ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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La jovialidad de Roberto Barbón le ganó muchos amigos en Japón. Foto: The Asahi Shimbum

No era la tercera economía mundial que es hoy día. En 1955 Japón distaba mucho de serlo, a solo diez años de terminada la Segunda Guerra Mundial de la que el imperio del Sol Naciente salió derrotado y ocupado por el ejército de Estados Unidos hasta el 28 de abril de 1952.

A ese Japón viajó el cubano Roberto Barbón en febrero de 1955. Había jugado pelota clase C en una sucursal de los Dodgers en Hornell, New York, y posteriormente en Bakersfield, California. La gerencia de los Dodgers quería enviarlo a Tennessee, en el racista sur de Estados Unidos. Estuvo a punto de regresar a Cuba, pero surgió el contrato con el equipo japonés Bravos de Hankyu (hoy Búfalos de Orix).

El viaje a Japón fue toda una odisea. No había aviones como los de hoy día y el pionero –nacido en Matanzas el 13 de marzo de 1933– salió de Chicago, luego a California para viajar a Hawái y de ahí a Midwest, hasta llegar a Tokio. Tres días de viaje en total y aún faltaban diez horas en un tren con una locomotora antiquísima para llegar a Osaka.

Aún restaba una sorpresa. Barbón se había comprado camisas de mangas cortas en Hawái porque pensaba que el clima era cálido, pero cuando vio en el campo de entrenamiento de Kochi a sus compañeros de equipo ejercitando bajo la nieve, poco faltó para sufrir un infarto. Era demasiado frío, pensó.

Si esa hubiera sido la única dificultad, quizá el pelotero matancero se adaptaría más rápidamente. Sin embargo, la adaptación duró mucho más, por un factor muy importante y al mismo tiempo difícil: el muy complicado idioma japonés. Tardó años en dominarlo. Después, la comida, en nada similar a lo que estaba acostumbrado, y el dormir sobre una especie de cobija (futón) muy cerca del suelo. Prácticamente todo era diferente.

A los 86 años, Barbón sigue trabajando en el béisbol. Foto: Tomada de Internet

CHICO-SAN

Mucho ayudó a Barbón su carácter alegre y jovial. Poco a poco, día a día, fue aprendiendo el idioma. Afortunadamente él sabía algo de inglés y eso lo ayudó en los primeros tiempos. También a que lo llamaran Chico-San, apelativo por el cual lo conoce todo el mundo en Japón, surgido a raíz de que a los lugareños les costaba un enorme trabajo pronunciar su nombre.

Para calentarse en los días de intenso frío, Barbón tocaba los carbones encendidos que los nipones colocaban alrededor del cuadro. A la hora de dormir ponía entre sus piernas una botella con agua caliente y así era como podía conciliar el sueño.

En el momento de entrenar surgió otra dificultad, la longitud de los trabajos de preparación. «Duraban seis y siete horas, con algunos pequeños intervalos, no como en Estados Unidos, que son más cortos. Y cuando terminas, vas al hotel, comes, y luego hay que hacer swines al aire. Es muy difícil adaptarse y por eso, cuando veo a un extranjero aquí, siempre le digo que si no se adapta no podrá jugar. Tienes que hacer lo que te digan», declaró en una entrevista a la agencia de noticias Kyodo.

En sus primeros años el pitcheo era para él una incógnita, pues solo tenía experiencia de las ligas menores en Estados Unidos. Nunca había jugado en Cuba. Para colmo de males, en aquellos tiempos casi todos los lanzadores soltaban la bola por debajo del brazo, estilo totalmente desconocido en occidente. En más de una ocasión le hizo swing a un envío y la pelota aún no había llegado al plato.

Resulta todo un enigma cómo pudo soportar todas las inconveniencias a través de tanto tiempo. La mayoría de los jugadores extranjeros en Japón duran a lo sumo un par de años y luego regresan a su país, incapaces de aclimatarse a una nación con gustos y costumbres tan diferentes. Barbón jugó por espacio de 11 años, una cifra que aún hoy causa asombro.

Quizá el secreto haya sido su disciplina individual. En una nación donde se valora altamente el cumplimiento estricto del deber, ya sea en el trabajo o en el estudio, Barbón fue un ejemplo de entrega en el diamante, siempre dispuesto a emplearse a fondo. No son pocos los peloteros extranjeros que no han podido resistir la estricta disciplina japonesa, que no admite excusas y siempre le pide rendimiento al máximo a los hombres.
 
