Mucho antes de que existiera la distinción entre «bellas artes» y «artes decorativas» —la primera enfocada en la expresión personal del artista, mientras que la segunda se ejecuta principalmente con fines estéticos para el entorno—, la figura femenina ya ocupaba un lugar central en la creación de artesanías y objetos destinados a la vida cotidiana.
En honor al Día Internacional de la Mujer, su presencia en esta segunda disciplina, a través de los siglos XVIII al XX y desde países como Francia, Dinamarca, Alemania, España, Italia y Cuba, se ilustra mediante 28 piezas reunidas en el Museo Nacional de Artes Decorativas, ubicado en La Habana.
La muestra, que lleva por nombre Nostalgias, refleja la figura de las mujeres tanto en las altas cortes europeas como en las clases sociales más humildes. En ambos casos, se disfruta la exquisitez de los detalles, trabajados en porcelana —y su variante en biscuit blanco o coloreado, y Sèvres—, cerámica, bronce y mármol.
Del conjunto, destacan ocho piezas (1950-1960) de un total de 11 donadas por Amelia Peláez a la institución, y según recordó Yosvanis Fornaris Garcell, su director, es posible que por primera vez se exhiba esa cantidad en el museo.

Otras pertenecieron a personalidades como la escritora Dulce María Loynaz, Teté Bances (esposa del «Ismaelillo», hijo de José Martí), así como la Condesa de Revilla de Camargo, quien fuese la antigua propietaria del palacete y una prolífica coleccionista.
Pero la presencia femenina en las artes decorativas no empezó en las cortes europeas del siglo XVIII, data de las raíces mismas de la civilización, cuando las primeras manos humanas modelaron el barro para rendir culto a la fertilidad femenina. Vale la pena, entonces, ampliar la mirada y trazar, brevemente, ese largo camino.

BREVE HISTORIA DE LA MUJER EN LA ARTES DECORATIVAS
Una de las primeras imágenes en la historia de la escultura las encontramos en el Paleolítico, en las estatuillas conocidas como «Venus de la fertilidad»: de aspecto tosco y poco detallado, porque intentaban resaltar los genitales, entendidos como símbolos de reproducción y maternidad.
A lo largo de los siglos, la mujer ha sido históricamente protagonista del arte de la escultura y las artes decorativas. Los artistas de la cultura Nok, surgida en Nigeria hacia el 500 a.n.e., se consideran los más refinados productores de terracotas del África subsahariana. Ellos tallaban torsos femeninos cubiertos de collares y cinturones, donde la profusión de adornos evidenciaba el estatus de poder y jerarquía.
En el Congo, los pueblos del Imperio Luba (siglo XVI–finales del XIX, aproximadamente) esculpían colgantes de marfil que retrataban a las mujeres como guardianas de la corte real y mediadoras entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Durante siglos, disciplinas como la cerámica —asociadas a lo doméstico y lo femenino— fueron consideradas artes menores frente a la pintura o la escultura. Fue el silencioso esfuerzo de mujeres artistas, coleccionistas y mecenas el que transformó la concepción de estos oficios.
En otros casos, reinas europeas, como Juliane Marie en Dinamarca o Madame de Pompadour en Francia, impulsaron las manufacturas de porcelana en el siglo XVIII.

Paradójicamente, en el siglo XIX, aunque se mecanizaron muchos oficios con la Revolución Industrial, las mujeres encontraron en las artes industriales (que incorporaron elementos creativos y refinados a objetos de uso diario) un espacio de expresión y, en algunos casos, de solvencia económica. La figura femenina siguió gozando de protagonismo en las artes decorativas, aunque mediada por los ideales de la época y de las altas clases sociales.
Fue el cambio al siglo XX el que trajo consigo el surgimiento del Art Nouveau —movimiento que abogó por construcciones más libres inspiradas en la naturaleza, pero sin renunciar a los avances industriales—, donde las representaciones de mujeres, ahora liberadas de los molestos corsés, se convirtieron en tema recurrente en vidrieras, joyas y muebles.

De este periodo sobresalen las piezas del francés René Lalique, reconocido por su virtuosismo frente al vidrio: joyas, botellas de perfume, vasos, candelabros y esculturas; y las de dos mujeres provenientes de la ciudad escocesa de Glasgow: Margaret y Frances MacDonald. Al finalizar sus estudios, ambas abrieron su propio taller y sus carteles, anuncios, acuarelas, trabajos en metal y textiles se vendían profusamente. Sus piezas gozaban de prestigio en toda Europa.
Tras la Primera Guerra Mundial, el Art Decó tuvo su apogeo en 1925 en Francia, luego de la realización de la Exposition Internationale des Arts Décoratifs Modernes. A diferencia del Art Nouveau, esta tendencia pretendía inspirar elegancia y sofisticación, por lo que se utilizaban líneas definidas, formas geométricas y simétricas, colores brillantes, cromados, esmaltes, piedras pulidas y diseños inspirados en Egipto y Grecia.
Que este estilo se haya originado después de la Primera Guerra Mundial trajo consecuencias en cuanto a la importancia de la mujer en la sociedad. Debido a que gran parte de la población masculina había sido reclutada durante el conflicto bélico, faltaba mano de obra para las necesidades industriales.
Pero no solo las fábricas fueron tomadas «por asalto» por las mujeres: en esa época, desde las artes gráficas se les ilustró en el mundo del deporte —en el cual no estaban consideradas— y también frente al volante de un automóvil, algo que no era común a principios de siglo.

La mujer Art Decó era moderna, elegante, liberada, y así se manifestó en todas las ilustraciones —recuérdense las revistas cubanas Carteles y Social, en boga durante la República—.
Su figura, más geométrica y dinámica, se definió por el cabello corto, una silueta andrógina y cierto desenfado que encarnaba ese espíritu de glamour, independencia y consumismo asociado a la década de 1920.
Tal efervescencia creativa comenzó a desvanecerse con la Gran Depresión y, más tarde, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Los años 50 inauguraron una era de cierto conservadurismo que consolidó un arquetipo femenino ligado al hogar.

Los productos y sus publicidades construyeron su éxito apelando a la mujer como administradora del espacio doméstico. Por supuesto, artistas y diseñadoras persistieron en forjar una imagen de mujer más compleja, libre y creativa; esa herencia llegaría hasta las siguientes décadas, cuando las reivindicaciones de los años 60 y 70 pondrían en jaque muchos estereotipos. Aunque otros, en pleno siglo XXI, aún persisten...
Fuentes consultadas: Sitios web Es Revellar Art Resort, Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, Google Arts and Culture, Cultura Inquieta, Wiki Casiopea y Disseny Hub de Barcelona.









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