
Cuando hace algunas semanas el Canal Clave de la TV Cubana, en su espacio Noche de Clásicos –dedicado al cine musical– exhibió el filme cubano Patakín, dirigido por Manuel Octavio Gómez en 1984, además de sentirme muy a gusto con esa propuesta, algunas interrogantes se agolparon en mi imaginario con vistas a este artículo.
En primer lugar, la propia naturaleza de dicha película no deja de sorprendernos aún hoy, mas de 40 años después; ese paseo hondamente surrealista con el trasfondo dramatúrgico del sincretismo religioso cubano y la humanización expresa de varias deidades del Panteón Yoruba, continúa siendo una muy experimental forma de traspolar realidades y de jugar, obviamente, con la ecuación espacio-tiempo como uno de los resortes principales del guion.
Ello es, sin duda, uno de los mecanismos más utilizados en el cine musical y en Patakín adquiere una singular sincronía, pues el elemento catalizador para la enajenación argumental ocurre no solo con el relato a contar sino con lo que denominamos «el cómo», que en este caso sería la banda sonora del filme, encomendada a uno de los más prestigiosos músicos cubanos de los últimos 50 años: Rembert Egües.
Mientras se navega por el argumento a través de las disparatadas historias del protagonista Shangó junto a su amigo Elegguá, la música de Rembert adquiere una connotación que podríamos catalogar de excelencia; gracias, en primerísimo lugar, a los guiños lógicos hacia toques y cantos afrocubanos que circunscriben la trama musical central y que, imbuidos en un lenguaje de constante renovación, son llevados hacia un género con códigos casi irrompibles al más puro estilo del varieté o, incluso, de grandes puestas en Broadway.
Es muy probable que uno de los retos más difíciles para Rembert haya sido no solo el de componer la música sino incluir los textos de las canciones, los cuales se ciñen a un guion y que, a pesar de poder tener alguna corrección o adaptación a su cargo, hubieron de ser lo más fieles posible a lo ya concebido. Ese ha sido en la historia de la música uno de los escollos más difíciles para quienes se han dedicado a géneros como el lieder o la ópera, por ejemplo: crear un tema que al ponerle texto no pierda su sentido ni que tampoco este último quede atropellado por una cadencia o un final de frase.
También debe destacarse el sólido trabajo de Egües junto a los actores que interpretaron con sus propias voces los difíciles temas compuestos para sus personajes. Nombres como Litico Rodríguez, Carlos Moctezuma, Enrique Arredondo (hijo) o Asseneth Rodríguez, en su mayoría provenían del Teatro Musical, por lo que al asumir tales roles y responsabilidades dieron muestra del profundo profesionalismo que los caracterizaba.
Pero, dicho todo esto, ¿podría decirse que Patakín fue –o es– una película de amplio reconocimiento popular? Creo que no sería justo decir que sí, sobre todo teniendo en cuenta otros ejemplos (de los poquísimos del cine musical cubano) que sí contaron con gran reconocimiento de crítica y público.
Tal vez influyeron en ello algunos elementos como el exuberante derroche experimental del argumento y la puesta, lo que nos conduce, por transitividad, a calificar la música de igual manera.
Mas, tampoco debemos caer en trampas como la popularidad o el oropel para emitir un juicio crítico sobre una obra determinada, ni rechazar, por incomprensión en este caso, una banda sonora que muy acertadamente puede definirse como transgresora o revolucionaria y que plasma una visión muy personal de su autor sobre un contexto específico, en la cual se evidencian investigaciones y conocimientos sólidos sobre un género que, lamentablemente, no ha sido acariciado con amplitud por la filmografía nacional.
Patakín debiera verse con ojos –y oídos– menos lastrados por falsos conceptos academicistas y ser estudiada como una música puntual y de inflexión que no pierde gracia con los años.











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