Como parte del homenaje del 24 Festival de Cine Francés al fallecido actor, productor y director Jacques Perrin, el público cubano tiene la grata oportunidad de apreciar Océanos (2009). De la última hornada de grandes documentales de naturaleza europeos –hablamos de los galos El viaje del emperador (2005) y Home (2009), o del británico Tierra (2007)–, este es uno de los más optimistas y esperanzadores.
Si bien mantener enhiesta la fe de Perrin y del codirector Jacques Cluzaud no resulta muy fácil, cuando se aprecia el proceder de los entes decisores del planeta en cumbres como la de Copenhague, bochornosa para el destino de la humanidad, dada la ausencia total de voluntad de EE. UU., principal país contaminador del mundo.
Del agua surgimos, con los coacervados, y tal elemento domina en el globo terráqueo.Océanos, pues, es tributo del séptimo arte al espacio donde irrumpió la vida. Con la singularidad de ser realizado a la manera de una vívida aventura sensorial, tejida sobre la urdimbre de coreografías naturales que fascinan por su plasticidad.
Visionamos, en estos deslumbrantes fotogramas, majestuosa sinfonía acuática, cuyas pautas las dicta el propio movimiento de los mares, la misma cadencia sincopada de la biodiversidad marina. La narración de Océanos –premio César al Mejor Documental–, halla en la música de Bruno Coulais, y en el sonido ambiente, par de bazas que insuflan armonía melódica a la poesía audiovisual contenida en imágenes que renuevan el asombro ante la inmensidad sublime del universo azul.
Puntos fuertes a su favor, el trabajo prescinde, por extensos trechos, del acostumbrado narrador en off del típico texto ilustrado, al confiar en la contundencia de lo mostrado; se abstrae de demasiada orla; no comete la tontería de tantos documentales de ponerles nombre a los animales (el antropomorfismo al uso); ni derrama apocalipsis en sus fotogramas. Aunque argumenta unas cuantas verdades incómodas para las grandes compañías pesqueras, las potencias occidentales y la inconsciencia de los humanos, no importa el sitio donde vivan.
Billones de tomas, años de trabajo por los fantásticos, pero hoy más tristes océanos de nuestro mundo, y un presupuesto de 65 millones de dólares lo convierten en el exponente fílmico de su tipo de mayor alcance y presupuesto a lo largo de la historia, desde que Jacques Cousteau plantase la semilla germinal con El mundo del silencio (Oscar al Mejor Documental y Palma de Oro de Cannes, en 1956).
Desafortunadamente, Océanos no posee ni la organicidad narrativa interna, ni la capacidad de contextualización, ni el sentido de integralidad de icónicos documentales de naturaleza franceses, como esa obra de arte titulada Microcosmos (1996), o el notable Nómadas del viento (2001), este último también de la autoría de Perrin–Cluzaud.
Además, pese a su notable distancia con otros títulos de similar asunto, repite tomas vistas hasta el hartazgo en muchos materiales previos: la tortuguita incapaz de llegar al mar tras romper el cascarón, el gran tiburón blanco tragándose a la foca en el aire, la orca balanceada hacia la orilla como increíble recurso de caza del depredador…
Cuanto derrochó en retomar, Océanos pudo emplearlo en investigar la flora y la fauna de deltas, estuarios, barreras coralinas o fosas oceánicas, echadas en falta aquí.










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