Hay un momento del día en que uno mira el patio de la escuela Comandante Pinares, en La Habana del Este, y no sabe si está en un centro de enseñanza o en un pedazo de campo, arrancado a la ciudad, que alguien cercó para instruir.
Los niños corren entre canteros, mientras alguien riega la siembra con una manguera que a veces tiene agua y otras no. Una maestra cuenta que ya van tres semanas con dos horas de corriente al día. «Pero nadie se detiene».
Es en esa escuela donde los estudiantes y los trabajadores llegan en triciclo, bicicleta, tractor, carreta…, en cualquier medio de transporte, pero llegan.
La misma que tiene su propia aula magna decorada con adornos de cartón; en la que muchos niños y niñas asisten con pulóver, combinando los colores por grado, como alternativa de uniforme. Y los maestros recortan en cuatro pedazos las pocas hojas que puedan conseguir para que sus estudiantes dibujen.
Entonces, uno se pregunta dónde aprendió esta gente –que es lo mismo decir los cubanos– a resistir así. Y las respuestas llegan solas, con esa mezcla de empuje y terquedad que define a este país.
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Ricardo tiene 62 años y una bicicleta que lo trae desde Alamar todas las mañanas, haya sol o truene. Dice que es jardinero, operario, «lo que haga falta», y aunque lleva tres años trabajando en la escuela, parece que ha sido toda la vida.
Antes de que lleguen los niños, casi al amanecer, recoge «las hojas que han caído de la mata», y en el transcurso del día remienda las mesas o sillas «con alambritos que encuentro en el suelo o traigo de la casa, porque si no, ¿dónde se sentarán nuestros niños?».
Cuenta que nació en Granma y un día vino para La Habana. Al instalarse en Campo Florido trabajó con campesinos, «porque la tierra a uno lo llama», y años después lo contrataron en la escuela.
«Ayer hablé con mi mamá por teléfono y lloré. Uno desea volver a su provincia... pero es que aquí está la situación un poco mejor.
«A veces pienso que después de los 65 me quedará una afeitá, pero digo yo que la cuchilla no está buena. Quiero reincorporarme, porque me siento bien aquí, contento. Mientras eso sea, trataré de seguir».
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Odalys y Madelín llegan a Comandante Pinares a las seis de la mañana. Una trabaja en el almacén, la otra es cocinera, y confiesan que han faltado muy poco en los 23 años que llevan aquí.
«Hasta hace un año cocinábamos con gas. Ahora lo hacemos con leña y carbón para todos los niños y trabajadores», apunta Madelin.
Entre ellas y cuatro personas más tratan de elaborar una comida balanceada, y aunque no sea el plato ideal, la mayoría almuerza con gusto.
«Lo bueno es que las hortalizas y algunos condimentos se producen aquí mismo. Eso facilita las cosas».
En lo que Odalys y Madelín comprueban cómo está quedando el chícharo del día, alguien inspecciona el agua de los tanques azules que no hace tanto tuvieron que trasladar del techo, porque las pocas veces que se bombea no sube.
Dice Madelín que «es difícil, casi nunca tenemos agua y hay que estar cargando de allí para acá».
Pero no todo es arrojo. Existen semanas en que tampoco tienen ese líquido preciado en la casa y llegan al lunes «con ropa por lavar, casa sin limpiar»; y entonces se ponen a trabajar en la escuela: «nos tomamos un cafecito, conversamos, y arrancamos otra vez».
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La maestra Mabel ha visto pasar por la escuela a generaciones enteras, incluso padres que estudiaron con ella y ahora llevan a sus hijos a la misma aula.
Vive cerca del cementerio, en un pueblecito donde la guagua pasa cuando puede, pero asiste siempre, «en lo que sea».
Explica que faltan cuadernos de trabajo, crayolas nuevas, temperas y plastilina fresca. «Lo que hay son los restos de años anteriores que he guardado. Porque imagínate a un niño de primaria que no dibuje, que no coloree... Sería un niño al que le están robando algo».
Añade que también el horario se ajustó, pues muchos estudiantes vienen de lejos, algunos llegan medio dormidos. «Otros se van a la una y media porque el coche de caballo no espera.
«Por eso, nosotros, los maestros, que también tenemos problemas, hacemos lo posible para que el niño haga su tarea aquí y no afecte el proceso docente».
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Al frente de la institución está Redelio. Hace 25 años desanda por este lugar del que habla como si fuera extensión suya.
Es un tipo modesto, de esos que dejan el alma en los lugares que se apropian de uno, aunque no sepa, con certeza, que eso es exactamente lo que hace.
Él fundó esta escuela. La vio crecer, asociarse a la Unesco. Junto a los maestros impulsa los proyectos de educación ambiental en los que participan los estudiantes.
Pero, en lugar de presumir los logros, presume de que la escuela sigue funcionando; de que los profesores de preescolar han elaborado los cuadernos de trabajo; y de los pulóveres que cada grupo escogió porque no hay uniformes y «había que resolver el problema de alguna manera». «Lo único que le pedimos es que tengan su pañoleta».
A Redelio se le escucha decir: «mis niños, mis profesores, mi auxiliar, mi operario, esta familia». Y hay un momento, cuando uno termina de hablar con él y recorrer la escuela, en que entiende algo que permanece sutil y que en palabras no suele decirse: la resistencia nunca será mero discurso.
Y uno se queda pensando en eso. En el jardinero que llora cuando habla con su madre por teléfono, pero va a la escuela todos los días desde Alamar; en las dos cocineras que dicen que la escuela es su casa; en la maestra que guarda materiales de estudio de los años anteriores; en la gente del huerto que enseña a los niños a sembrar sin químicos…
En fin, uno se queda pensando en la dignidad de esta escuela –como todas las de Cuba– que no pide que le resuelvan el mundo, sino que le dejen enseñar.

















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Dalia dijo:
1
20 de octubre de 2026
12:06:55
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