ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Si no se actúa con la grandísima responsabilidad de conducir algo tan sagrado culturalmente como el beisbol, seguiremos con una temporada de baja calidad en el terreno. Pero no solo eso, continuaríamos mancillando ese símbolo nacional.

Hay que «actuar con rigor y coherencia», decíamos el pasado sábado en esta columna. Hoy agregamos que la pelota y su campaña competitiva necesitan mostrarse como una organización.

Si no lo logra, nos llenaremos de jugadores impropios, de juegos suspendidos por el increíble hecho de un robo en el estadio anfitrión; o prescindiremos de una subserie porque no hay alojamiento, cuando el calendario se confecciona con suficiente antelación e, incluso, se les hace llegar a las direcciones provinciales, a fin de garantizar, con las autoridades del territorio, los aseguramientos.

Un eje estratégico de la política del Gobierno transversaliza todas las esferas: la Comunicación Social. Dota a cualquier entidad de procedimientos, funciones y tipos de canales para llegar, no solo a los que están fuera de ella, sino a sus propios sujetos. Posibilita su buen funcionamiento, el orden, la disciplina, todo cuanto proyecta su imagen.

La pelota está urgida de la Comunicación Organizacional, como también de un diagnóstico de Comunicación Interna que ponga sobre la mesa todas sus deficiencias y cómo corregirlas. Son herramientas de la ciencia, en función de los procesos de dirección.

Si algunos elementos de la Comunicación Organizacional estuvieran presentes, como transmitir datos, instrucciones y decisiones relevantes para los equipos; coordinar y sincronizar esfuerzos, actividades y tareas entre diferentes áreas; motivar, inspirar y animar a alcanzar metas y objetivos, no lamentaríamos los desagradables sucesos acontecidos.

Fíjense en que no hablamos de estadísticas de un plantel o de un pelotero, ni de elementos técnicos y tácticos, tampoco de la estrategia de pitcheo. Se trata del orden, que hoy falta.

Cuando ocurre un robo de las pertenencias de los jugadores, en su propio estadio y en el mismísimo dogaut, no hay que buscar al ladrón fuera, está dentro. Solo aprovecha las brechas de la desorganización, la carencia de disciplina y de control.

Lo mismo pasa con los impropios que deslucen el espectáculo y frustran a los que sudan en el terreno. Frente a esos deslices, preguntémonos si existe un manual de procedimientos, si están definidos los roles, y el máximo dirigente de la organización chequea su cumplimiento.

Hace varios años, en este espacio expresamos que la diferencia entre ligas de tanto abolengo como la MLB estadounidense o la NPB de Japón y la nuestra no está en las cualidades de los peloteros, de hecho, muchísimos de los de aquí han brillado en aquellas. Liván Moinelo acaba de ser elegido el Jugador Más Valioso del circuito nipón.

La diferencia está justamente en el rigor de la organización beisbolera, lo que le tributa motivación al jugador y, en consecuencia, el espectáculo deportivo y social se engrandece.

No es el equipo de Santiago de Cuba y su mentor sustituido por los errores, o el robo en Matanzas que, además, se agravó cuando los peloteros después del doble juego, en pos de recuperar el suspendido, tuvieron que esperar a que apareciera el combustible de los ómnibus para trasladarlos al alojamiento, en otra muestra de falta de previsión, de planificación y de organización, el pollo del arroz con pollo.

Es la pelota y es Cuba, porque ella constituye Patrimonio Cultural de la Nación, la que da esa imagen. Muchos esfuerzos, incluidos los financieros, se dedican a la campaña beisbolera, porque el pueblo vibra con ella, pese a las dificultades. Por eso hay que ser serios, organizarse, mostrar orden y disciplina. No requiere gastos, solo responsabilidad.

Quienes tenemos que ver con la pelota –uso el plural de la primera persona porque los periodistas estamos dentro del juego– debemos ser consecuentes con ese símbolo, el beisbol.

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