ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

«Toda vida es un proceso de demolición», escribió Scott Fitzgerald cientos de años después de que médicos,  filósofos y poetas se refirieran a la fugacidad de la vida, asunto por todos conocido,  pero que la  conciencia aparta con mano diestra  hasta que el paso de los años, o las enfermedades, nos hacen tener en cuenta que el tiempo se termina, como reafirmación de aquel «Memento Mori» («recuerda que morirás») sabiamente acuñado por los latinos y que diera lugar a un movimiento artístico en que el cráneo humano  –hasta nuestros días–  se convertiría en la simbología por excelencia de lo oscuro inevitable.

Casi dos meses ingresado en el hospital clínico quirúrgico Hermanos Ameijeiras me propiciaron el tiempo necesario para meditar acerca de qué sería esa etapa –paso de los años, vejez, enfermedades– sin la participación de los médicos y las tecnologías de avanzada capaces de detectar males, estudiarlos y no pocas veces vencerlos para asombro y felicidad de pacientes y familiares.

El hospital  –viejo empeño de Fidel– cumplió recientemente 35 años de fundado y sus estadísticas en los campos más diversos resultan impresionantes. Pero las estadísticas no permiten medir las horas de entrega de los involucrados en hacernos sentir, cada día, la condición humana de seres socialmente importantes para un sistema de salud  signado por la máxima de la igualdad y el respeto al paciente.

He conocido  en todo este tiempo a enfermos procedentes de los lugares más recónditos del país, que luego de ser considerados  y remitidos por sus respectivos hospitales de cabecera son sometidos a rigurosos estudios. Viejos, menos viejos y jóvenes, no pocos con enfermedades muy complicadas,  a los que el rigor científico desplegado con cada uno de ellos les acentúa en la mirada el valor inapreciable de la  esperanza.

Georgi, el guantanamero, uno de mis compañeros de cuarto y con estancia prolongada,  procurando  tener a mano un pasaje para regresar de inmediato a su ciudad una vez reciba el alta. Georgi que llama por teléfono a sus familiares para que le sigan atendiendo «a los animalitos», y también Liván,  un pescador de Morón, que no vaciló en defender a un compañero del ataque de un tiburón y salió del lance con una extraña lesión en un pulmón.

Horas enteras hablando con él de caza submarina y pesquerías inimaginables. Nunca ha estado en La Habana, está impresionado de la cantidad de investigaciones que le  realizan y cada vez que puede camina hacia los ventanales del piso 11, sala A, de Medicina interna, donde estamos ingresados,  para mirar (y retratar) los barcos que surcan el canal de la bahía.

–¿Cuántos metros de profundidad tendrá el canal? –me pregunta.
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–Veintitrés –le respondo con una seguridad aplastante. Y  le hablo de un reportaje publicado en Granma, hace exactamente cincuenta años, con fotos de Korda  y relacionado con un crucero español hundido durante la Guerra de Independencia. Y me veo descendiendo una y otra  vez a las profundidades con mis 22 años; primero una capa de petróleo que no permite ver nada, después los rayos del sol filtrados hasta inundar de claridades el lecho marino. Y vislumbro a Korda, con su aire de eterno aventurero, y su  pañuelo rojo,  de pirata, anudado a la cabeza, dándome consejos para que el tanque de aire comprimido me dure más,  mientras descansamos en la  cubierta de nuestra pequeña embarcación, junto a los buzos de la Academia de Ciencias.

Liván se fascina al oír de los objetos extraídos del fondo del canal: espadas, vajillas, el reloj del capitán del barco, monedas de oro que llevaban los tripulantes (la mayoría muertos por el ataque de los tiburones) y que enterradas en el cieno, ante el frote de los dedos, vuelven a brillar como el primer día de haber sido acuñadas.

