016

09:54:52


hay que verla!

Roberto dijo:

2

24 de octubre de 2016

11:06:10


Quisiera saber si esta pelicula fue exhibida en Cuba en otra oportunidad y si no fue así por qué. No obstante desde que tengo uso de razón las campañas para la presidencia que le han dado publicidad en nuestro pais siempre han sido así no veo nada distinto por tanto los cubanos muy bien instruidos saben todo esto.

Lee dijo:

3

24 de octubre de 2016

17:00:46


El papel que Dustin Hoffman hace es basado en Robert Evans, un productor en Hollywood.