
Ricardo Darín sufriendo intensamente en su último filme deja inaugurada la semana de cine argentino, que hasta el 28 de este mes se podrá ver en el cine 23 y 12. Sufre su personaje, Sebastián, porque en un juego frecuente ha permitido a sus dos hijos pequeños bajar por las escaleras mientras él utiliza el ascensor, pero al llegar abajo, ¡ni sombra de los muchachos!
Séptimo (2013), es el título de este thriller dirigido por el vasco Patxi Amescua, interesado él en colocar al espectador en el mismo papel de incertidumbre de un padre que, minuto tras minuto, afianza la convicción de que se encuentra ante un secuestro.
¿Pero efectuado por dónde el rapto, si el encargado del inmueble —con cierta apariencia de malhechor— jura no haber visto salir a nadie por la puerta principal?
Es así que el edificio donde habita la familia en conflicto —el abogado está en un proceso de separación conyugal— se convierte en un panal de sospechas y no pocas puertas tendrán que abrirse ante el empuje de los indagantes padre y madre (la española Belén Rueda).
Cada nuevo suspenso es un reto a la imaginación por cuanto es muy difícil transitar el género sin rozar elementos antes tratados y Séptimo no es la excepción. Tiene el mérito, eso sí, de manejar excelentes momentos de incertidumbre y de tensar el conflicto entre el séptimo piso y el vestíbulo del edificio, aunque ello se convertirá en un arma de doble filo para cuando, tras concluido el filme, el espectador emprenda el análisis de la verosimilitud y los cabos bien amarrados, indispensables para cualquier cinta de este género.
Ricardo Darín, tan intenso y verídico como él sabe serlo, ayuda grandemente a que el desasosiego de la historia cale hondo en toda esa primera parte “sin aliento” que ata al espectador y lo hace frotarse las manos a la espera de un desenlace que algunos —en contra de las reglas— conjeturarán antes de tiempo. Un final bastante por debajo de lo que se merecía este filme entretenido y con buenas actuaciones, excepto la de los niños, a los que dejaron hacer sin el rigor dramático que exige la historia.
Séptimo es de esas películas que se disfrutan, al tiempo que dispara los detectores que hacen pensar cuán buena hubiera sido con dos o tres “toques” diferentes.











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