El tumbe nos llegó con los llamados descubridores del Nuevo Mundo y la historia es harto conocida: espejitos para los aborígenes, a cambio de plata y oro.
A principio de los años cincuenta tuve noción de lo que era el tumbe.
Mi padre me llevaba de la mano por la Terminal de trenes y de súbito apareció un hombre entre la multitud ofreciendo un sortijón de oro coronado por un zafiro.
—Dos pesos —dijo el vendedor, y mi padre lo rechazó de a plano.
Cuando treinta segundos más tarde me liberé de su mano para reprocharle la tacañería ante tamaña ganga, me respondió con aire de conocedor que aquel era “un tumbe para guajiros”.
A los catorce años conocí un tumbe que me marcaría. Hablaba con un amigo vendedor de abanicos frente al Ten Cents de Galiano y de pronto descubrí, recostada a la vidriera de la tienda, a la mujer más bella del mundo. Qué Ava Gardner, qué Marilyn Monroe, qué Silvana Mangano exhibiendo sus monumentales pechos en Arroz amargo; aquella muchacha rosada y de aire principesco no tenía comparación. Y como estaba llorando, y con un pañuelito se secaba los ojos en desconsolados mohines, me le acerqué en un impulso que reducía a la nada mi timidez de antaño.
—Qué le pasa señorita (en esos años todavía se le solía decir señorita a una muchacha).
—Nada, déjame sola —me miró suplicante.
—¿Pero le duele algo? ¿Quiere que le llame un taxi?
—No, vete y déjame sola.
Insistí y por unos segundos transformó su faz doliente en un rictus feroz:
—Acaba de irte pal c... y no me pasmes más, chico.
Mis catorce años ultrajados retrocedieron unos pasos hasta escuchar la revelación de mi amigo más experimentado: “déjala, que es un tumbe”.
Y efectivamente, no tardó en llegar un señor trajeado que, conmovido ante los sollozos de la belleza angelical, conversó con ella un instante y se la llevó consolativo, habría que imaginarse hacia qué rumbos.
Cualquier lector pudiera hablar de no pocos tumbes conocidos en su vida.
El tumbe tiene la cualidad del sablazo instantáneo, y ello lo diferencia de la estafa, por lo regular más cerebral e imaginativa.
Un tumbe generalizado en estos días, por ejemplo, pudiera provenir del vendedor que pesa un producto y mirándonos a los ojos con una convicción estremecedora sentencia: “cinco libras” (en realidad él sabe que hay cuatro y media).
O la cajera de la tienda que, discutiéndole un nuevo Oscar a Meryl Streep, sonríe turbada ante una reclamación monetaria y se disculpa “ay, me equivoqué”. Y frente al cliente ofendido, que le dice no debiera confundirse con el dinero de los otros, le suelta —envuelta en un tono de reproche— la más antológica de todas las contestaciones en estos tiempos de nuevos y reiterados tumbes: “oiga, pero cualquiera se equivoca, mi amigo”.
En lo personal, tengo que agradecerle al tumbe haberme activado las neuronas en lo referente a matemáticas no practicadas y principios de psicología.
Ya, antes de acercarme a la caja, el que cobra percibe que el cliente que tiene delante ha sumado y, por lo tanto, sabe lo que debe pagar.
Y frente a la convicción estremecedora del vendedor que mira con fijeza a los ojos y sentencia, “cinco libras”, saco a relucir la más fría mirada de un Humphrey Bogart para decirle, como si masticara las palabras: “¿estás seguro?, mira que en la casa tengo una pesa electrónica”.
Advertencia ante la cual el vendedor sonreirá, dirá un chiste cualquiera, y echará en la pesa lo que faltaba.
Modestas recomendaciones para los amigos lectores que de ningún modo deben hacernos cantar victoria, porque si algo caracteriza al viejo tumbe es su capacidad de renovar estilos y argucias con tal de seguir (¿eternamente?) tumbándonos.


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del Centro dijo:
21
6 de julio de 2014
14:15:26
adela dijo:
22
6 de julio de 2014
17:08:01
Leonora dijo:
23
6 de julio de 2014
20:12:23
Daisy T. Rivero Lon. dijo:
24
7 de julio de 2014
05:43:36
krlos dijo:
25
22 de julio de 2014
09:13:42
Niurka Leyva Cuenca dijo:
26
28 de julio de 2014
10:28:11
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