ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El ilustre escritor cubano sintió como suya la lucha de toda una nación por lograr ser libre. Foto: Archivo de Granma

La voz del escritor cubano Alejo Carpentier fue una de las más elocuentes escuchadas en el Tribunal Internacional Bertrand Russell, contra los crímenes de guerra en Vietnam, que sesionó en Estocolmo, el 8 de mayo de 1967.

Carpentier, integrante de la delegación del Comité Cubano de Solidaridad con Vietnam del Sur –presidida por la doctora Melba Hernández, heroína del Moncada–, rindió testimonio de su estancia en Vietnam.
Granma les ofrece fragmentos de un emocionante discurso carpenteriano muy bien acogido y difundido en Cuba de forma inmediata y que respondía al llamamiento del científico inglés Lord Bertrand Russell: «¡Ojalá pueda este Tribunal impedir que el crimen del silencio se cumpla!».
Al leer este texto, invitamos a nuestros lectores a recordar que –como decía Carpentier al comienzo de su testimonio– «la vida continuaba en Vietnam». Y Vietnam venció y es hoy diez veces más hermoso como, premonitoriamente, lo vaticinó Ho Chi Minh.

La indignación a nivel mundial por la guerra en Vietnam movilizó la opinión pública de varias naciones, entre ellas la del pueblo de Estados Unidos. Foto: margutte.com

LA GUERRA EN VIETNAM NOS INCUMBE A TODOS

«La destrucción de las ciudades ha crecido en violencia: el asesinato de niños continúa, más allá de la frontera, en las imágenes espantosas que hemos visto (...).

«En octubre del año pasado, respondiendo como escritor a una cordial invitación de la Unión de Escritores de Vietnam, fui a Hanoi, donde estuve durante más de dos semanas. Durante ese tiempo fui invitado a visitar diferentes ciudades, una de ellas Nan Dinh, situada al norte del paralelo 17, donde observé paisajes de catástrofe, contemplé ruinas y oí a hombres, mujeres y aun niños supervivientes...

«Aunque vi a Hanoi viva y resistente, comprobé que se trata de una ciudad duramente amenazada, de una ciudad a quien la evidencia de la escalada condenaba a una perpetua alarma frente a los inminentes bombardeos de la aviación norteamericana. (Hablo, no lo olviden, de octubre de 1966). Cuando llegué a Hanoi, los suburbios habían sido atacados ya. Igualmente, los del puerto de Haiphong. Las bombas enemigas no habían caído todavía en el centro de esas ciudades. ¿Pero esa amenaza, ese respiro, esa espera, podían hacer la vida tolerable? Cuando se vive en una ciudad no se trata de preguntarse si las bombas enemigas van a caer hoy, mañana o pasado mañana. No se trata de acostarse por la noche diciendo: «Quizá no sea esta noche». Las gentes van a sus ocupaciones, las tiendas abren sus puertas temprano; los enamorados, en el crepúsculo, se reúnen al borde de los pequeños lagos. La vida continúa. Pero existía una realidad monstruosa, inadmisible: el enemigo se cernía sobre nuestras cabezas. Podía darse una tregua. Podía olvidar esta ciudad o la otra... Pero estaba allí, en el Sur, y podía llegar a cualquier hora, destruir las ciudades, matar a los que yacían entregados al sueño, destruir hospitales, asesinar a los niños de las escuelas. ¿Era posible, me preguntaba, que mujeres, hombres y niños vivieran así?

«Quiero depositar en la mesa del tribunal estas pocas fotos que narran, mejor que mis palabras, lo que fue el bombardeo del Centro de Curas y Estudios de la Lepra de Quina Lap... Se puede ver un aspecto de los edificios antes del bombardeo y después...

