Voy a ver a mi nieto.
—Se está pelando, pero viene enseguida— me dice mi hija.
Una hora, dos horas, tres horas, tres horas y media y aparece con uno de esos pelados de «hoy día» al que ni siquiera la entrada en la Universidad le ha hecho renunciar, porque como bien alega, «tu tiempo fue tu tiempo y el mío es ahora».
—Pero vaya tiempo perdido en la barbería— le saco el as del reproche tratando de emparejar el combate.
—La vía rápida, abuelo— se justifica, y aunque he oído hablar del asunto, me lo ejemplifica y ahora lo cuento:
Hay algunas barberías, principalmente de «pelados modernos», en que usted llega y pide el último, como siempre se ha hecho. Tiene dos clientes por delante y ya sabe que dentro de media hora, más o menos, le tocará sentarse en el sillón.
Pero si se aparece alguien, levanta un dedo y anuncia «la vía rápida», pasará como Pedro por su casa por encima de todos los demás, gracias a que las tres palabras mágicas significan que él pagará el doble de aquellos que pacientemente esperan.
—¿Así como así?
—Son las reglas, abuelo.
—Impuestas por el barbero— asiento.
—Sí.
—¿Y la gente se deja «pasar vareta» (como se decía en mi tiempo), no protesta?
—Uno se siente mal, pero si se quiere pelar en esa barbería no hay escape.
—¿Y tú que hiciste?
—Esperé y esperé, pero llegaron cuatro «vía rápida» y al final tuve que gastármela.
—Pagaste el doble.
—Qué remedio, si no lo hago, no te veo.
Había ido a ofrecerle la clásica charla del abuelo preocupado para que hiciera lo que debe en su primer año en la Universidad, después de haber concluido el Servicio Militar: estudiar a diario, no entretenerse, no faltar a clases, pero de golpe y porrazo olvidé el tema principal y me vi hablándole de la función ultrajante que puede ejercer el dinero.


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JOSE dijo:
21
29 de noviembre de 2016
20:01:40
eugenio dijo:
22
9 de diciembre de 2016
13:30:50
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