
La inesperada victoria de Donald Trump el pasado martes representa el triunfo de una estrategia electoral heterodoxa que desechó «lo políticamente correcto» y toda la técnica de alto nivel empleada por las formas tradicionales y de más refinamiento.
Una primera consecuencia ha sido el «descabezamiento» del Partido Demócrata, cuya principal figura de relevo, Hillary Clinton, ha sido relegada, junto con su esposo Bill, a un segundo o tercer plano en la política norteamericana. El Partido Demócrata ha sido formalmente colocado en situación de «cuidados intensivos» en compañía del Partido Republicano que aún no se ha recuperado del estado crítico en que se sumió durante la etapa de las elecciones primarias. Como ya hemos señalado en ocasiones anteriores, Clinton y Trump no son los causantes de la crisis del sistema político electoral de los Estados Unidos, sino una consecuencia de esa crisis.
Trump no ha seguido el camino de los Clinton; por el contrario, es ahora el centro de la vida política oficial norteamericana y deberá trazar y dirigir el rumbo de la gestión gubernamental de Estados Unidos durante, al menos, los próximos cuatro años a partir del 20 de enero del 2017. Y, si pretende cumplir sus promesas electorales, requiere dar forma a un camino aún indefinido entre las prácticas neoliberales y neoconservadoras que han primado en ese país en las últimas décadas. Por el momento no se conocen públicamente cuáles serán las fórmulas que aplicará Trump, salvo las píldoras políticas que ha dado a conocer en cortas frases en sus discursos e intervenciones durante el proceso electoral.
Más que un político, Trump es un pragmático hombre de negocios que pretende trasladar y aplicar sus experiencias como tal a la gestión presidencial, pero para ello no puede prescindir, por el contrario, las necesita, de las instituciones políticas para decidir el curso de las acciones de Estado en el país.
En la etapa de traspaso de mandato, o de «transición» como se le llama en Estados Unidos, que comenzó a las 11:00 a.m. del jueves 10 de noviembre y concluirá el próximo 20 de enero, Trump y los integrantes del equipo de transición tendrán la oportunidad de conocer los detalles y secretos de la actual situación gubernamental y deberán ir perfilando las líneas de acción que seguirán durante el mandato presidencial que concluirá el 20 de enero del 2021.
Las múltiples opiniones vertidas sobre la sorprendente victoria de Trump han contribuido a crear un estado de opinión sobre la supuesta existencia de un mandato popular a través de toda la nación para que Trump aplique sus ideas de gobierno, pero una revisión inicial de los resultados electorales levanta dudas acerca de que realmente exista ese«mandato».
Por el momento vale la pena resaltar algunos detalles iniciales sobre los resultados electorales y sus implicaciones.
En primer lugar, resalta que estas elecciones fueron las de menor concurrencia a las urnas en relación con la población en edad de ejercer el voto en todo lo que va de siglo; solo un 51 % sufragó; la otra mitad de la población se abstuvo de votar, a pesar de los estimados 2 600 millones de dólares gastados en promover las elecciones y la crítica situación que atraviesa el país.
Además, de los votos depositados, Trump recibió 59 704 847, un 47,5 %, detrás de Clinton, quien ganó el voto nacional con 59 942 934, el 48,5 % del total, unos 238 000 más que Trump. Estos números significan que Trump fue electo por menos de una cuarta parte (24 %) de la población en edad de votar. Estos datos no otorgan clasificación para considerar la votación como una avalancha o un mandato popular nacional a Trump. Más bien apuntan a una falta de interés en la totalidad de la población por estos candidatos y por el proceso electoral.
Tampoco en el terreno de la división de la votación por estado (vital en el sistema estadounidense de la elección mediante el llamado «colegio electoral» o del «voto compromisario») se puede hablar de un mandato político nacional a Trump. En comparación con los votos electorales recibidos por los cinco presidentes que lo han precedido cuando fueron electos por primera vez, Trump (quien obtuvo 306 votos electorales) está en el penúltimo lugar, justo antes de George W. Bush con los 271 votos electorales conseguidos en las escandalosas elecciones del 2000. Lo preceden los otros cuatro presidentes: Reagan con 489 votos electorales en 1980; George H.W. Bush con 426 en 1988; Bill Clinton con 370 en 1992; y Obama con 365 en el 2008. Estos resultados están también lejos de indicar la existencia de un mandato nacional.