Varias de esas imágenes, de una manera menos halagüeña,  me habían venido a la mente semanas antes en medio de alucinaciones  provocadas por la fiebre, y  los riñones casi colapsados, la sepsis incontrolada hasta ese momento,  una bronconeumonía galopante,  y el asma oportunista robándome el  poco aire que llegaba a mis pulmones. Suficiente para que las puertas de la sala de terapia intensiva del piso ocho  se abrieran de madrugada y ante mí apareciera el profesor Jorge Luis y su equipo de dinámicos ejecutantes, que me llenan de abordajes el cuello y el pecho, Jorge Luis, con su imagen imponente, de príncipe florentino visto en alguna ilustración, y que me dice ,«tranquilo, que también soy asmático», y sin pérdida de tiempo me conecta a una máquina que durante varios días deberá purificarme la sangre y me hace preguntarle con un hilo de voz y la mente perdida en la  incertidumbre: «¿usted me está vampirizando, príncipe?».

No  sigo.

Es mi pequeña historia, como pudiera ser la de otros muchos.

Una historia que me hizo reflexionar durante semanas acerca de la vida y su fugacidad y la importancia de saber que un enfermo en mi país  no se sentirá  jamás como un descarte clínico  abandonado en el espacio.

Afuera,  los frentes fríos no cesaban y me negaba a mirar hacia el mar pensando que nunca más podría volver a él. Cualquier enfermo en estado límite sabe lo que se siente en esos momentos; la familia, los amigos, los planes dejados a medias, no el irse como sentencia del inevitable «Memento Mori», sino lo que se deja.

Días que me hicieron  conocer a decenas de profesores, médicos de todas las especialidades, técnicos, enfermeras, la seriedad y disciplina de su trabajo en colectivo. Y junto a ellos, a profesionales de otros países que impresionan y llenan de orgullo cuando se les oye hablar y poner de manifiesto los conocimientos adquiridos durante años de estudios.

Cierto que no todas  las historias terminaron con un final feliz y conocí de casos tristes frente a los cuales la ciencia no pudo imponerse.

Cuarenta y nueve días después de haber entrado, salgo del Ameijeiras. No estoy  como para subirme a un cuadrilátero y en el último momento han tenido que ponerme una bota de yeso en un pie, pero estoy. Afuera sigue el frente frío, pero el golpe de luz es lo  suficientemente fuerte como para comprender que la vida ha sido rescatada y  continúa.

–Mal tiempo para bucear –me dice mi mujer,  y me  aprieta la mano mientras trasponemos las puertas del hospital con el malecón habanero desbordando olas frente a nosotros.

No le contesto. Pero 25 años de matrimonio le permiten saber  lo que estoy pensando: «Hoy no, pero pronto puede cambiar el parte del tiempo».

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uno ahi dijo:

1

9 de febrero de 2018

07:55:10


Ojala se recupere pronto Rolando, soy un fiel lector de su columna, y hace alrededor si mal no recuerdo de 15 años que disfruto su programa La séptima Puerta,donde se ha visto lo mejor del cine sin dudas.Un abrazo y mucha salud.

orlando oramas león dijo:

2

9 de febrero de 2018

09:04:37


cuanto me alegra que el Rolan esté de vuelta, un abrazo

Alejandro dijo:

3

9 de febrero de 2018

09:29:14


Hoy,desde Puerto Rico,deseo su pronta recuperación,más que bucear, para que nos siga dando esas enseñanzas de cultura y hombre de bien en nuestra añorada Séptima Puerta de los viernes.

Rendón dijo:

4

9 de febrero de 2018

10:32:02


Me disponía a leer una buena crítica de cine, y salí sorprendido, por una bella crónica y alegre por el final. Mis mejores deseos para Ud, y siga escribiendo, de cualquier cosa, que ese don conque está dotado aún puede dar muy buenas páginas para placer de sus muchos lectores. Y siga tambien entrando por la Septima Puerta, que allí le esperamos, para disfrutar y aprender.

José Alejandro dijo:

5

9 de febrero de 2018

10:38:00


Felicidades, Rolandito, por haber sorteado el fin, y devolvernos la fé y la esperanza de que seguirás dando luz en tus crónicas y análisis. Te lo desea quien también ha burlado a la Parca más de una vez. Felicidades, una vez más, a esos médicos y enfermeros, y a todos los expedicionarios de la sanación que nos han devuelto a un patricio del mejor periodismo cubano.