
Casi dos meses después de haber culminado el mundial de fútbol, la bandera de Alemania todavía cuelga de la ventana de un apartamento cerca de la casa. Era tan grande y brillante cuando la vi por primera vez, que inevitablemente me quedé mirándola un rato. Pensaba en cuántas otras como esa habría diseminadas en medio de la fiesta del más universal y también en esa especie de invasión silenciosa que nos muestra pendones de casi cualquier parte —sin que medien competencias deportivas— ondeando en carros, balcones y ventanas.
“No sé por qué lo permiten”, escuché decir a alguien una vez en un encendido debate en una parada, mientras otro reclamaba que es difícil y caro comprar una bandera cubana. Yo escuchaba los argumentos y pensaba que más que la presencia de blasones foráneos en nuestras calles, me molesta el desgano con el que muchas veces se canta el himno nacional en escuelas y actos públicos.
Quizás porque guardo en la memoria los tiempos de la secundaria en que el profesor de Educación Musical nos hablaba de la naturaleza de esa marcha guerrera, para hacernos encontrar la energía que llevaba entonarla, o por los buenos recuerdos de aquella época pioneril en la que nos disputábamos la posibilidad de izar la bandera o arriarla; me resultan difíciles de asimilar la irreverencia que muestran algunos hacia nuestros símbolos patrios y la apatía con la que a veces lo contemplamos sin hacer nada al respecto.
Está claro que el respeto por los símbolos no se reduce a los actos formales, que es algo mucho más hondo, más personal. Si hurgamos en el tema, probablemente encontremos que justamente la formalidad y los actos mecánicos, son responsables de esa desidia que mencionaba antes. Sin embargo, creo firmemente que los pequeños detalles son síntomas inequívocos que deberían, cuando menos, hacernos repensar el modo en que nos acercamos a esos íconos de nuestra cubanía.
Hablo de no ponerse de pie o no detener la marcha ante el himno o la bandera, de instituciones estatales que teniendo una réplica de la enseña nacional, no la usan o se olvidan de bajarla al anochecer o cuando llueve. Hablo de quienes la cargan de cualquier forma, la dejan caer e incluso de ese escudo nuestro que es ya casi una reliquia del pasado, por la antigüedad de las copias que existen y porque solo aparece durante las asambleas, sean de la organización que sean.
¿Acaso la explicación a lo que sucede podría estar en el valor que tienen estos símbolos para las generaciones actuales, porque no pertenecemos a ese grupo de hombres que los creó para expresar al mundo el deseo de una Cuba libre?
Los que habitamos actualmente el país, no estuvimos entre quienes sangraron para consagrarlos en los campos a fuerza de machete, ni tampoco sentimos el dolor de verlos proclamar una soberanía inexistente, en aquellos días en que el poeta decía: que no deben ondear dos banderas/ donde basta con una: ¡la mía!
La mayoría tampoco pertenece a esas generaciones que vinieron después y construyeron con sus vidas un pedestal para que nuestros símbolos se alzaran en una Cuba nueva, o esa otra hornada de jóvenes que se inmolaron por defender la libertad conquistada, cuando esta se vio amenazada con invasiones y sabotajes.
Pero para los cubanos de hoy, ese grupo que no ha tenido que definirse a sí mismo como cubano, que no ha tenido que desprenderse de metrópolis reales u ocultas, que no ha visto más guerra que esa terrible y persistente que se nos hace a pensamiento; para ese grupo ¿qué significan? ¿Cómo hemos llegado de la indignación que provocó en el pueblo que un grupo de marines yankis mancillaran la estatua de Martí, a la indiferencia con la que a veces miramos a quienes se sientan o dañan monumentos dedicados a nuestros próceres y mártires?
Lamentablemente no tengo las respuestas, mas se me ocurre que no podemos vaciar de sentido aquello que nos identifica, que es esencia misma de lo que somos como nación, y eso es exactamente lo que hacemos cuando izamos la bandera porque sí, porque “toca”, cuando movemos los labios sin dejar que se escuche el sonido.
Eso ocurre cada vez que un padre convoca a su hijo a irrespetar el momento en que levantan al cielo nuestra enseña nacional, haciéndolo correr “porque llegamos tarde”, aunque ya se escuche aquel canto valiente que nos recuerda que morir por la Patria es vivir. Y también cuando el profesor repite las lecciones de Historia que ni siquiera conoce bien, cuando no es capaz de encender la curiosidad del alumno, de establecer los paralelos entre lo que fue, entre los hombres que fueron y el hombre que ese estudiante puede llegar a ser.
No creo que posibilitar que quien lo desee pueda adquirir una bandera cubana solucione el problema, pero si alguien quiere hacerlo, entonces debería estar a su alcance a partir de ponerle precios más razonables.
Por otro lado, habrá que pensar hasta qué punto el excesivo celo con el que se ha asumido el manejo de nuestros símbolos ha derivado en un verdadero respeto e identificación, frente a esa ineludible avalancha de íconos foráneos que tienen cartas de presentación más vistosas, a fuerza de novedad y propaganda.
En cualquier caso, ningún cambio en el modo de relacionarnos con nuestros atributos nacionales estará completo si no miramos hacia las esencias y eso, en mi opinión, es recordarnos a cada segundo de dónde venimos y quiénes somos.


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Rene dijo:
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4 de septiembre de 2014
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fofi dijo:
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4 de septiembre de 2014
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alfonso nacianceno dijo:
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Noemi dijo:
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Tirso Rosales Vázquez dijo:
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5 de septiembre de 2014
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Omar quevedo. dijo:
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Carmita Ibáñez dijo:
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5 de septiembre de 2014
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francisco dijo:
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Freddy Pérez Cabrera dijo:
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IndioTaino dijo:
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carlos dijo:
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Olguita dijo:
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jorge t dijo:
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Carlos de New York City dijo:
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5 de septiembre de 2014
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cesar dijo:
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alfonso nacianceno dijo:
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6 de septiembre de 2014
04:06:58
yoooo dijo:
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6 de septiembre de 2014
05:18:57
carlos dijo:
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6 de septiembre de 2014
06:48:37
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