El vampiro nació del imaginario popular y luego saltó a la literatura. Tres títulos fundacionales ven la luz entre 1820 y 1821, antes de que Bram Stoker y su Drácula bebieran del espíritu de esos folletines, concebidos bajo la égida de la novela gótica.
Abriendo los ojos en las tinieblas de una noche de 1897, Drácula se convertiría en inmortal, no por la sangre bebida de sus pobres víctimas, sino gracias al interés que, desde entonces, mostrarán por él la literatura y el arte, en especial el cine, vehículo idóneo para convertir en símbolo de la impiedad al aristócrata transilvano de la capa negra y el cuello alzado.
Largo es el listado de filmes realizados con el conde Drácula, cuyo primer gran éxito en pantalla sería Nosferatu, el vampiro (1922), de F. W. Murnau, y que tiene, entre los más aclamados de los últimos tiempos, la versión de Coppola, de 1990.
Próximamente la televisión exhibirá Lo que hacemos en las sombras, una entrega que, además de estar considerada entre las mejores comedias del año 2015, se ha convertido en un título de culto. Se trata de una producción de Nueva Zelanda, trabajo a dos manos de los directores y actores Taika Waititi y Jemaine Clement, encargados de traernos al siglo xxi el imaginario de la mitología vampiresca mezclando terror y comedia en un despliegue de situaciones y risas, capaces de iluminar los rincones más tenebrosos del arquetipo decimonónico.
Viago, Deacon y Vladislav son tres vampiros con siglos de existencia que comparten un apartamento de Nueva Zelanda. Allí deben sobreponerse a sus personalidades y arrebatos sanguinarios para buscar la paz entre ellos y no devorarse mutuamente, mientras hacen lo posible para adaptarse a una sociedad moderna llena de atractivos. Deben limpiar, fregar, hacer (nada gustosos) las consabidas labores domésticas y, además, les encanta salir de parranda. También tienen dos o tres amigos humanos, y no les faltan enemigos entre un grupo de hombres lobos, sin olvidar a un vecino, el anciano Petyr, vampiro milenario de la vieja escuela con olor a sarcófago, que no cree en travesuras ni risitas.
Punto descollante es el reiterado juego de contrastes, pasado-presente que apela a símbolos conocidos, como los ataúdes, los crucifijos y la inmortalidad largamente soñada. Pero quizá el éxito mayor de la película esté en las posibilidades que ofrece el falso documental, asumido como base narrativa: los protagonistas están narrando sus historias ante la supuesta presencia de un equipo de realización, y esto les hace ser sinceros en sus testimonios y ganarse la rápida conexión con los espectadores mediante un tono fluido que encaja perfectamente en el espíritu paródico de la historia.
Universo fantástico, surrealista, onírico, que poco a poco va a lograr una atmósfera de impresionante verosimilitud, algo así como si nos sometiéramos a las reglas de los directores; ellos nos ofrecen escenas aterradoras, magias voladoras y mitología relacionada con esos príncipes de la noche, y nosotros, a cambio, les otorgamos la más absoluta credibilidad y complacencia, al tiempo que nos morimos de la risa.


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