El día estaba hermosamente soleado y con el agua al pecho hablaba con mi hermano del nivel medianamente “decoroso” que estaba tomando el precio del mango (porque eso de pagar seis y ocho pesos por un mango, por grande que sea, era casi como costear una manzana que cruza el océano…) cuando de pronto el disfrute del mar se vio interrumpido por una imagen recién descubierta, muy cerca de la orilla.
El haber participado en excursiones playeras, lo mismo en ómnibus rentados que en camiones, me permite asegurar que un bañista es un bañista, dos bañistas son dos bañistas, tres bañistas son tres bañistas, pero una guagua cargada de bañistas es una fuerza impredecible.
Como se han conocido en su mayoría, antes o durante el viaje, ya al desembarcar tienen formados sus equipos de fútbol sobre la arena, o de polo acuático, lo cual obliga al ligón playero a mantenerse atento, porque es muy probable que mientras trata de convencer a su dama de lo fácil que es nadar (y si ella se deja sostener, ya verá cuán rápido aprende) un brutal pelotazo en su cabeza venga a romperle la atmósfera del convencimiento.
Los curdas suelen bajarse ya identificados y luego de los minutos iniciales en familia se buscan unos a otros, lo mismo en el mar que en la arena: alegría, risas, cuentos, y mientras el alcohol hace lo suyo, este y aquel empiezan a recordar que una vez practicaron lucha, o judo, y así comienza un juego de manos pletórico de gritos y euforias, lo cual es igual a convertir el lugar que los acoge en zona de alto riesgo.
También están los curdas maduros y apacibles, pero en casi todos los casos botellas y latas quedarán regadas lo mismo en el fondo del mar, que en la arena, como constancia de lo bien que la pasaron.
Fue así que mirando aquí y allá, mi hermano y yo dejamos de hablar del precio prohibitivo que está teniendo la libra de tomates para tratar de predecir —experiencia mediante— lo que comenzaría a suceder a partir de aquella llegada de cerca de 40 personas dispuestas a tragarse la playa.
Pero nos equivocamos.
Los platos de cartón no quedaron regados en la arena, las hojas de tamales se recogieron, los niños se alejaron de las personas mayores para formar sus chapoteos, gritos hubo pocos y los curdas, sin dejar de pasarla bien, se contuvieron.
A la mañana siguiente, tan pronto me levanté, llamé a mi hermano por teléfono.
—¿Lo que vimos ayer sucedió, o lo soñé?
—Sucedió, porque los dos no pudimos soñar lo mismo.
—Todavía no me lo explico,
—Fue como una revelación que llega de repente en el verano —dijo él, y sin más dilación nos pusimos a hablar del clásico Joseph L. Mankiewicz, de 1959, con un título parecido y una historia que todavía se comenta: De repente, en el último verano.


COMENTAR
Karel dijo:
21
18 de agosto de 2014
02:16:35
Maribel dijo:
22
22 de agosto de 2014
15:18:36
Responder comentario