«Quiero evocar aquí simplemente lo que ocurrió en la escuela de Hading, que fue bombardeada cuatro veces el 9 de febrero de 1966 a las 4 y 30 de la tarde, con los resultados siguientes:

«A la hora citada, los alumnos se encontraban en la clase de geografía. Hubo una primera pasada de aviones norteamericanos... Los niños descendieron a un refugio subterráneo bastante elemental, evidentemente, pero, ¿qué hacer más que abrir galerías de topo en una tierra húmeda cuando esto constituye la única defensa posible? Luego, los niños se hallaban en ese refugio. Los aviones volvieron (técnica habitual). Las bombas comenzaron a caer. Caían exactamente sobre el refugio y los que allí se encontraban. Un profesor comenzó a retirar la tierra para salvar a los niños que estaban debajo. Pero el trabajo era tan grande que se desvaneció... Treinta y tres niños perecieron enterrados. Algunos fueron hallados estrechando en sus brazos a sus compañeros de estudios. Otros que lograron salir fueron alcanzados por las bombas en terreno descubierto. Se halló la camisa de uno de ellos colgando de un árbol. El suelo estaba sembrado de libros manchados de sangre.

«Lo que queda de esa escuela de Hading es un hoyo de 13 metros de diámetro y 7 de profundidad. Murieron 33 niños y quedaron heridos 34, además de uno de sus profesores. Uno de los escolares, quemado por el azufre, perdió un brazo. Otros han quedado inválidos para siempre.

«Pero, como testigo, paso ahora a lo que he podido oír y ver por mí mismo, sin referirme a documentos escritos y publicados, de los cuales podrán tener conocimiento fácilmente. Y esto se refiere a un asunto en que yo tenía empeño particularmente: el de los escolares alcanzados por las bombas de napalm.

«He conocido a dos: Ho Van Bot, de dieciséis años, y el jovencito Le The Hoa, de doce años, en cuyo cuerpo he podido observar las quemaduras...

«Me excuso de dar detalles cuya enumeración haría interminable este testimonio; pero creo útil ceder la palabra a Ho Van Bot, cuyo breve relato no necesita comentario: “Estábamos en el colegio. Llegó un avión de reconocimiento y disparó sobre nuestra escuela. Dos obuses cayeron sobre el edificio. El maestro hizo evacuar el lugar. Nosotros corrimos a los abrigos, no sin la amenaza de ver caer sobre nosotros los escombros. Varios alumnos murieron. Poco después, los norteamericanos enviaron seis aviones que lanzaron bombas de napalm sobre nuestra escuela. Tres cayeron en los alrededores, provocando un incendio. Algunos alumnos ardían como antorchas y corrían por todas partes llamando a sus maestros, a sus padres... Pero algunos se arrojaron a los charcos de agua, donde acabaron de arder. Mi rostro comenzó a arder. Traté de apagarlo con las manos: cometí el error de meter el brazo en el agua, por lo que perdí la piel. Hubo alumnos derribados por la fuerza expansiva de las bombas. Entre tanto, los aviones ametrallaban a los otros. Algunos cayeron, muertos, en el campo; otros, mutilados, perdieron piernas o brazos. Enloquecido, corrí a la casa saltando sobre cadáveres de niños. En ese momento la aviación norteamericana volvió...”

«(Las fotografías de los jóvenes quemados por el napalm están a la disposición del Tribunal).

«... ¿Nombres? Puedo citarlos todos. Están en mis cuadernos.

«Como escritor de un país amenazado por las mismas fuerzas de destrucción, he venido aquí a ofrecer mi testimonio. La guerra en Vietnam nos incumbe a todos. Nuestra conciencia nos ordena denunciar su monstruosidad. Esta guerra toca a todos los hombres que, en este siglo, conservan el sentido de las realidades presentes y las realidades posibles, realidades posibles que quizá todavía es posible detener en la pendiente de una catástrofe que alcanzaría a todos los seres humanos en su espíritu y en su carne».

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Miguel Angel dijo:

1

15 de septiembre de 2018

09:03:54


Brillante intervención del destacado revolucionario, comunista y escritor Alejo Carpentier, denunciando descarnadamente la criminal y genocida agresión del imperio yanqui a Vietnam, quien se ratifica aún como el enemigo número uno de la humanidad. Es el peor cáncer que sufre el planeta.