ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

En medio del amplio abanico de opciones del recién finalizado 28vo. Festival de La Habana de Música Con­temporánea, de la Uneac, el con­cierto compartido en la Basílica de San Francisco de Asís por el Dúo Pro­música  junto al clarinetista Arís­tides Porto con el trío liderado por el pianista italiano Adriano Ambrosini clasificó como uno de los más representativos de lo que debe defender el evento: poner de relieve los hitos de la evolución del lenguaje sonoro en los siglos XX y XXI.

La alianza entre el violinista Al­fredo Muñoz y la pianista María Vic­toria del Collado con Porto cris­talizó en  la interpretación por primera vez en Cuba de Contrastes (1938), del húngaro Bela Bar­tok.

No solo fue esta una entrega brillante, sino sólidamente fundamentada en el conocimiento del pensamiento bartokiano, quien tomó de las fuentes populares de su país y las regiones colindantes  no para adornar el folclor, sino para enaltecerlo co­­mo inspiración cultural indispensable para su proyección creadora.

Por cierto, esta pieza nació de un encargo del célebre clarinetista de jazz norteamericano Benny Good­man, pero evidentemente Bartok se excedió en la duración y exigió el uso de dos clarinetes (uno en La y otro en Si bemol) y dos violines de diversa afinación.

Dos italianos, el pianista Ambro­sini y el flautista Tommaso Bencio­lini, y la violinista francoalemana Anne So­­phie Freund se juntaron en la se­gu­n­­­da parte para ofrecer cinco tríos para ese formato que representan pun­tos de giro desde 1937 hasta la actualidad.

El trío para piano, flauta y violín escrito ese año por el checo Bo­hus­lav Martinu, mientras se hallaba en París, revela una de las claves en que este en­tendió estructural y formalmente una propuesta neoclásica. Otra pieza del compositor, Sonata Ma­­­dri­gal (1942), creada en Estados Uni­dos du­rante los días de la Se­gunda Guerra Mundial, in­duce a una es­pecie de renacimiento espiritual por par­te de un hombre desa­rraigado por la fuerza.

No dejó de ser sorpresiva para el melómano cubano la inclusión del Trío (1958), de Nino Rota. Nada que ver esta música con las bandas sonoras que realizó para La strada  y La dolce vita, de Fe­lli­ni; El gatopardo, de Visconti; o El padrino, de Ford Coppola. El primer y tercer movimientos de­notan ingenio y pasión en la construcción de un universo sonoro intrincado y a la vez exultante. Nos llegó así una obra que testimonia ese otro Ro­ta que produjo no­torias partituras de cámara.

Un estreno en Cuba y otro absoluto completaron el programa: Pre­lude a l’ apres midi d’ un fauve, del veneciano Claudio Ambrosini (no es pariente del pianista ni la palabra francesa fauve es un error, sino una alusión paródica a la emblemática obra de Debussy), que se sitúa en la zona de una vanguardia postweberniana; y el Trío para violín, flauta y piano, de Adriano Galliussi, quien honró con esta nueva partitura ciertos procedimientos caros al Proko­fiev de los años 20 desde una  mirada inteligente y renovadora.

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