Como cientos, tal vez miles, mi lente no pudo sustraerse a la tentación de impregnarle al celuloide la belleza de aquel pequeño santuario, en cuya cúpula el sol parece tenderse a pedir dorados milagros cada tarde o a observar, desde ella, la infinita dimensión de un valle que la mirada no sabe si definir como pintura, ficción o realidad.
Lo que casi todo el mundo ignora es que la ermita no fue concebida ni construida por iglesia o institución religiosa alguna de la zona que abarca la actual provincia de Las Tunas.
Convertida en una especie de leyenda, primero, y en lamentable expresión de olvido, después, posiblemente no haya una historia similar en todo el archipiélago.
Año 1958. Suplicante, Policena Reyes (humilde auxiliar de limpieza en una escuelita cercana) eleva su mirada al cielo y, no hallando en el inmenso vacío más que la cima del cerro, dice resueltamente:
«Quiero hacerte una promesa, Virgencita: si esta guerra termina, si no hay más muertos, si Fidel triunfa y si no le sucede nada malo, con mis ahorritos voy a construir una capilla allí, en lo más alto… para que todo el mundo venga a ponerle velas a él y a la Revolución».
María Caridad Batista Reyes (Cachita) jamás olvidaría la dicha que reflejaba el rostro de su tía Policena, aquel día, al enterarse de que los rebeldes habían triunfado y que Batista había huido del país.
El batey se volvió un hormiguero. Cuentan que Pipo dejó un puerco a medio asar, la gente saltaba, cantaba y Policena, bien entrada en años ya, no hacía más que hablar de su promesa, con la angelical fantasía de una niña.
Según Cachita, su tía no podía estar bien de la cabeza… apenas dependía de un sueldito por limpiar y de una pequeña pensión porque el papá había sido veterano de la guerra.
Pero el verdadero capital de Policena no estaba ahí, sino pecho adentro, en un lugar mucho más profundo. De manera que, poco a poco, fue comprando lo necesario. Al verla, otros vecinos se sumaron. Hasta los niños ayudaban a trasladar materiales cuesta arriba para que Ramón Nápoles (un albañil que se negó a cobrar ni un centavo) levantara la ermita.
Tal y como soñó –muy despierta- Policena, subir a la capilla, situar flores en honor al Comandante, hacer promesas, adorar a la Virgen de la Caridad, se convirtió en una hermosa tradición.
El abrazo que el hacha del tiempo me impidió darle a aquella tierna conserje, me lo transfundiría en 1997 Cachita: heredera de la auténtica y cubanísima vocación religiosa de su tía.
Me parece ver, cristalina, la sencillez con que hasta las arrugas de su rostro parecían hablar mientras afirmaba: «Si hoy yo tuviera que hacer una promesa, volvería a pedir, como mi tía, que a Fidel nunca le suceda nada malo… porque los hombres como él merecen vivir muchos años y luego ir donde van los mejores».













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