RÁPIDO COMO EL VIENTO

El matancero –hijo de un cortador de caña, nacido en un hogar humilde con otros 11 hermanos– era un excelente jugador de cuadro, especialmente alrededor de la segunda almohadilla, tanto en la segunda base como en el campo corto. No era un bateador de fuerza, pero su velocidad en las bases llamó la atención desde el primer momento.

Fue durante tres años consecutivos líder en bases robadas, con 49 en 1955; 55 en 1956, y 33 en 1957. Las 55 estafas del año 56 constituyen una marca para un extranjero que aún perdura. En su año de debut consiguió conectar 163 imparables y 13 triples, cuando tenía 22 años y su experiencia en el béisbol se limitaba a ligas menores nivel clase C. En total, acumuló en sus 11 años de juego con los Bravos de Hankyu 308 robos, puntero entre todos los beisbolistas foráneos en Japón.   

Es también el segundo extranjero en cantidad de partidos participados, con 1 353 desafíos, superado únicamente por el venezolano Alex Ramírez, con 1 744, y el primero en alcanzar la marca de los mil jits, al retirarse con 1 123. Promedió 241 en 4 666 veces al bate, además de 644 carreras anotadas, 166 dobletes, 52 triples y 33 cuadrangulares. Participó en dos Juegos de Estrellas de la Liga del Pacífico.  

LOS QUE VINIERON DETRÁS

Tuvieron que pasar diez años para ver a otro cubano en las ligas japonesas. Fue Humberto Fernández quien llegó a los Tigres de Hanshin en 1965, luego de terminar su carrera en Grandes Ligas, para mantenerse solo un año en el equipo, desempeñándose tanto en el campo corto como en segunda y tercera bases.

Detrás arribó otro egresado de Grandes Ligas, Román Mejías, luego de finalizar su carrera de nueve años con los Piratas, los Colt45 y las Medias Rojas. Mejías firmó con los Átomos de Sankei por solo un año, en el que sumó 52 veces al bate, con promedio de 288.

Seis años más tarde integraron la nómina del Hiroshima Toyo Carp dos estrellas, el jardinero avileño Tony «Haitiano» González y el torpedero habanero Zoilo «Zorro» Versalles. El «Haitiano» clasifica como uno de los mejores jardineros centrales cubanos, capaz de jugar 203 partidos sin cometer errores, además de batear de por vida 287 y poseer uno de los brazos más poderosos de la historia.  

Versalles tiene el honor de haber sido el primer latino ganador del trofeo de Jugador Más Valioso en 1965, con lideratos de la liga en anotadas, dobles, triples, extrabases y total de bases recorridas. No fue mucho lo que pudieron hacer ambos en el Toyo Carp, pues ya estaban en el ocaso de sus brillantes carreras.

La relación de los que han jugado en Japón es extensa y comprende nombres como los de Ozzie Canseco, Juan Carlos Muñiz, Michel Abreu, Bárbaro Cañizares, Leslie Anderson, Yuniesky Betancourt y Juan Miguel Miranda, entre otros. Sin olvidar a Omar Linares, quien estuvo con los Dragones de Chunichi de 2002 al 2004, ya en el adiós de su carrera, participando en 132 partidos, con average de 246 con 11 jonrones y 61 carreras impulsadas.

Sobresalió en la Serie de Japón-2004 al promediar 389 con un par de cuadrangulares.  
Roberto Barbón cumplió el pasado miércoles 86 años, de ellos 64 vividos en Japón, donde fundó una familia y sigue trabajando como traductor y profesor de béisbol. Su sacrificio abrió el camino de las nuevas generaciones de peloteros latinoamericanos en Japón.

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Osmani Alonso del corral dijo:

1

15 de marzo de 2019

11:45:46


Felicidades para ese aguerrido cubano

Harays Hechavarría dijo:

2

16 de marzo de 2019

12:15:04


Interesante historia. Me gustaría conocer más sobre este pelotero cubano.

Eddy Cruz dijo:

3

16 de marzo de 2019

19:52:27


Hubo otro cubano que jugó en Japón muchos años ,se llama o llamaba Raúl Reyes , tío de Raúl Reyes el pelotero de la capital ya fallecido.

E vidaud dijo:

4

17 de marzo de 2019

10:04:48


Buen artículo.......felicidades