Ramón, que hoy es un profesional respetable con título científico y todo, en la universidad no sabía decir ni “yes”. Y mira que le dábamos. Era tan malo que la profesora, para sacarlo del apuro, le propuso hacer la conducción de una revista informativa en inglés. Yo sería su contraparte femenina.
Durante una semana completa, repetimos una y otra vez aquellos parlamentos de palo. “And now Karina Escalona with the weather. Hello Karina…”. Y así, hasta que llegó el día en cuestión. Era diciembre, pero en aquella aula parece que hacía 40 grados. Él sudaba. Hacía muecas para relajarse. Decía las vocales —en castellano, of course— y sonreía, o trataba de sonreír.
En un dos por tres comenzó y se terminó todo. 27 minutos, más o menos lo que duraba en aquel momento un programa regular de televisión, que nos parecieron una eternidad entre los “yes” con que mi compañero respondía a todo cuanto se le preguntaba y mi nerviosismo, al imaginarme el “2” con que parecía que inauguraba, ese año, mi colección de desaprobados.
Pero aprobamos, no sé si por suerte o por lástima: en realidad no pregunté y no importaba. Lo único que sé ahora es que si aquello hubiera ocurrido en estos tiempos, el final de la historia hubiera sido bien diferente de acuerdo con las nuevas transformaciones de la Educación Superior, que pusieron el dominio del inglés como una condición sine qua non para graduarse, no importa si de Licenciatura en Periodismo o Ingeniería en Mecánica.
Y yo lo veo bien, en principio. Creo sinceramente que el dominio del inglés es fundamental para nuestras aspiraciones nacionales de desarrollo industrial, económico, turístico, y personales; de competencias para aspirar a mejores puestos de trabajo, para asimilar mejor la tecnología, para superarse en un mundo donde el idioma es también una cuestión de poder y de hegemonía.
Pero querer que las cosas sucedan no las hace aparecer por generación espontánea. Aspirar a que nuestros graduados universitarios de pronto se comuniquen en inglés, no hará que mañana nos levantemos hablando, escribiendo y comprendiendo la lengua de Shakespeare: es un camino lento, más bien de sedimentación, de insistencia.
Es un proceso que debe comenzar por la enseñanza en la primaria, la secundaria, el preuniversitario; por aulas especializadas donde acceder a las audiciones y entonaciones del inglés nativo, de libros de texto, de materiales complementarios, de programas y sistemas de evaluación que vayan más allá del Mary is a girl.
Y eso no está, no existe. Hay que hablar con los profesores para entender la precariedad de la enseñanza del inglés, por ejemplo, en el preuniversitario, donde ahora mismo el idioma se aprende con la única ayuda de un cuaderno de trabajo. Libro de texto no hay, tampoco cintas ni materiales audiovisuales. El resultado: que las carencias de cada nivel de enseñanza van pasando al siguiente y al otro, y al que viene detrás, hasta que llega el día en que un estudiante universitario, casi a punto de graduarse, sería capaz de perderse en un campo de lechugas si las indicaciones estuvieran en inglés.
Ese, claro está, nunca será un profesional completo… pero eso tampoco significa que pueda crearse de un día para otro, hay que construirlo paso a paso. Lo otro es poner la carreta delante de los bueyes.


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Cuco dijo:
41
24 de enero de 2016
05:00:16
Aileen Respondió:
25 de enero de 2016
10:05:03
yaniris dijo:
42
25 de enero de 2016
20:47:18
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