La jornada revolucionaria del 30 de septiembre de 1930 —que costó la vida al estudiante Rafael Trejo González, y graves heridas a otro estudiante, Pablo de la Torriente Brau, y al obrero Isidro Figueroa—, inicia prácticamente la llamada «Revolución del 30», ya que abrió la etapa final y más combativa de la lucha contra la tiranía de Gerardo Machado, derribada el 12 de agosto de 1933.
Raúl Roa, uno de los organizadores y participantes más sobresalientes de aquel histórico episodio registrado en las calles habaneras, ha calificado la acción del 30 de septiembre como «brote primaveral y magnífico entre la desolación y las sombras de un inacabable invierno de horrores». («Retorno a la Alborada», t. I, p. 19).
SITUACION NACIONAL
Gobernaba a Cuba, desde 1925, Gerardo Machado, quien ejercía el poder con tal rudeza y criminalidad que hacía realidad el nombrete de «Mussolini tropical» que le había asignado Mella, y el de «asno con garras», puesto por Rubén Martínez Villana. Esa actuación le había ganado una fuerte oposición al régimen desde sus primeros tiempos.
En 1927 fue resonante la protesta estudiantil, y también de sectores obreros, intelectuales de izquierda y políticos marginados del poder, contra la Reforma Constitucional que permitió a Machado prorrogar ilegalmente su mandato.
Avanzaban los años; crecía el terror del Gobierno y —consecuentemente— se incrementaba también la oposición antimachadista. El año 1930 se iniciaba con tan negras perspectivas que el 15 de enero, por decreto presidencial, se rebajaban los sueldos de los empleados públicos en un 10 y un 15 por ciento.
El azúcar, riqueza fundamental del país, que en 1929 logró una zafra de 5 milones 313,029 toneladas métricas, y que promedió 1.72 centavos libra, en 1930 se redujo a 4 millones 812,971 toneladas métricas, y el precio promedio anual de la libra fue de 1.23 centavos, según datos del Anuario Azucarero.
El Presupuesto Nacional, de $85 millones 450,000 en 1929, se rebajó en 1930 a $76 millones 790,000.
La crisis nacional cubana, endémica por la deformación de nuestra economía, por la condición semicolonial del país, por el entreguismo de nuestros gobernantes y por otros factores internos, se agravaba vertiginosamente como reflejo de la crisis mundial que afrontaba el capitalismo, a causa de la depresión general del año 1929. El imperialismo norteamericano aprovechaba su control pleno y tradicional sobre Cuba, para descargar los efectos de esa depresión sobre las espaldas de obreros y campesinos, y de los restantes sectores del pueblo cubano que sufrían los rigores de creciente explotación.
Esa situación explica por qué fueron los trabajadores los que primero reaccionaron y primero libraron las acciones revolucionarias en ese año coyuntural que fue 1930, y el 20 de marzo, el pequeño, pero heroico partido comunista de entonces, con la primera central proletaria —la Confederación Nacional Obrera de Cuba— y la Federación Obrera de La Habana, orientados por Rubén Martínez Villana, llevaron a cabo la primera huelga general bajo el machadato. Tanto sacudió al régimen, que éste puso precio a la Cabeza de Rubén, quien tuvo que emigrar de su patria. El 1ro. de Mayo de ese mismo año la combatividad obrera se desplegó en tal forma que los esbirros del tirano apelaron a sangrienta represión en la loma Lenin, en Regla.
LA JORNADA ESTUDIANTIL
El domingo 18 de mayo, los políticos del llamado «nacionalismo» de Mendieta, que dentro del marco de la oposición burguesa combatían al Gobierno, sufrieron también la represión violenta de éste que dispuso el sangriento ataque al mitin nacionalista de Artemisa.
El sector estudiantil ocuparía dignamente su lugar y reverdecería su tradición de lucha en septiembre de 1930, al reunirse elementos de la Universidad habanera, clandestinamente, formando el Directorio Estudiantil para combatir al machadato. Una declaración pública del viejo profesor universitario Enrique José Varona, de crítica al régimen por sus tropelías, y de crítica a la juventud por su despreocupación ante los problemas nacionales, sirvió de acicate para impulsar a los conspiradores estudiantiles, quienes organizaron una demostración para el 30 de septiembre, que no sólo combatiría al Gobierno, sino que entregaría una declaración pública a Varona, en su hogar, en el Vedado, explicativa de la actitud viril que asumía el estudiantado.
Señala Isidro Figueroa que estudiantes vinculados a este núcleo revolucionario, recordando la relación fraterna y combativa que Mella había forjado años atrás entre el estudiantado y el proletariado, invitaron a muchos trabajadores a la proyectada manifestación del día 30.
Llegó la esperada fecha: 30 de septiembre.
Cientos de estudiantes acudieron a la Universidad desde las primeras horas de la mañana, pero también grupos de policías —a pie y a caballo— se apostaron en los alrededores del máximo centro docente para impedir la demostración masiva de aquella enardecida juventud. Se respiraba «una atmósfera de tragedia», según frase de Roa.
Ni se podía marchar hacia la casa de Varona, ni siquiera celebrar un mitin en lugar descubierto, en la Universidad, por lo que rápida y discretamente se lanzó una consigna: «Todos al parque Eloy Alfaro», sito en Infanta, cerca de Jovellar, y allí se dio la «tángana» —como se decía por entonces—, consistente en desplegar una bandera cubana, lanzar un vibrante toque de clarín por el estudiante Félix Ernesto Alpízar, lanzar gritos de «Abajo Machado» y otros de desafío al Gobierno y a sus patrocinadores y soportes y... de inmediato los esbirros se dirigieron al lugar y atacaron brutalmente a los manifestantes. Allí mismo cayó Trejo... Los heridos cayeron en calles cercanas. Las «jaulas» de la policía fueron llenadas de presos. Muchos policías recibieron trompadas y pedradas lanzadas valientemente por estudiantes y obreros que hermanados desafiaban a los agentes represivos y al régimen. Figueroa asegura que, en medio de la acción, varios obreros repartieron manifiestos antimperialistas.
CONSECUENCIAS DE LA ACCION
Produjo tal conmoción la jornada revolucionaria de aquel 30 de septiembre que el gobierno machadista apeló posteriormente a suspensión de las garantías constitucionales (especie de ley marcial), no permitió ningún acto público relacionado con la situación política y social que afrontaba el país, y —semanas después— ante la serie de «tánganas» estudiantiles que se realizaban en todas las grandes ciudades, se cerraron todos los centros de enseñanza media y superior en la nación.
Los trabajadores decretaron numerosas huelgas para reclamar sus justas demandas y para mostrar solidaridad con los estudiantes. Los políticos de partidos burgueses arreciaron su campaña antimachadista, aunque a estos elementos, comandados por Menocal, Mendieta, Miguel Mariano Gómez y otros, sólo les preocupaba quitar a Machado y su camarilla, para colocarse ellos en su lugar y dejarlo todo igual.
Los comunistas y otros elementos de izquierda estuvieron siempre en primera línea en todas las acciones de lucha contra el gobierno machadista, y mucho hicieron por orientar a obreros y estudiantes en el sentido de que el combate no era sólo contra Machado, sino también contra el imperialismo y la situación que durante toda la época republicana generaba gobernantes que, con distintos matices, respondían a los mismos intereses que servía Machado: los de los explotadores.













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