El catálogo de uno de los más importantes compositores cubanos contemporáneos, el maestro Roberto Valera, acaba de enriquecerse con un género hasta entonces no cultivado por él: la ópera. Como parte del programa de la duodécima Bienal de La Habana estrenó Cubanacán, revolución de las formas, obra que aborda la génesis y significación de las escuelas de arte erigidas al oeste de la capital.
Sin lugar a dudas, la inserción de este evento escénico-musical en la Bienal adquirió valores simbólicos: de una parte, la representación de la ópera frente a una de las emblemáticas edificaciones del conjunto; de otra, el reconocimiento a las varias generaciones de artistas que se han formado en sus aulas.
Esto último es sumamente importante puesto que, como se sabe, el proyecto constructivo, en su totalidad, quedó inconcluso. Aun así, las escuelas de Cubanacán, proclamadas Monumento Nacional, constituyen ejemplos del Movimiento Moderno en nuestro país y una muestra paradigmática de la coherencia entre paisaje, urbanismo y arquitectura.
La ópera fue encargada a Valera por el productor y cineasta norteamericano Charles Koppelman, quien a su vez había encontrado una motivación tras la lectura del ensayo Revolution of the forms, de John Loomis, editado en 1999, el cual, si bien por una parte contribuyó a visibilizar a escala internacional la grandeza de la creación arquitectónica del cubano Ricardo Porro y los italianos Vittorio Garatti y Roberto Gottardi, contó de una manera sesgada e imprecisa las razones que determinaron la interrupción del proyecto.
El guion de Koppelman le otorga el máximo protagonismo a Porro, al situar los antecedentes de su vocación artística y subrayar la idea de hacer realidad una arquitectura formalmente revolucionaria en un país en Revolución. Garatti y Gottardi son personajes secundarios en la trama operática. En un primer plano sí aparece Selma Díaz, la arquitecta que convocó a Porro para que se encargara del equipo. En el cuadro inicial de la obra, el peso lo llevan nada menos que Fidel Castro y el Che Guevara, autores intelectuales de edificar las escuelas en el antiguo campo de golf de la alta burguesía, ubicado en el elitista reparto Cubanacán. En el discurso pronunciado por Fidel el 30 de junio de 1961, conocido como Palabras a los intelectuales, hay una significativa referencia a ese hermoso proyecto.
El proceso de escritura de la ópera fue largo y complejo, no tanto por las ideas musicales de Valera sino por la necesidad de ajustes conceptuales entre guionista y compositor, que al fin empalmaron una trama narrativa y sonora en la que se privilegia el triunfo de la creación humana por encima de adversidades. La música de Valera, por sí misma, es una manera de encarar revolucionariamente el género, a partir de elementos que tienen que ver con formas identitarias presentes en la estética del autor. Fue toda una hazaña lograr que la orquesta, dirigida por el propio maestro, lograra escucharse pese a las deplorables condiciones acústicas del lugar. En el orden de los protagónicos, el bajo Marcos Lima, en primer lugar, y luego el tenor Bryan López y las sopranos Yilian Sartorio y Laura Ulloa cumplieron con sus cometidos.
Se echa de menos, sin embargo, un tratamiento escénico más ajustado a lo que musicalmente se sugiere. Koppelman fichó al director francés Charles Chemin, que muy poco hizo para que fluyera la representación. Eso se hizo evidente desde el primer cuadro, con esos palos de golf hipertrofiados y una gigantesca cámara fotográfica portada supuestamente por un Alberto Korda acartonado hasta la desazón visual de la última escena, donde justamente los protagonistas entonan una conga triunfal que pone de relieve el extraordinario saldo humano y artístico de las escuelas.
Quizá sea menester un reestreno de la ópera, en un teatro, con una dirección más eficiente y una relectura del guion.









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