En lo referente a los estados conquistados en la elección, los datos finales reflejan que se mantuvo en lo esencial la tendencia de votación, por uno y otro partido sin cambios sustanciales.
Una tabla elaborada por The New York Times con los resultados de las elecciones del 2016 por estados acorde con su tendencia partidista arroja que en los estados con tendencias variables en el voto, cuatro lo hicieron por Trump (Florida, Ohio, Pennsylvania y Wisconsin) mientras que los otros seis votaron demócrata (Colorado, Iowa, Nevada, Minnesota, New Hampshire y Virginia).
Se revela también en la tabla que de los 17 estados considerados como altamente o con tendencia demócrata, solo uno de ellos (Michigan) votó por Trump con un 48 % de los votos, mientras que Clinton recibió el 47 % y otros candidatos el 4 %; es decir que Trump no recibió la mayoría absoluta de los votos en ese estado. Otros dos casos, Maine y New Mexico, aunque votaron por Clinton, no lo hicieron por mayoría absoluta. En los otros 16 estados de esta categoría, todos votaron en mayoría absoluta por la candidata demócrata.
Del lado republicano, según refleja la tabla, todos los 24 estados considerados como altamente o de tendencia republicana votaron a favor de Trump, y solo en el especial caso de Utah la votación no fue mayoritaria: 47 % para Trump, 28 % para Clinton y 20 % para el candidato independiente Evan Mc Mully y el del Libertarian Party, Gary Johnson.
La conclusión más importante derivada de este conjunto de datos sobre la votación por estados es que a pesar de la crisis del sistema electoral bipartidista, tanto el Partido Demócrata como el Republicano mantienen en el ámbito de los estados el control y el predominio sobre la maquinaria y el mecanismo electoral.
Ello nos lleva a una observación primaria. El resultado final de la votación en las elecciones del 2016 fue determinado por la votación en tres estados que a los efectos de esta elección se consideraban como inclinados a votar por Hillary Clinton, tanto debido a su historial como a los resultados de las encuestas y otros diversos análisis que en total aportan 48 votos electorales: Michigan, con 18 votos; Wisconsin con diez y Pennsylvania con 20. Se conocía además que estos estados del medio oeste industrial, parte del llamado «cinturón del óxido» (rust-belt, en inglés) eran los más vulnerables para la candidata demócrata, precisamente al estar afectados por el impacto negativo de los cambios tecnológicos y las nuevas circunstancias económicas de la región, especialmente en el empleo en la industria de la manufactura y, por lo tanto su población resultaría receptiva a los mensajes nacionalistas de Trump.
Por esas razones el equipo de campaña de Clinton dedicó esfuerzos a construir una «cortina antifuego» para cerrarle ese camino a la candidatura de Trump y todos los pronósticos, tanto de encuestas como de análisis locales y estadísticos formaban un consenso de que ese peligro estaba controlado y reforzaba la idea del triunfo electoral de la candidata demócrata. Pero esa complacencia facilitó que por esa brecha lograse Trump acceder a la presidencia de Estados Unidos.
Lo anteriormente dicho no pretende ser una conclusión final ni una explicación simplificada del proceso electoral estadounidense recién concluido. Hay muchos otros complejos y complicados factores por investigar sobre lo ocurrido hasta el momento. Pero en su conjunto, las observaciones preliminares apuntadas en estos comentarios ofrecen un punto de partida para apreciar las condiciones que Donald Trump tendrá que enfrentar en la dificilísima y riesgosa tarea de dirigir el gobierno de Estados Unidos y tratar de armar un consenso nacional que le permita aplicar, cualquiera que sea, el programa de gobierno que esté elaborando en estos momentos.















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Miguel Angel dijo:
1
11 de noviembre de 2016
04:31:50
pbruzon dijo:
2
11 de noviembre de 2016
07:44:25
Enrique R. Martínez Díaz dijo:
3
11 de noviembre de 2016
11:15:59
OrlandoB dijo:
4
11 de noviembre de 2016
12:36:38
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